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La filantropía cultural en Chile: entre la expectativa y la responsabilidad
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16:26 · Chile

La filantropía cultural en Chile: entre la expectativa y la responsabilidad

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En mi reciente visita a Chile, invitada por Ch. ACO, la principal feria de arte contemporáneo del país, tuve la oportunidad de compartir mi experiencia, como chilena residente en NY desde hace algunos años. En Chile, hablamos cada vez más de filantropía en el arte, pero todavía la entendemos poco.

La seguimos mirando como un gesto puntual, casi como un acto de generosidad aislada, cuando en realidad es una de las bases que sostienen los ecosistemas culturales más sólidos del mundo. La diferencia no es menor. En contextos como el de Estados Unidos, la filantropía no es un complemento: es estructura.

En muchos casos, cerca del 70% del financiamiento de instituciones culturales proviene de aportes filantrópicos, mayoritariamente de individuos, pero también de corporaciones y de fondos públicos. No se trata solo de cifras, sino de una cultura instalada, donde apoyar a las instituciones es parte natural de la relación con ellas. Y esa relación es exigente en ambas direcciones.

Las audiencias esperan mucho de sus museos y centros culturales. Esperan calidad, rigor, relevancia. Pero esa exigencia no es pasiva.

Va acompañada de un compromiso activo. Son audiencias que también entienden que sostener esas instituciones es una responsabilidad compartida, y que su rol no termina en la visita, sino que se extiende al apoyo. Ahí es donde en Chile todavía estamos al debe.

Seguimos esperando que las instituciones funcionen, que programen, que crezcan, que se profesionalicen, pero no siempre asumimos que eso requiere de un involucramiento más directo. La conversación sobre filantropía sigue siendo incipiente, y muchas veces se queda en la superficie. Sin embargo, este momento también abre una oportunidad.

A diferencia de otros contextos donde los modelos están completamente instalados, en Chile todavía estamos a tiempo de diseñar algo propio. No se trata de replicar estructuras externas, sino de entender sus principios y adaptarlos. Y uno de esos principios es clave: la filantropía no es transaccional, es relacional.

Las instituciones que logran construir bases filantrópicas sólidas no lo hacen solo ofreciendo beneficios. Lo hacen generando vínculos. Abriendo acceso.

Invitando a las personas a entender los procesos, a conocer a quienes piensan y construyen los programas, a sentirse parte. La pertenencia es mucho más poderosa que cualquier incentivo. También lo es la claridad.

Cuando alguien puede ver concretamente qué hace su aporte, el vínculo cambia. Deja de ser abstracto y se vuelve significativo. Por eso, más que preguntarnos cómo recaudar fondos, quizás la pregunta debería ser otra: ¿cómo construimos comunidad en torno a nuestras instituciones?

Iniciativas como los círculos de patronazgo, las alianzas con actores privados o una programación verdaderamente relevante pueden ser caminos posibles. Pero ninguno de estos funcionará sin algo más profundo: liderazgo. Liderazgo para convocar, para generar confianza y para sostener relaciones en el tiempo.

La sostenibilidad del ecosistema cultural no va a venir solo desde el Estado ni desde esfuerzos aislados. Va a venir desde una red de compromiso compartido, donde distintos actores entienden que la cultura no es un gasto, sino una inversión en el tejido social. La pregunta no es si Chile puede desarrollar una cultura filantrópica sólida.

La pregunta es si estamos dispuestos a asumir lo que eso implica.

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