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La mirada de Allende
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01:06 · Chile

La mirada de Allende

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En La Moneda hay una mirada que no se apaga. Y frente a ella, la mentira no se sostiene. Hay un lugar en La Moneda donde la historia dejó de ser relato para convertirse en una especie de interpelación abierta.

No es un salón cualquiera ni un espacio administrativo más. Allí, en la sala donde Salvador Allende perdió la vida, su retrato permanece, no como homenaje ornamental, sino como una presencia incómoda, casi vigilante. No es condescendiente, escruta.

Su mirada —severa, inmóvil— no distingue entre generaciones ni entre bandos circunstanciales. Está dirigida a los vivos. A quienes hoy recorren esos pasillos creyendo que el poder es una propiedad, que la memoria puede administrarse y que la historia puede torcerse sin consecuencias.

Tres semanas. Apenas tres semanas. Y ya parecen tres años.

No por la densidad de las reformas, sino por la velocidad con que se ha revelado lo que estaba oculto. Porque aquí no ha habido evolución: ha habido revelación. No estamos viendo un gobierno que se equivoca; estamos viendo un proyecto que se desnuda.

Se prometió una cosa y se está haciendo otra. No es un tropiezo. Es un método.

Se construyó un relato —dulce, ordenado, casi infantil— como esos cuentos donde el bosque parece seguro y el camino está señalado. Pero bastaron unas semanas para entender que no era un camino: era una operación política. Y mientras algunos aún dudan, otros comienzan a entender.

Porque hubo quienes repitieron —con ligereza culpable— que no podíamos seguir mirando hacia atrás. Que el pasado era una carga. Que las advertencias eran exageraciones de una generación anclada en sus temores.

Hoy, esa injusta descalificación se desmorona. Porque muchos de mi generación no hablamos desde el resentimiento. Hablamos desde la experiencia.

No desde el miedo, sino desde la memoria. No desde la ideología, sino desde haber visto —con claridad brutal— lo que ocurre cuando el poder se libera de sus límites y empieza a justificarse a sí mismo. No olvidamos a Augusto Pinochet.

No lo olvidamos porque sabemos que la historia no se repite de forma idéntica: se disfraza. Se suaviza. Se presenta con otro lenguaje, con otros modales, con otra estética.

Pero cuando se la examina sin ingenuidad el espíritu refundacional aparece con meridiana claridad. Y hoy esa pretensión va de la mano con las amenazas, que siempre provienen de todos los fanatismos. He visto mucho en mi vida para no intuirlo, para no olerlo, para que se me escape algo tan evidente.

No en los discursos —que siempre son pulidos— sino en las decisiones. No en las palabras —que siempre son calculadas— sino en los efectos. En quién paga.

En quién pierde. En quién vuelve, una vez más, a cargar con el costo de decisiones que nunca le fueron explicadas con claridad. La clase media.

Los de siempre. Los que creyeron. Los que tendrán que financiar con recortes sociales la rebaja de impuestos a los que más tienen.

Tal vez ahora comprendan por qué algunos fuimos cautos. Por qué no compramos el relato. Porque siempre dijimos que al final todos los caminos conducían a que gobernara la ultra derecha.

Y que eso el resultado de la elección no era trivial. Es de manual, cuando la falsedad se instala como forma de gobierno no es algo menor. Es una fractura.

Es el inicio de una degradación que no comienza con grandes actos, sino con pequeñas renuncias a la verdad. Primero se ajusta el discurso. Luego se justifica la contradicción.

Después se normaliza la impostura. Y cuando se quiere reaccionar, ya es tarde. Tal vez por eso resulta tan revelador —y tan vulgar— el intento de despojar a La Moneda de su solemnidad histórica, de banalizarla, de presentarla casi como una casa más, como si en ese gesto se pudiera domesticar su memoria.

Como si al quitarle el significado se la pudiera volver propia y pudiera ser nuevamente apropiada por los herederos de quienes alguna vez la sintieron suya, después de derrocar al Presidente, destruirla y bombardearla… Pero La Moneda no es una casa, es un emblema que pertenece a todos los chilenos. Es un símbolo de la memoria histórica de un pueblo. Allí se debe actuar con respeto por los que sufrieron, por los que murieron.

Ojalá las misas diarias aconsejen bien y moderen los aires militaristas. Mientras tanto los vivimos la dictadura no olvidamos. Por eso no olvidaremos.

Y por eso estaremos siempre atentos al actuar de quienes son violentos y desprecian la democracia que destruyeron en La Moneda, la que nosotros, los chilenos, reconstruimos a pesar de ellos. Y porque hay lugares —como esa sala en La Moneda— donde la historia no descansa, donde la memoria no se negocia y donde el poder, quieralo o no, es observado. Que lo sepan.

Esa mirada sigue ahí. Y esta vez, no solo cae. También enfrenta y juzga.

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