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La mano invisible en el PDG: “supremazo” mantiene a Parisi al mando del partido
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06:08 · Chile

La mano invisible en el PDG: “supremazo” mantiene a Parisi al mando del partido

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La grieta que hoy atraviesa al Partido de la Gente (PDG) tiene algo de ironía política. Justo cuando la colectividad comenzaba a mostrar músculo en el Congreso –convertida en pieza clave para que el Gobierno de José Antonio Kast sacara adelante su megarreforma económica–, puertas adentro estalló una guerra por el control del partido que terminó dejando congelado el triunfo de la lista que buscaba desplazar al núcleo duro de los Parisi. El pasado 25 de abril, la Lista B, encabezada por Patricio Quisbert, se impuso preliminarmente en las elecciones internas del PDG, derrotando al sector vinculado a Rodrigo Vattuone y a Zandra Parisi, hermana y principal operadora política de Franco Parisi.

La señal era potente: por primera vez desde la fundación del partido, el control interno parecía escapar de las manos del círculo más cercano al exabanderado presidencial. Bueno, relativamente potente, porque dentro de la tienda reconocen que Franco Parisi sigue siendo el “gurú” político y el principal articulador del partido. Pero el golpe duró poco.

El Tribunal Supremo de la colectividad anuló completamente la elección, en una resolución de 13 páginas que describió un cuadro de “deficiencias estructurales” en la trazabilidad electoral, diferencias entre votos y firmas, padrones faltantes, foliados inconsistentes y problemas documentales en varias regiones del país. A ello se suma el golpe a la credibilidad interna de la tienda política, en un proceso marcado además por una baja participación: apenas 1. 106 militantes, equivalentes al 2,56% del padrón, cifra que alimenta las dudas sobre la representatividad real de la elección.

El fantasma de la ruptura La decisión se adoptó por una estrecha mayoría de tres votos contra dos. Y con eso volvió a asomarse uno de los viejos fantasmas del PDG: las grietas internas, las desconfianzas cruzadas y la sospecha permanente de que detrás de cada disputa hay una pelea por el control real del partido. Porque mientras la resolución oficial habla de inconsistencias técnicas graves, los votos disidentes del propio tribunal dejaron instalada otra tesis: que la invalidación se resolvió sin agotar todas las etapas del proceso y sin una revisión suficientemente detallada mesa por mesa.

Uno de los disidentes incluso cuestionó que no existiera un análisis “voto por voto” antes de llegar a una medida tan extrema como anular toda la elección. En la práctica, el fallo produjo un efecto político inmediato: la directiva actual sigue al mando. Vattuone permanece como presidente y Franco Parisi como vicepresidente transitorio mientras se organiza una nueva elección.

Es decir, la lista derrotada en las urnas encabezada por Zandra Parisi ganó tiempo, oxígeno y una segunda oportunidad. Y no cualquier segunda oportunidad. El conflicto estalla justo cuando el PDG vive uno de sus momentos de mayor influencia parlamentaria.

La bancada de 13 diputados se transformó en actor decisivo para que el Ejecutivo aprobara en la Cámara la ley de Reconstrucción y artículos especialmente sensibles para La Moneda, como la rebaja del impuesto corporativo y la invariabilidad tributaria por 25 años. El partido no solo cumplió el acuerdo político con Hacienda: pasó a demostrar capacidad real de negociación y utilidad legislativa. Ahí aparece otro elemento incómodo para la interna PDG: el creciente acercamiento entre el Gobierno y el eje político de los Parisi.

En las últimas semanas, Zandra Parisi emergió como una figura clave en las conversaciones entre el partido y el Ejecutivo. Su vínculo con la entonces vocera Mara Sedini –que comenzó a estrecharse tras el respaldo que la exministra le entregó luego de los dichos de Darío Quiroga durante la campaña– ayudó a abrir canales con La Moneda, mientras las negociaciones económicas terminaron incluyendo conversaciones directas entre Franco Parisi y el ministro de Hacienda Jorge Quiroz. Por eso, dentro y fuera del partido, varios comenzaron a mirar la anulación de la elección con suspicacia.

¿Mano negra en el PDG? Exmilitantes y dirigentes críticos del PDG deslizan en privado una sospecha incómoda: que Franco Parisi “metió mano” para evitar perder el control de la colectividad justo cuando esta atraviesa un momento de valorización política frente al Gobierno. La teoría se alimenta además de otro dato sensible: la lista de Quisbert representaba un eje más territorial y regionalista, especialmente fuerte en el norte y sur del país, mientras el sector ligado a los Parisi mantiene mayor control sobre la estructura central del partido.

Sin embargo, públicamente, Quisbert ha evitado cruzar esa línea. En declaraciones a la prensa, el dirigente ha insistido en que no tiene antecedentes para afirmar una intervención directa de Franco Parisi y asegura querer creer que el fundador del PDG se mantuvo al margen. Pero al mismo tiempo acusa falta de transparencia del Tribunal Supremo.

Sostiene que el proceso fue mal calificado y anunció una ofensiva judicial ante el Tribunal Calificador de Elecciones para revertir la invalidación. “No estamos de acuerdo con ese resultado”, ha repetido Quisbert, mientras su equipo jurídico estudia incluso un recurso de protección paralelo para resguardar los derechos políticos de los militantes que participaron en la elección. La disputa ya dejó de ser administrativa.

Hoy es una pelea abierta por legitimidad, control partidario y supervivencia política interna. El problema para el Partido de la Gente es que la crisis golpea justo cuando intentaba instalarse como fuerza bisagra del Congreso y socio incómodo –pero útil– para el Gobierno de Kast. La imagen que deja la interna es la de una colectividad atrapada entre dos almas: una bancada que gana influencia institucional y una estructura partidaria que sigue girando alrededor del apellido Parisi.

Y mientras el caso se encamina al Tricel, la pregunta quedó instalada dentro del propio partido: si la elección fue anulada por razones técnicas… o si, en realidad, nadie estaba preparado para aceptar que los Parisi podían perder el control del PDG.

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