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La escuela chilena sabe medir, pero no sabe cuidar
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21:19 · Chile

La escuela chilena sabe medir, pero no sabe cuidar

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Por Diego Farfán Valdebenito El 26 de marzo de 2026, una inspectora de 59 años murió apuñalada en un colegio de Calama. Su agresor tenía 18 años y, según las primeras indagaciones, llevaba meses planificando el ataque en silencio, dentro del mismo establecimiento donde ella trabajaba. Días después, en Curicó, un adolescente de 14 años llegó armado a su colegio con la intención de disparar.

Lo detuvo su propia madre. Al día siguiente, en Providencia, estudiantes encapuchados lanzaron una bomba molotov en la inspectoría. Una funcionaria resultó herida entre las llamas.

Tres hechos. Siete días. Tres ciudades distintas.

Chile ya no puede mirar hacia el costado. El Estado respondió con protocolos y mayor presencia policial en los accesos. Medidas necesarias.

Medidas insuficientes. Porque el problema no empieza en la entrada del colegio. Empieza mucho antes, en “el silencio que nadie supo leer”.

La pregunta que debería formularse en el centro del debate no es cómo evitar que un adolescente ingrese armado a un establecimiento, sino cómo ese mismo adolescente pudo planificar un ataque durante meses, sin que ningún adulto lo notara. Los países, como las personas, también tienen preguntas que evitan. Sobre todo, las que comprometen: las que, una vez respondidas, obligan a admitir que ciertos errores no fueron descuidos, sino decisiones.

Chile tiene una de esas preguntas en su debate educacional: ¿Construimos resultados esperando que de ellos emerja comunidad por añadidura? ¿Y si medir fuera suficiente, qué clase de comunidad emerge de un espacio donde todo se certifica, pero nadie se conoce? Una palabra que Chile ha usado durante años para llenar discursos y aplaudir en seminarios, construir comunidad educativa es una tarea igual de precisa que diseñar un sistema de financiamiento o calibrar una prueba estandarizada, con sus indicadores y resultados.

Jamás estarán en un ranking, pero definen algo mucho más urgente: si hay o no un adulto cerca capaz de leer el silencio de un joven en crisis antes de que ese silencio se convierta en tragedia. Reorientar el sistema hacia la comunidad educativa no se declara: se construye. Y construirlo exige, como mínimo, repensar tres dimensiones que hoy funcionan en sentido exactamente contrario.

Con presupuesto. Con normativa. Con consecuencias reales adentro de cada establecimiento.

Financiamiento El sistema de subvención escolar fue diseñado para financiar competencia, no comunidad. Un colegio que compite por matrícula con el establecimiento de la cuadra siguiente no tiene ningún incentivo para construir vínculos con su entorno y menos busca relacionarse con las organizaciones del territorio. Tiene, en cambio, todos los incentivos para comportarse como una marca: gestionar su reputación, tratar a los padres como clientes y a los estudiantes como unidades de financiamiento.

Un sistema que quiera producir comunidad tiene que empezar por financiarla. Eso significa medir, con indicadores definidos y auditables, los vínculos que cada establecimiento construye con su entorno: cuántos docentes llevan más de cinco años en el mismo colegio, qué participación tienen las familias más allá de la reunión de apoderados, qué redes existen con el barrio y si son algo más que un logo en una carta de presentación. Nada de eso es imposible de medir.

Lo que sí es imposible, o al menos profundamente deshonesto, es seguir financiando la competencia y esperar que emerja la cooperación. Formación docente y condiciones laborales Antes de cualquier exigencia sobre los profesores, hay que decir con claridad lo que el Estado no ha hecho por ellos. La mayoría de los profesores que trabajan en contextos vulnerables llega a sus aulas cargando un agotamiento acumulado que el sistema educativo no reconoce, no mide y no alivia.

Donde cualquier iniciativa que los expusiera más allá de su rol estricto (de profesor) implicaba asumir riesgos que el sistema nunca se comprometió a cubrir. No es pedirle más al profesor… es dejar de pedirle lo que el sistema nunca se organizó para hacer. Eso implica una decisión en la formación inicial “no enseñar a construir comunidad en solitario”, sino a operar dentro de equipos, junto a directivos, equipos psicosociales y familias.

La diferencia entre ese docente y uno al que solo se le enseñó a derivar casos cuando ya era tarde no es vocación ni esfuerzo personal. Es formación. Y esa formación es responsabilidad del Estado.

El tiempo institucional Una de las paradojas más reveladoras es que los establecimientos que atienden a estudiantes en contextos de mayor vulnerabilidad son también los que disponen de menos tiempo para que sus equipos se detengan a pensar colectivamente sobre lo que está pasando. Los profesores de esos colegios tienen las aulas más difíciles y las horas de preparación más escasas. No existe ese espacio protegido, regular y con propósito explícito, donde el equipo docente, los directivos, los asistentes sociales y los psicólogos puedan sentarse a preguntarse lo que más importa: ¿Qué está pasando con este joven?

¿Qué vio el inspector que el profesor jefe no vio? ¿Qué sabe la trabajadora social que todavía no llegó a la dirección? Esas conversaciones no ocurren en los pasillos entre clases ni en los cinco minutos antes del recreo.

Y requieren que la información fluya de verdad entre todos los actores del establecimiento, incluyendo las familias, que hoy son sistemáticamente los últimos en enterarse de lo que ocurre con sus propios hijos. Estas tres dimensiones, financiamiento, condiciones laborales y tiempo institucional no son problemas separados que cada colegio deba resolver por su cuenta con los recursos que le sobran. Es el territorio exacto donde la política pública debe aterrizar con precisión.

No con declaraciones de intención, sino con presupuesto, normativa y acompañamiento técnico que transformen la lógica cotidiana de los establecimientos. Porque la comunidad educativa no nace por inercia. No emerge porque alguien la mencione en un discurso.

Se construye cuando el sistema crea deliberadamente las condiciones para que exista. Un establecimiento educativo puede ser gratuito, equitativo y técnicamente impecable, y aun así dejar a sus estudiantes profundamente solos. Puede distribuir recursos con criterios verificables, medir resultados con instrumentos confiables, auditar cada peso con rigor, y aun así no tener ningún adulto con la profundidad de vínculo necesaria para detectar que un joven de dieciocho años lleva cuatro meses escribiendo su plan de asesinato en un cuaderno.

Eso no es una crítica a la gratuidad. Es una advertencia sobre lo que la gratuidad no puede hacer sola. Construir comunidad educativa no es una tarea que recae sobre el aula ni sobre la buena voluntad de un profesor agotado.

Es una responsabilidad que exige decisiones concretas: estabilidad de equipos, tiempo institucional protegido, flujo de la información entre directivos, familias y equipos psicosociales. Un país que quiera algo más que formar individuos medibles tiene que incorporar esa pregunta con la misma seriedad técnica. Un sistema donde los edificios están en pie, los protocolos archivados y las matrículas al día, mientras adentro, en algún cuaderno que nadie ha visto todavía, alguien sigue escribiendo.

Eso no es un sistema educativo. Es una infraestructura de abandono con arquitectura de bienestar. Y mientras sigamos confundiendo las dos cosas, seguiremos llegando tarde.

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