La República es mucho más que un protocolo
“República” es una palabra que se distingue claramente de la “monarquía”. Esta última es el gobierno de uno solo –el monarca-, mientras que la república es de todos y, aún mejor, para todos. En rigor, si la monarquía es una forma de gobierno –lo mismo que la democracia-, la república es un modo o manera de gobernar, si bien algo más que un simple estilo de hacerlo, caracterizado porque la atención es puesta en todos y nadie se encuentra sometido al poder de otro.
La república es una institución entre iguales y no entre dominadores y sometidos. Tanto mejor si una república –que es para todos- es también democrática, es decir, de todos. Digámoslo una vez más: la democracia es el gobierno del pueblo –y de ahí la alta exigencia de todas y cada una de sus reglas-, al paso que la república es el gobierno para el pueblo, que también es algo muy difícil de lograr.
La democracia indica quién puede ejercer el poder político, en tanto la república determina para qué se ejerce ese poder; o sea, con qué finalidad, que en una república no puede dejar de ser sino el bien general o común y, más concretamente, que nadie pueda apropiarse de bienes públicos como si se tratara del patrimonio privado de los gobernantes y demás autoridades. La república es abnegación de los gobernantes como también de los gobernados, algo muy parecido a la virtud o, cuando menos, a la posesión de ciertos atributos especiales. No se trata de la voluntad general, sino de la voluntad de todos.
No es el bien para unos, sino para todos. La república no repudia los intereses particulares de los sujetos privados, pero bajo la condición de que estos no usurpen lo que es o debe ser público. “Democracia” es una palabra de origen griego, y “república” es de origen romano.
Tal como hemos tratado de explicar, ambas son cosas distintas, aunque relacionadas, y en lo que coinciden una y otra es en la dificultad de alcanzar plenamente tanto aquella como esta. Nunca la democracia ni tampoco la república son perfectas, y es por eso que cada democracia y cada república procuran satisfacer en la mejor y también mayor medida posible los postulados del gobierno del pueblo y para el pueblo. Renato Janine Ribeiro, desde Sao Paulo : “Hoy no existe política digna de este nombre que no sea republicana y democrática”.
Cuando en América Latina tuvimos en los siglos anteriores al XIX el nacimiento de las “repúblicas hispanoamericanas” –así se las llamó- fue porque se había puesto fin a las monarquías reinantes y a nuestra condición y trato como colonias. Las democracias tuvieron que esperar todavía un largo rato. Pocas monarquías siguen ahora en pie (estamos ya en la cuarta parte del siglo XXI) y tienen en la actualidad una carácter constitucional que las limita mucho en sus funciones, y ni qué decir en su poder, cumpliendo más bien un papel simbólico y acaso puramente nostálgico.
En otras palabras, a la república constituyó el desahucio que se dio a las monarquías dotadas de un poder absoluto y de origen considerado muchas veces divino, un anacronismo que se tardará todavía mucho tiempo en superar, porque aun cuando no manden ni propiamente gobiernen, las actuales monarquías se satisfacen solo con un buen holgado público y con el despliegue de la fastuosidad y la pompa real que tanto gustan, si bien pueden llegar a tener fuertes raíces populares desde el punto de vista emocional. En nuestro reciente cambio de mando presidencial, como en todos los que han tenido lugar desde 1990, se celebró profusamente nuestro “espíritu republicano”, refiriéndose más bien a algo que es meramente protocolar. Lo mismo que en los funerales de Estado de nuestros expresidentes de la República –piénsese en Patricio Aylwin y en Sebastián Piñera-, en los que la expresión posiblemente más repetida por políticos y periodistas vuelve a ser aquello del “espíritu republicano”, algo que suele ser confundido, y también reducido, al cumplimiento de disposiciones que son puramente protocolares, un protocolo dotado hasta hoy de una fuerte y estudiada solemnidad que recuerda no poco a nuestras antiguas monarquías.
En nuestras trasmisiones de mando, incluida por cierto la más reciente, siempre he tenido la sensación de que el protocolo desplegado en cada una de ellas tiene evidentes y reiterados signos monárquicos. En una ceremonia de este tipo siempre está presente un gobernante saliente, lo cual está my bien, pero el entrante lo hace en medio de tal conjunto de solemnidades que, al menos en mi caso, recuerdan demasiado a las ceremonias de la realeza. Es necesario cumplir con ciertas formalidades, por cierto, pero no así con lo que en realidad son únicamente innecesarias, rutinarias y hasta aparentes solemnidades.
En la actualidad, sin embargo, “república” dice mucho más que ausencia de monarquía o abundancia de unos muy marcados y estrictos protocolos, puesto que se trata de una institución que favorece a todos, quienes ya no son súbditos, sino actores políticos y sociales. Y esto es precisamente lo difícil de conseguir, puesto que más allá de las repetidas invocaciones al bien general o común, aquellos que en democracia acceden al poder en una república no siempre permanecen fieles a ese compromiso verbal y muy prontamente lo que empieza a hacerse es gobernar en favor de determinados sectores dominantes e intereses nacionales o extranjeros, que se hacen pasar por el bien general o común de todos los chilenos. La vara está muy alta cada vez que se dice “democracia”, y también lo está cuando lo hacemos con “república”.
Además, y volviendo un tanto a los protocolos, ¡con cuánta facilidad hemos seguido adoptado para los Presidentes de la República expresiones como “Su Excelencia” y “Primera dama”. Recuerdo bien que en tiempos del Presidente Lagos este reemplazó el uso de “Su Excelencia”, dejándolo solo como “el Presidente de la República”, mientas Luisa Duran optó porque se refirieran a ella como la “Señora del Presidente” y no como “Primera Dama”. Por supuestos que muchos de los locutores de los actos oficiales a los que concurrían él o ella, o ambos, no se ciñeron a las instrucciones presidenciales de ese momento y continuaron utilizando expresiones tan desmesuradas como “Su excelencia” o tan siúticas como “Primera Dama”.
En el ejercicio del poder democrático y republicano, partiendo por el lenguaje, hay que ajustarse a ciertas formalidades, pero sin exagerar la nota ni exponernos a revivir el tiempo de las monarquías. La república es un ideal y, por lo mismo, tendríamos que acercarnos a él cada vez más, sin confundirla con rebuscados protocolos que en alguna medida han sido heredados de las viejas monarquías o que, cuando menos, huelen fuertemente a estas. ¿Por qué no comportarnos de manera más austera y, sobre todo, cumpliendo cada vez mejor el virtuoso y difícil compromiso con el bien común, sin limitarlo a las meras declaraciones y discursos donde todos aparecemos diciendo lo correcto, pero no siempre lo hacemos?
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