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Las cosas inútiles: un libro precioso en la biblioteca
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01:00 · Chile

Las cosas inútiles: un libro precioso en la biblioteca

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Opinión 12-05-2026 Las cosas inútiles: un libro precioso en la biblioteca Lorenzo Martínez H. Abogado, Licenciado en Ciencias Jurídicas y Sociales Vivía en Alejandría una mujer llamada Hipatia, hija del filósofo Teón. Ella logró tantos conocimientos en ciencia y literatura que sobrepasó a todos los filósofos de su tiempo, enseñaba los principios de la filosofía, matemáticas y astronomía a sus oyentes, muchos de los cuales venían de muy lejos para recibir su instrucción.

Las ciencias y la literatura en Alejandría sufrían ataques de fanáticos religiosos desde el 391 d. c. , año en que por orden del obispo Teófilo la biblioteca fue atacada, y en el 415 d.

c. , mientras Hipatia se dirigía a ella, una turba de seguidores cristianos del obispo Cirilo, sobrino de Teófilo, la arrancaron del carruaje, rompieron sus vestidos y la desollaron arrancándole la carne de los huesos. Sus restos fueron quemados, sus obras destruidas y su nombre olvidado.

El filósofo Nuccio Ordine, en su obra La utilidad de lo inútil, plantea que la furia destructiva se abate sobre las cosas consideradas inútiles: la quema de los manuscritos paganos de Hipatia en la biblioteca de Alejandría, los códices heréticos prohibidos consumidos por las hogueras de la Inquisición o los budas de Bamiyán arrasados por los talibanes en Afganistán, son cosas inútiles e inermes, silenciosas e inofensivas, pero percibidas como un peligro por el simple hecho de existir. En Chile el Bando N° 26 de la Junta Militar de Gobierno del 12 de septiembre de 1973 informaba el allanamiento de la Editora Nacional Quimantú, símbolo de la democratización de la cultura. Su clausura marcó el comienzo de la desaparición de editoras y librerías en el país.

Toda expresión literaria y artística era considerada subversiva, incluso, el 23 de septiembre cientos de libros fueron quemados en las torres de San Borja, como en la quema de libros de Hitler en la Alemania Nazi en Berlín de 1933. La circulación de libros fue restringida hasta 1983, dejando una década de vacío cultural en todo Chile. Los libros son un viaje en el espacio y el tiempo desde hace 3 mil años, desde las tablillas de arcilla en Mesopotamia y los papiros de junco del Nilo en Egipto, protegidos en la biblioteca de Asurbanipal en Nínive, la biblioteca de Alejandría de Hipatia o los scriptorium de copia manuscrita de algún monasterio de la Edad Media, hasta los libros de papel o digitales de hoy.

Un precioso libro en la biblioteca es el fruto del trabajo de creadores, editores, ilustradores, diseñadores, impresores, libreros y lectores anónimos en la historia y la ciencia o la poesía que vive en él alimentan la cabeza y el corazón, estimulan la razón y la emoción, enriquecen la inteligencia y el espíritu, especialmente en épocas en que el conocimiento es despreciado por los poderosos. Los políticos matan las ciencias y la cultura no solo porque las desprecian, también porque les temen. Las desprecian porque la élite política es ignorante e inculta, y les temen porque prefieren personas que no piensen por sí mismas y manipulables por los medios de comunicación y las campañas electorales.

Hoy se considera útil sólo aquello que produce beneficios o ganancia. La ciencia y la cultura son cosas que se consideran inútiles porque no la producen. Por eso cuando los gobiernos hacen recortes presupuestarios comienzan por estas cosas inútiles.

No educamos a las nuevas generaciones en el amor al bien común, el desinterés o lo gratuito, los educamos en el amor al dinero, a lo útil, al beneficio personal. Natalia Ginzburg afirmaba que a los hijos no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes: “No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo de éxito, sino el deseo de ser y de saber. ” Pero les enseñamos las pequeñas virtudes para que no sufran esta sociedad de la ganancia y nos olvidamos de las grandes.

Víctor Hugo, autor de Los Miserables, ese gran retrato de los desposeídos del siglo XIX en Francia, siendo miembro de la Asamblea Constituyente en la revolución de 1848 y frente a los ministros que anunciaban recortes fiscales en ciencias, cultura y educación, los exhortaba a multiplicar las escuelas, las bibliotecas, los museos, los teatros y las librerías, a multiplicar las casas de estudio para los niños, las salas de lectura, todos los refugios donde se medita, donde uno se recoge, donde uno aprende alguna cosa y se hace mejor, a hacer que penetre por todos lados la luz en el espíritu del pueblo, pues son las tinieblas las que lo pierden. En una sociedad corrompida por la dictadura del beneficio personal y la ganancia el conocimiento es una forma de resistencia. Las ciencias y las artes seguirán transformando vidas y generando cambios positivos en la sociedad, por eso debemos protegerlas y evitar que Chile se pierda en las tinieblas de la ignorancia.

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