La izquierda entre el realismo sin renuncia o la renuncia sin retorno
La megarreforma tributaria, que es el verdadero nombre del proyecto de reconstrucción, no es solo un cambio de impuestos, es construir un país distinto al que hemos conocido desde el segundo gobierno de Bachelet en adelante. Antes que cifras, el Gobierno ha instalado una premisa: Chile dejó de crecer y, por tanto, todo lo demás, empleo, salarios y movilidad social, quedó en suspenso. El gasto social, como dijo irónicamente Gerardo Varela, no corresponde con el nivel de bajo crecimiento que tenemos y por tanto habrá que aplicar tijera, si al final no hay mejor beneficio para la clase media que mejores empleos.
Lee también... Gobierno defiende su mega reforma, reitera que no es para los ricos y por qué hará crecer a Chile Jueves 23 Abril, 2026 | 13:56 Bajo esa hipótesis, la reforma se presenta como un instrumento para destrabar inversión, reactivar sectores intensivos en empleo y reducir la incertidumbre regulatoria que hoy castiga cualquier decisión de largo plazo. Rebaja del impuesto corporativo, incentivos a la contratación formal, invariabilidad tributaria como en los tiempos de Pinochet y mecanismos de repatriación de capitales no son piezas aisladas, sino un impulso ideológico y de voluntad de hacer a Chile Grande de Nuevo, parafraseando a Trump.
El problema es que las reformas procrecimiento en Chile tienen una mala prensa estructural: siempre parecen beneficiar primero a los que ya están arriba. Y eso está instalado en buena parte de la población, donde ven un intento de hacer más ricos a los que ya lo son. Y ahí es donde el gobierno decidió jugar fuerte, apostando a que el crecimiento, si ocurre, termine validando el diseño.
Es una apuesta clásica ya hecha en gobiernos anteriores: primero resultados, después legitimidad. Además de la sensación de una reforma a favor de los poderosos de siempre, también tiene el problema de que, si funciona, algo habrá que cortar. Y los beneficios sociales obtenidos en la última década son los primeros sospechosos.
Por tanto, el verdadero nudo no está en la técnica, sino en la política y cómo se narra la megarreforma. Y, hasta ahora, Quiroz ha navegado bien en esas aguas, algo escaso en esta administración. Y esa habilidad ha puesto a la oposición en un dilema del tipo realismo o renuncia.
Si bloquea la reforma y tiene éxito, entra en un juego de suma cero donde el Gobierno puede construir un relato simple: quisimos crecer y nos lo impidieron. En ese escenario, la oposición evita el costo de una reforma impopular en su base, pero asume el costo de aparecer como responsable del estancamiento. No es una buena posición y asegura un futuro gobierno de Parisi.
Si colabora, el problema tampoco desaparece. Primero, porque el gobierno ha dado suficientes señales de que no está dispuesto a ceder en lo estructural. La reforma es, en buena medida, un intento de desmontar el legado tributario de Michelle Bachelet, y no es casualidad que esa misma lógica explique otras decisiones, como la negativa a respaldarla en instancias internacionales.
No es solo una diferencia, es una enmienda a la historia reciente. Al colaborar, la oposición corre un riesgo más profundo: vaciar su propio relato. Si acepta que el problema es que Chile crece poco porque los impuestos son altos, entonces está aceptando implícitamente que su propio ciclo de gobierno fue parte del problema.
Y eso, en política, es más caro que perder una votación. Lee también... Guía para entender la megarreforma: las medidas que incluye el Plan de Reconstrucción del Gobierno Jueves 23 Abril, 2026 | 06:30 Ocupando la teoría de juegos, no estamos ante un dilema del prisionero clásico, sino ante un juego asimétrico donde una de las partes tiene el control del marco, el gobierno, y la otra decide si entra o no a jugar bajo esas reglas.
Colaborar puede mejorar el resultado marginal, pero no cambia la estructura del juego. Bloquear puede preservar identidad, pero reduce capacidad de incidencia futura. En ese punto, la oposición enfrenta una decisión más existencial que táctica: si defiende o no su propia última línea.
Porque renunciar a ella, a la defensa de su ciclo, de sus reformas y de su diagnóstico, puede darle aire en el corto plazo, pero la deja sin fondo en el largo. La ironía es evidente. La oposición puede elegir entre ser responsable y desaparecer, o ser coherente y pagar el costo.
Y el gobierno, mientras tanto, juega a otra cosa: si la reforma pasa, gana; si no pasa, también. Porque en este juego no siempre gana el que tiene la mejor estrategia. A veces gana el que logra elegir el terreno, como decía el viejo Sun Tzu.
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