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La maldición de una guerra en soledad
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01:06 · Chile

La maldición de una guerra en soledad

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En un libro-semblanza de 2020, Mary Trump describió a su tío Donald como “el hombre más peligroso del mundo” y él lo está confirmando. El impacto petrolero de su guerra contra Irán está produciendo un caos económico global. Además, si el abecé de la estrategia consiste en aislar al enemigo, hoy está catalizando el paradójico aislamiento de EEUU.

Tan grave es la situación, que hasta la ONU alzó la voz: “esto puede escapar totalmente al control”, dijo Antonio Guterres, su Secretario General. De la república al imperio Aunque Trump lo ignore, el aislamiento que induce es diferente al aislacionismo como estrategia nacional histórica de su país. Lo suyo es una política presidencial con sesgo irracional, por dos razones principales.

Una, porque en un contexto de normalización de la disuasión termonuclear, evoca lo que dijera Raymond Aron durante la Guerra Fría: “Si sólo un demente podría amenazar con una guerra nuclear, habría que fingir locura para ser creíble”. La otra, porque implica la renuncia no forzada al liderazgo que Occidente reconociera a EEUU durante la Segunda Guerra Mundial. Puede decirse, entonces, que Trump comenzó a superar la soledad occidental pronosticada por Samuel Huntington.

En 1993, en su célebre texto sobre “el choque de civilizaciones”, este académico predijo que el clash final se produciría entre Occidente y el resto del mundo (the West versus the Rest), con alto protagonismo de los países islámicos. En esa eventualidad, EEUU debía sostener “una estrecha unión con sus socios europeos” y promover la “occidentalización de América Latina”, considerada como civilización aparte. Tres décadas después de esa predicción sombría, Trump busca la hegemonía solitaria y monetaria de EEUU, para imponerse en Occidente, América Latina, Asia y Medio Oriente.

Su repertorio comprende la guerra comercial como disuasivo menor, la amenaza como disuasivo mayor, el apoyo bélico al Israel de Netanyahu y la guerra a secas como solución final. Sus aplicaciones principales están a la vista: aranceles arbitrarios para “ablandar” gobiernos respondones, operación militar “quirúrgica” en Venezuela, guerra conjunta con Israel contra Irán y amenazas de anexión contra Panamá, Canadá, Cuba y Groenlandia. En este último caso, por carambola, la amenaza afecta a Dinamarca, uno de sus maltratados “socios europeos”.

Por lo demás, ese belicismo se refleja en la nomenclatura. La antigua Secretaría de Defensa de EEUU hoy se llama Secretaría de Guerra. Junto con el lema trumpista America first (de filiación ideológica alemana) sugiere que la “república imperial” norteamericana -así definida por Aron el siglo pasado- hoy es un imperio personalizado bajo el lema l’empire c’est moi.

Democracia banalizada En términos futbolísticos, aquello sería una temporada de eliminatorias. La semifinal tendría que jugarse contra la Rusia del astuto Vladimir Putin y la finalísima contra la poderosa China de Xi Jinping. Sin embargo, el proceso viene de mucho antes.

En rigor es secuela del debilitamiento de las democracias occidentales y de “la entretención” como sustrato de sus sistemas comunicacionales. En EEUU esto comenzó a darse como desconfianza en el clientelismo bipartidista, con su correlato de atracción por los outsiders llamativos. En los años ’80 del siglo pasado fueron abundantes las noticias sobre la disruptiva personalidad de Trump, promotor inmobiliario y animador de un programa farandulero.

Periodistas frívolos lo buscaban como fuente de desplantes antisistémicos y “cuñas” urticantes. Los atraía su habilidad para eludir impuestos, lucir mujeres guapas, posicionar su nombre en los edificios, flotar sobre bancarrotas, emitir “verdades alternativas”, contratar hagiógrafos, predicar el aislamiento ahorrativo y denostar a la OTAN como “un gran dispendio”. (Entre paréntesis, no fue noticia destacada su primera visita a Moscú, en 1987, por gestiones de Yuri Dobinin, embajador soviético en Washington.

Tampoco fueron noticia las visitas que siguieron, mientras la Unión Soviética se derrumbaba. Existe al respecto una prolija investigación de la periodista británica Catherine Belton, con información sobre sus contactos con agentes soviéticos camuflados como empresarios. Belton sugiere que ahí está la clave de su ambigua amistad con Vladimir Putin y del sospechado apoyo ruso a su primera y exitosa postulación presidencial.

Fin del paréntesis). Como resultado del proceso descrito, Trump se proyectó como un personaje cómicamente egocéntrico y con buenas perspectivas de acceso al escenario político. En sus memorias, el expresidente Barack Obama reconoció que “él era un espectáculo y en los Estados Unidos eso era una forma de poder”.

Peligro confirmado Em su primer gobierno, Trump proporcionó un alud de hechos y datos sobre su impericia. John Bolton, su primer asesor de seguridad nacional, lo describe en sus memorias como “asombrosamente desinformado” y cuenta que “el eje de adultos” de su entorno impidió chapuzas demasiado graves. Por cierto, no las dos principales: el sostenido rechazo a su derrota reelectoral ante Joe Biden y el correlativo asalto al Capitolio por parte de sus seguidores, con cinco muertos como resultado.

El periodista Bob Woorward complementó a Bolton con su libro Miedo, Trump en la Casa Blanca. Ahí dice que el presidente no captaba “la importancia de tener aliados en el exterior, la importancia de la diplomacia o la relación existente entre el ejército, la economía y las alianzas de inteligencia con gobiernos extranjeros”. Incluso consigna su frase “el verdadero poder es el miedo”.

Otro testimonio, más cercano, está en el ya mencionado libro de su sobrina Mary, sicóloga clínica con doctorado. Además de calificarlo como globalmente peligroso, ella lo diagnosticó como sociópata hereditario. Pero eso no es todo.

Datos de IA dicen que, a fines de su primer mandato, Trump cargaba con cuatro procesos penales, más de 90 cargos criminales y numerosos procesos civiles. Con esos antecedentes, el que asumiera su segundo y vigente mandato revela que la crisis de la democracia norteamericana estaba tocando fondo. Poco importaron sus políticas erráticas, sus jactancias machistas y sus comportamientos ilegales.

Thomas Friedman -uno de los periodistas más laureados de EE. UU- expresó su desazón ante esa realidad, con una claridad que escasea en los intelectuales públicos. En su columna del NYT describió a Trump como “el presidente más antiestadounidense de nuestra historia (pues) asigna poco o ningún valor a la sangre, el dinero y la energía que generaciones de soldados, diplomáticos y presidentes estadounidenses, antes que él, sacrificaron para construir esa asociación duradera con nuestros socios europeos”.

Concluyó con una angustiosa pregunta retórica “¿Estados Unidos está siendo gobernado por un rey loco? ” Tres conclusiones y un dilema La sinopsis precedente trata de explicar cómo se produjo la conjunción entre un aprendiz de brujo en la Casa Blanca y el agresivo aislamiento de la superpotencia occidental. También permite comprender a los países europeos que se negaron a apoyar a EEUU para desbloquear el estrecho de Ormuz.

La de Irán “no es nuestra guerra”, dijeron. En tercer lugar, induce a recordar que la Segunda Guerra Mundial comenzó por conflictos comparativamente menores que los catalizados por Trump. Ergo, el dilema actual es definir si, como corolario de tanta irracionalidad, estamos ante la amenaza o el prólogo de una tercera guerra mundial.

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