La Vecina Perfecta: el peso de lo real
¿Cuánto cuesta desmoronar el equilibrio de una vida cotidiana? La lógica parece simple: mientras más tedioso y lineal, mayor el impacto de su quiebre. En ese sentido, los suburbios de Florida, con su calma aparente, casas sin rejas y espacios comunes, se vuelven terreno fértil para esa chispa latente que, cuando se enciende, provoca una reacción en cadena imposible de contener.
Como si lo armónico de vivir en comunidad, fuera solo una utopía. El documental, en su estado más puro, se alimenta de estas fracturas. Es también artificio, estética, una forma de decodificar el fragmento de realidad que decide mostrar.
Ante todo, no puede ser objetivo. Aunque a veces se acerque. La vecina perfecta, de la directora estadounidense Geeta Gandbhir, nominado al Oscar 2026 y disponible en Netflix, reconstruye el homicidio de Ajike Owens, ocurrido el 2 de junio de 2023 en Ocala, Florida.
Madre de cuatro hijos, fue asesinada de un disparo por su vecina, Susan Lorincz, quien durante meses había saturado al 911 con denuncias contra los niños del barrio, en especial los hijos de Owens, por supuestas invasiones a su propiedad. El relato está construido, casi en su totalidad, con registros de las cámaras corporales de policías que acudieron a los llamados. A partir de ese material en bruto, la cámara se vuelve dispositivo político, mientras el documental ensaya una reflexión sobre nuestra necesidad contemporánea de realidad: ese punto de no retorno donde las cosas parecen adquirir valor solo si son instantáneas y en bruto.
Como si la invasión de series true crime, no fuera suficiente para saciar esa demanda visceral de la audiencia. “No molesto a nadie, soy pacífica. Soy la vecina perfecta”, dice Susan, en una declaración que se disuelve en el vacío, mientras insiste en su versión.
Pero las imágenes revelan otra cosa: los niños, a quienes constantemente insulta y propina apelativos racistas, solo están siendo niños. Entusiastas, ruidosos, lúdicos. Como en un juicio, los registros de ambas partes se enfrentan.
Pero la balanza se inclina sola. Así, emergen también las verdaderas intenciones del documental. Una pulsión cívica que se cultiva tímidamente, hasta poner en el centro la polémica ley de defensa personal o State your Ground, cuyas zonas grises siguen marcando el debate en Estados Unidos.
Miedo, paranoia y racismo se entrelazan en Susan hasta volverse indistinguibles. Y la pregunta se impone: ¿qué hubiera ocurrido si los roles hubieran sido inversos? El documental no responde la pregunta, pero deja clara la postura: el resultado, el juicio y el castigo, habrían sido distintos.
A pesar de ser un objeto inerte, la cámara no olvida. Registra, expone y convierte lo privado en evidencia pública. Funciona como una bisagra, cada vez más frágil, entre la realidad y su representación.
A diferencia del true crime, aquí no hay misterio que resolver. No hay giros, sino acumulación. Una tensión que crece a la vista, invitando al espectador a ordenar las piezas por su cuenta, hasta que el desenlace se convierta en una consecuencia inevitable.
Después de ver La vecina perfecta, queda el hecho, y también su huella. Porque en esa acumulación de imágenes en bruto, se cuela una interrogante incómoda: cuánto vemos realmente, y cuánto elegimos no mirar. Tal vez, el documental venga a cuestionar esa ilusión de claridad.
Porque incluso cuando todo parece estar a la vista, el equilibrio, como la vida en esos suburbios apacibles, siempre puede resquebrajarse en silencio.
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