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La verdadera casa de los espíritus: El grupo de mujeres que disputó el espacio público desde el espiritismo
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22:02 · Chile

La verdadera casa de los espíritus: El grupo de mujeres que disputó el espacio público desde el espiritismo

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Por Osvaldo Carvajal M. , académico de la Licenciatura en Letras y del Doctorado en Humanidades Aplicadas de la U. Andrés Bello Aprovechemos que acaba de terminar la serie La casa de los espíritus, basada en la novela de Isabel Allende publicada en 1982, y conversemos sobre los hechos y personas reales que la inspiraron.

Y es que en Latinoamérica el realismo mágico se queda corto al revisar los archivos… ¡Myriam, trae la ouija! Partamos desmontando un malentendido. Muchos creen que “la casa de la esquina” de la novela se inspiró en el palacio de Providencia donde vivió Inés Echeverría Bello (Iris).

Si bien en su salón se trataban estas temáticas, no existe evidencia de que allí se organizaran sesiones espiritistas, como suele repetirse. La propia Isabel Allende ha aclarado que la verdadera inspiración fue la actual Embajada de Italia, la casa Maira Morla. ¿Les suena?

Así es, las hermanas Mora de la novela son una ficcionalización de tres personas reales: Carmen, Ximena y Wanda Morla Lynch, hijas de un importante diplomático fallecido tempranamente, y de Luisa Lynch, distinguida figura de la vida cultural santiaguina. Criadas entre viajes por Europa y Estados Unidos, las Morla recibieron una refinada educación a cargo de institutrices extranjeras. Y ahí comenzó todo.

En una carta de 1939, la pintora María Tupper —gracias a quien conocemos la historia tras los Cuentos para Mari-sol— recuerda que las hermanas tuvieron en Nueva York una institutriz norteamericana que intentaba comunicarse con su marido fallecido mediante el espiritismo. Según ella, fue este hombre quien, desde el más allá, habría identificado a las hijas de la familia como “médiums extraordinarias”. Así, las lecciones comenzaron a mezclarse con sesiones donde las niñas ponían las manos sobre mesas que respondían con golpes misteriosos.

Recuerda Iris que, tras la muerte del padre y la instalación de la familia en Chile, asistió a una sesión donde un lápiz dejado sobre un cuaderno en blanco comenzó a escribir solo antes de salir disparado contra el muro. Cuando encendieron la luz, uno de los presentes reconoció la firma: pertenecía a un amigo que se había suicidado pocos días antes. Grato ambiente espiritual… Ahora bien, ¿cuál es la conexión de Isabel Allende con todo esto?

Clara del Valle, protagonista de la novela, está basada en su abuela Isabel Barros Moreira. La escritora la describe como una mujer “un poco lunática y maravillosa” y cuenta que escuchó toda su vida que, durante sus trances, hacía bailar con un solo dedo una enorme mesa de roble. Por eso, junto a varias de las nombradas más arriba, Chabela creó el Grupo 7: no el de la FACH, sino una hermandad teosófico-espirista sobre la que aún sabemos poco, pero donde cada una de las integrantes tenía un nombre y función especial.

Ximena y Carmen Morla eran Vera y Nadinko, las médiums principales; María Tupper era Cirineo, la archivista; Isabel era Lebasi, la guardiana. Como podrán imaginarse, la Iglesia veía todo esto con pésimos ojos, por lo que las hermanas del 7 se encargaron de travestir su espiritismo con ropajes canónicos. María Tupper describe así la epifanía que sentó las bases de la colectividad: “Ximena cae en trance y, completamente transfigurada, habla con una voz que no es la suya, dice que es preciso dejar de lado toda esta historia de mesas y sesiones espiritistas, pues tiempos extraordinarios se acercan y habrá necesidad de soldados para preparar la senda del Cristo de Amor cuya venida se aproxima”.

Y esta mezcla pagano-cristiana no se quedó en meras palabras. Tras el terremoto de Chillán, Lebasi le escribe a Cirineo para organizar ayuda para los damnificados: “He pensado que el grupo debería mantener un taller de costura” y reunir “dinero y géneros, máquinas, hilos y todo lo necesario”. Incluso contempla hacerse cargo de “20 huérfanos” en su casa de Agustinas.

Pero más curioso aún resulta su trabajo de meditación antibelicista: “la flor roja es de guerra, se puede extinguir sembrando blancas de paz. Esto, aunque sea conversando con las demás, se puede hacer”. Es más, Vera habla directamente del “ejército de la milicia de paz”, muy necesario pues “hay mucho que trabajar en las trincheras y las ayudas invisibles son preciosas”.

Así, pese a que no militaron ni marcharon en el MEMCH —con sus redes y comités a gran escala— estas mujeres encontraron otra forma de intervenir el espacio público. A través de salones, cartas y “cuadernos de contar la vida” —que ha rescatado y publicado Wenceslao Díaz Navarrete— construyeron lo que Macarena Urzúa llama una red artística, afectiva e, incluso, política tan relevante como el Círculo de Señoras. Gracias a estas investigadoras, hoy estamos cada vez más cerca de reconstruir un archivo espectral de mujeres espiritistas y teósofas cuyos orígenes nos remiten al siglo XIX y la figura señera de Rosario Orrego: primera novelista y directora de revista en Chile y tía política de… Arturo Prat Chacón.

Esa ouija, sí, la dejamos para otra sesión. Osvaldo Carvajal M.

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