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Las lecciones que dejó la masacre de Virginia Tech
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06:02 · Chile

Las lecciones que dejó la masacre de Virginia Tech

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La mañana del 16 de abril de 2007, un estudiante surcoreano asesinó a 32 personas e hirió a otras 17 en uno de los tiroteos más letales en la historia de Estados Unidos. Lo siguiente es un repaso por la escalofriante cronología de los hechos y las determinantes conclusiones del Virginia Tech Review Panel, que cambiaron los protocolos de seguridad universitaria para siempre. El siguiente relato contiene descripciones sensibles.

En la gélida madrugada del 16 de abril de 2007, el viento soplaba desapacible contra las ventanas de Harper Hall, la residencia estudiantil en la zona sur del campus de la Universidad de Virginia Tech, en Estados Unidos. En el dormitorio 2121, mientras sus compañeros de cuarto dormían, Cho Seung-Hui, un estudiante surcoreano de 23 años, ultimaba los detalles de un plan macabro. Lo que seguiría en las próximas horas se grabaría a fuego en la historia policial y educativa de Estados Unidos: 32 personas asesinadas con una frialdad estremecedora.

Según los testimonios recopilados por el periodista Juan Gómez-Jurado en su investigación La masacre de Virginia Tech, anatomía de una mente torturada, el terror comenzó a gestarse antes del amanecer. A las 05:38 horas, Cho se vistió de ropas oscuras, cargó sus armas y salió al acecho. Se apostó fuera del edificio West Ambler Johnston, esperando a su primera víctima.

A las 07:02, la estudiante Emily Hilscher, de 18 años, llegó al lugar para comenzar su día. Cho la siguió hasta su habitación y la asesinó a sangre fría. Ryan Clark, un carismático joven de 22 años y asistente residente que acudió a investigar los ruidos, encontró el mismo destino fatal.

Sus cuerpos bloquearían la puerta desde el interior, impidiendo que testigos como la estudiante Molly Donohue, quien escuchó ruidos extraños, comprendieran a tiempo la magnitud de lo que acababa de ocurrir. Tras este primer derramamiento de sangre, el atacante regresó a su habitación, borró archivos de su computador y grabó un manifiesto en video. Luego, se dirigió al edificio Norris Hall, donde perpetraría el grueso de la carnicería.

Poco antes de las diez de la mañana, Cho recorrió las distintas salas de clase disparando. Los relatos de los sobrevivientes dan cuenta de una escena dantesca de ejecución pura y dura. Estudiantes como Erin Sheehan se hicieron los muertos, ocultándose bajo los cadáveres de sus propios compañeros, sintiendo el calor de los casquillos vacíos caer sobre sus cuellos mientras Cho recargaba en medio de un silencio sepulcral, solo interrumpido por el sonido de las balas y las armas automáticas.

Otro estudiante, Derek O’Dell, observó impávido cómo una bala destrozaba el cráneo de uno de sus compañeros frente a él, antes de recibir un disparo directo en el pecho. El conserje del piso se topó de frente con los pasillos regados de sangre y tuvo que huir por las escaleras cuando el tirador le apuntó a la cara. Jamal Albarghouti, un estudiante palestino de 24 años, pasó en ese momento por delante de Norris Hall.

Un policía le hizo señas. Otro policía se acercó y comenzó a gritar. “¡Todo el mundo al suelo!

”. Jamal creció en una tierra donde el sonido de las armas de fuego forma parte del paisaje, como el canto de los pájaros. Tal vez por eso tiene menos miedo que los demás.

Se acerca a Norris Hall y saca su teléfono Nokia. Parapetado tras una esquina, aprieta el botón de grabación. Será un minuto y medio de video en el que quedan registrados 28 disparos, todos ellos correspondientes a la segunda y última entrada de Cho en la sala 211.

Esa misma noche, las imágenes grabadas en el móvil de Jamal darán la vuelta al mundo gracias al sistema “I Report” de CNN: A las 09:50, mientras los equipos tácticos del SWAT intentaban derribar las puertas principales del Norris Hall -las cuales Cho había encadenado estratégicamente para retrasar a la policía y evitar escapes-, el asesino se vio acorralado. En la sala 211 de francés, frente a los aterrorizados sobrevivientes que aún se resguardaban, Cho Seung-Hui dirigió sus dos armas hacia su propio rostro y jaló el gatillo, poniendo fin a la masacre. La magnitud de la matanza obligó a las autoridades estadounidenses a buscar respuestas de manera urgente.

El entonces gobernador de Virginia, Tim Kaine, formó el Virginia Tech Review Panel, un comité de expertos encargado de investigar a fondo las fallas sistémicas que permitieron la matanza y extraer lecciones vitales para el futuro de la seguridad pública. Tras meses de trabajo, el análisis de miles de documentos y más de 200 entrevistas, el informe final del panel fue lapidario, identificando errores garrafales en la comunicación preventiva y la reacción de la universidad. Según los expertos, Cho Seung-Hui había mostrado múltiples e inequívocas señales de alerta: padecía de fobia social severa, mutismo selectivo, depresión mayor y había acumulado un historial de acoso a compañeras, textos perturbadores e intimidación a profesores.

Sin embargo, la mayor lección que destacó el panel fue el trágico malentendido de las leyes de privacidad en EE. UU. El miedo de la universidad a violar normativas federales sobre privacidad estudiantil y médica impidió que las autoridades administrativas, la policía del campus y los profesionales de salud mental “unieran los puntos” y compartieran información vital sobre la evidente peligrosidad de Cho.

Peor aún, impidió que sus padres fueran notificados de que su hijo había sido evaluado previamente por tendencias suicidas y homicidas. A partir de los hallazgos del panel, se establecieron directrices que hoy son norma y transformaron la gestión de crisis en universidades y colegios. Algunas de esas recomendaciones clave son: Finalmente, el hecho de que el atacante lograra encadenar las puertas de uno de los pabellones de salas de clase retrasó la entrada vital de los equipos tácticos.

Los expertos recomendaron modificar las normativas de cerraduras, exigiendo instalar cerraduras en salas y mejorar la seguridad de edificios residenciales y académicos.

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