La superioridad moral de la emergencia
En los últimos cuatro años la derecha chilena transformó a la superioridad moral en una crítica profundamente efectiva del proyecto del gobierno del presidente Boric y de su coalición. En ese diagnóstico, el progresismo transformaba toda disputa política en una contienda valórica, en donde bastaba con esgrimir lo que Max Weber llamó la “ética de la convicción” para asegurar la legitimidad de sus argumentos, sin tener que hacerse cargo de las consecuencias de sus posiciones. Esta crítica fue efectiva porque tuvo dos efectos concretos, primero logró invertir el relato que existía hasta ese entonces de que era la derecha la que no se hacía cargo de los efectos reales de sus políticas sociales y económicas, y segundo porque transformó todo proyecto político de la izquierda en un ejercicio de frivolidad adolescente.
Como señaló Weber en su ponencia “La Política como vocación”, la ética de la convicción es aquella que se basta a sí misma como método de legitimación. Cuando un político actúa en base a ella, son sus creencias valóricas las que justifican su actuar, y también las que lo blinda de sus efectos negativos. Cuando se actúa en base a la convicción, dijo Weber, las consecuencias están desconectadas de los efectos.
Si los principios son los correctos entonces no importa que los efectos sean negativos, eso es culpa de “el mundo, la estupidez humana o la voluntad de Dios”. Pero ni la ética de la convicción ni la superioridad moral son patrimonio de la izquierda. Basta con revisar el primer discurso del Presidente Kast para ver un relato plagado de convicción moral como motor de legitimación política.
En ese primer discurso, el Presidente señaló que Chile estaba “en peores condiciones de lo que podía imaginar” y que su Gobierno había recibido un país en el suelo. Ese país, según el relato del Presidente, necesitaba un gobierno de emergencia, un gobierno, en sus propias palabras inaugurales, “con convicción”. Hoy la derecha tiene la convicción de que Chile está en las ruinas, quebrado y, según la Ministra de Seguridad Pública, sin Estado de Derecho.
También tiene la convicción de que la izquierda está poblada por políticos que, por acción u omisión, sumieron al país en la corrupción, la pobreza, la inseguridad y la migración descontrolada. Por eso pueden plantear medidas como la performance de una auditoría total del Estado, zanjas de un kilómetro, prometer la expulsión de 300 mil migrantes irregulares en 100 días o eliminar seis mil millones de dólares del presupuesto nacional en 18 meses. Todas son promesas que en el mejor de los casos son imposibles de lograr y en el peor de los casos generarían caos social y económico de ser materializadas.
Pero al político que se mueve por la ética de la convicción y no por la ética de la responsabilidad eso no le importa, porque las consecuencias de sus acciones le son indiferentes mientras detrás de ellas haya una convicción moral que las legitime, en este caso la imperiosa reconstrucción del país. El ejemplo más evidente de esto ha sido la justificación para las modificaciones al MEPCO: mucha convicción de qué es lo correcto, poco compromiso con la responsabilidad de sus consecuencias. Los políticos de todos los colores y épocas han utilizado la superioridad moral como un elemento legitimizador de sus programas políticos.
Cuando Weber escribió estas palabras lo hizo para notar la ironía de que esta forma de legitimación estaba siendo utilizada por “ideólogos bolcheviques y espartaquistas [que] obtienen resultados idénticos a los de cualquier dictador militar precisamente porque se sirven [del mismo] instrumento”. Pero, como sabemos, ese no es el único camino posible, pues existe el camino de la ética de la responsabilidad, aquella que se justifica -sin la obligación de renunciar a convicciones propias- en avanzar pensando en el interés público y no en los valores morales subjetivos de cada político. Hoy la derecha, y el gobierno de Jose Antonio Kast, está construyendo su relato político sobre la superioridad moral que le entrega la convicción de tener que reconstruir el país.
Como saben los espartaquistas y dictadores a los que se refería Weber, esas no son bases firmes para gobernar porque en algún momento la convicción tiende a chocar con la realidad. Cuando eso pasa, la virtud como elemento legitimador -o en palabras chilenas; la superioridad moral- se transforman en un pozo que se agota rápidamente y que una vez agotado no se puede volver a llenar.
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