La familia en el centro
Chile no enfrenta únicamente una crisis de inseguridad, económica o institucional. Todo eso es real, y por ese motivo la lógica de un gobierno de emergencia convocó a las grandes mayorías en las recientes elecciones presidenciales. Pero tras la superficie, nuestro país también enfrenta una crisis más profunda y silenciosa: una crisis en nuestros vínculos, que se expresa con especial fuerza en la vida familiar.
En las últimas décadas, fuimos relegando el sentido de pertenencia y responsabilidad mutua para dar paso a la ilusión de que la autonomía individual, el acceso al consumo y la menor dependencia de otros bastaban para construir una vida plena. Parte importante de las élites progresistas contribuyeron a consolidar esa mirada, reduciendo a la familia a un espacio exclusivamente privado, sin reconocer su rol social insustituible. Lee también...
Sin calidad ni comunidad, no hay educación posible Miércoles 13 Mayo, 2026 | 18:14 Las consecuencias de esta crisis están a la vista. Vivimos más conectados, pero más solos; tenemos más acceso a bienes y servicios, pero menos comunidad. Detrás de muchas de las principales urgencias sociales del país —soledad, salud mental, violencia, pobreza, abandono, desprotección infantil— hay familias haciendo enormes esfuerzos, muchas veces sin el apoyo suficiente.
Cuando esos vínculos se debilitan o quiebran, la fragilidad no permanece encerrada en la vida privada, sino que termina expresándose en la escuela, el barrio, el trabajo, la salud y la convivencia social. Esa nueva comprensión de la vida en común terminó permeando la política pública. Muchas veces el Estado diseñó programas de manera fragmentada, mirando por separado a quienes conviven bajo un mismo techo, generando incentivos a la atomización de los hogares y atendiendo carencias individuales sin comprender realmente que las personas viven insertas en redes de cuidado, afecto y dependencia mutua.
Pero la condición humana no es así. Un niño no vive separado de su hogar; una persona en situación de dependencia no puede comprenderse al margen de quien la cuida; y quien cuida a otro tampoco enfrenta sus dificultades en soledad. Por eso, desde el Ministerio de Desarrollo Social y Familia hemos asumido el compromiso de volver a poner a la familia en el centro de la política social.
Esto supone avanzar hacia programas que comprendan que las personas viven insertas en vínculos, redes de cuidado, responsabilidades compartidas y trayectorias comunes. Lee también... Ministra Wulf pide ver recortes como "una buena noticia" y asegura que no afectan beneficios sociales Viernes 15 Mayo, 2026 | 14:44 El desafío es pasar de intervenciones atomizadas y centradas principalmente en carencias individuales o condiciones materiales de bienestar, hacia una política capaz de fortalecer también las capacidades familiares y relacionales que permiten sostener proyectos de vida.
Fortalecer a las familias no es una tarea secundaria ni una consigna ideológica. Es una forma concreta de reconstruir cohesión social, confianza y esperanza. Porque quizás una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo sea volver a recordar que nadie sale adelante completamente solo.
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