La factura que no pagamos
Señor Director: El alza del precio del petróleo nos recuerda, como una verdad incómoda, que Chile importa prácticamente todo el crudo que consume, lo que nos deja expuestos a shocks externos que no controlamos. En ese contexto, las señales de precios son fundamentales. Distorsionarlas tiene un costo real, pues se desincentiva la eficiencia energética y se subsidia el consumo sin discriminar quién realmente lo necesita.
Chile tiene el Mepco, mecanismo que suaviza las variaciones del precio de los combustibles. No es malo en sí mismo, pero debe ser sostenible. Un país de ingresos medios, con enormes demandas sociales pendientes, no puede destinar recursos fiscales a amortiguar el costo de llenar el estanque de quienes tienen auto.
El foco debería estar en los más vulnerables -quienes dependen del transporte público- y en las cadenas productivas, para evitar que el alza se traslade íntegramente a los precios de los bienes básicos. Pero hay un problema de fondo más serio: llegamos a esta tormenta sin paraguas. El FEES -nuestro ahorro soberano para estas situaciones- fue vaciado parcialmente por el Gobierno anterior sin que mediara una crisis económica real.
Ahora, cuando el ciclo aprieta, tenemos menos margen para actuar sin endeudarnos. Los fondos soberanos no son caja chica. Son la diferencia entre absorber un shock y trasladárselo entero a los ciudadanos.
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