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La crisis petrolera y el cambio estructural que se viene en la matriz energética del mundo
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08:00 · Chile

La crisis petrolera y el cambio estructural que se viene en la matriz energética del mundo

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Probablemente, Donald Trump no haya pensado en las consecuencias de largo plazo que tendría el ataque que lanzó en contra de Irán el 28 de febrero de 2026. Con el correr de los días y ya a más de un mes de la acción militar, el presidente de Estados Unidos ha transparentado que su interés era “apropiarse del petróleo iraní”, como dijo a Financial Times esta semana. Sin embargo, ese deseo de controlar las reservas de hidrocarburos del sexto productor mundial podría, en el largo plazo, terminar siendo el germen de la reducción de la importancia del crudo como el gran combustible del mundo, si se concreta lo que muchos futurólogos prevén: un cambio estructural en la matriz energética del mundo.

“Vemos una alta probabilidad de que se produzca un cambio estructural en el mercado energético global. La crisis actúa como un catalizador que acelera la adopción de energías renovables, almacenamiento y electrificación”, advierte Rommina Gaete, socia adjunta de servicios de cambio climático y sostenibilidad de EY. Hoy, en todo caso, el petróleo es la principal fuente de energía del mundo.

En 2024, representaba un tercio de la oferta mundial, seguido por el carbón, con un 28%, números similares a los del 2023, con un 31,5% y un 26,5%, respectivamente, según The Energy Institute. Por eso que la violenta e histórica alza que sufrió el crudo hace un mes, al pasar de 72 dólares hasta más de US$110 el barril en dos semanas en el caso del Brent y desde US$67 hasta US$108 en el WTI, provocó un descalabro masivo en la provisión de energéticos en todo el mundo y sus consecuentes efectos inflacionarios, que recién se están conociendo en otros ámbitos de la vida diaria, incluso en el propio Estados Unidos, hoy el mayor productor de crudo del globo y el segundo consumidor después de China. Sin embargo, esa dependencia de los hidrocarburos podría empezar a descender, gracias al auge que ha experimentado la oferta de energías limpias, convencionales y no convencionales, que en 2024 alcanzaron el 41% del consumo eléctrico global.

La generación de electricidad a partir de fuentes bajas en carbono mostró ese año, el último del cual existen estadísticas mundiales, un avance significativo, alcanzando a un máximo histórico de 1. 512 kWh (kilowatt/hora) por persona, aumentando en 103 kWh con respecto al récord del año anterior, de acuerdo a la International Energy Agency. Un cambio estructural que podría recordar el producido tras la crisis del crudo de 1973-74, por el embargo decretado por los países árabes integrantes del cartel de la OPEP en represalia al apoyo de Estados Unidos a Israel en su guerra con Egipto y el Líbano, lo que redujo fuertemente sus exportaciones a la nación norteamericana.

“Los precios del crudo se cuadruplicaron, con enormes consecuencias para la economía mundial, la geopolítica y las políticas públicas, incluyendo un cambio en el control de la producción petrolera mundial, que pasó de las compañías occidentales a los gobiernos de Oriente Medio y otras regiones”, recuerda sobre esa época un paper del Baker Institute for Public Policy. Aquella crisis provocó que los países desarrollados pusieran en ejecución múltiples iniciativas de eficiencia energética, como la fabricación de autos más pequeños, así como planes de inversión e investigación para la búsqueda de fuentes de energías alternativas, como ocurrió en Francia, que aceleró su programa nuclear, y el carbón recuperó protagonismo en la generación eléctrica, así como la hidroelectricidad. Las energías limpias no necesariamente son energías renovables, puesto que incluyen, por ejemplo, a las nucleares.

Las renovables son fuentes de energía casi inagotable, derivadas de procesos naturales, como la solar, eólica, mareomotriz, geotérmica y de biomasa. Estas últimas han ido creciendo en su uso en las últimas décadas, pese a no superar aún a las de combustibles fósiles. En 1990, las energías renovables representaban apenas el 3% de la matriz energética mundial.

Sin embargo, en la medida que la conciencia del calentamiento global provocado por los gases de efecto invernadero, provenientes especialmente de la combustión del petróleo y el carbón, y las consecuencias de cambio climático que ha producido, ha llevado a la mayoría de los países a diversificar sus fuentes de energía con el fin de descarbonizarla. Y se ha provocado un boom de las llamadas renovables no convencionales. “Desde el año 2000, la tasa de crecimiento anual de las energías renovables ha sido consistentemente superior a la de todas las demás formas de energía.

Desde 2006 su crecimiento ha promediado más de cuatro veces la tasa de crecimiento anual promedio de la demanda energética mundial total. En los últimos cinco años, esta tasa ha aumentado a más de cinco veces”, comenta el último Informe Estadístico de Energía Mundial 2025 del Energy Institute. Este constante y acelerado ritmo de crecimiento de las energías renovables podría entonces tener un nuevo impulso producto del interés bélico de Trump.

Y también por razones geoestratégicas y de seguridad nacional de los países no involucrados en el conflicto. “Más que un shock de precios, el alza del petróleo refleja una etapa del mercado energético, donde la seguridad y la geopolítica pesan lo mismo que la oferta y la demanda”, sostiene Andrés Martínez, socio de mercados de KPMG Chile. Los países, en pos de buscar una menor dependencia energética de los grandes productores de petróleo, lo que podría socavar su subsistencia diaria, debieran ampliar sus fuentes de energía hacia aquellas que pueden producir por sí mismos.

Y aquellos que no cuentan con hidrocarburos debieran incrementar su oferta interna de centrales solares o eólicas, pero también sus instalaciones de energía nuclear. “La guerra con Irán tendrá efectos profundos y duraderos en los mercados energéticos mundiales, incluso si termina abruptamente”, advierte Henning Gloystein, director gerente de energía, industria y recursos naturales de la consultora geopolítica Eurasia Group. Gloystein recuerda que esta es la segunda crisis grave de suministro de petróleo y gas en los últimos cinco años, pues la anterior se produjo inmediatamente después de la invasión de Rusia a Ucrania en marzo de 2022.

Y en ambas, los países importadores brutos de hidrocarburos, como Chile, son los que más han sentido el impacto. Y son los llamados a acelerar el cambio. “Para las regiones tradicionalmente importadoras de combustible, como Asia, Europa y partes de Sudamérica, esto representa una clara señal política y económica para electrificar la mayor cantidad posible de procesos (por ejemplo: energía, transporte, calefacción, industria) mediante la inversión en recursos e infraestructura de energía limpia a nivel nacional”, asegura Gloystein.

Aunque es probable que no todos los países tomen la misma dirección en sus cambios de fuentes de energía, pues van a depender de su estado actual y de cuán rápido pueden reaccionar. Por ello, los cambios estructurales van a ser distintos según los instrumentos a los que puedan apelar. “Vemos que hay un cambio estructural que ya está en curso.

El mercado energético va hacia un modelo híbrido, donde conviven energías renovables y fuentes tradicionales, con fuertes diferencias entre regiones”, explica Martínez de KPMG. “La transición no es lineal ni homogénea, y se está moviendo a distintas velocidades según la realidad geopolítica y regulatoria de cada país”, agrega. De acuerdo a un análisis proyectivo de Eurasia, aquellos países que dependen fuertemente de las importaciones de crudo de la región del Golfo Pérsico, actualmente en conflicto, como los situados al sur y al noreste de Asia, se están preguntando qué hacer para reducir lo más pronto posible esa dependencia y para evitar una futura crisis de suministro.

Los países con reservas y capacidad de producción de carbón a nivel nacional, como India, Polonia y Alemania, según la consultora, podrían elevar su utilización en el corto plazo hasta poder expandir sus capacidades de energía limpia, como las renovables, el almacenamiento o incluso la energía nuclear. Y aquellas naciones sin reservas nacionales, como Japón o Corea del Sur, añade, intentarán diversificar su suministro de petróleo y gas para reducir su dependencia de Medio Oriente. Y probablemente Japón reactive su programa nuclear, dado que muchos reactores han estado inactivos desde el tsunami y los accidentes de Fukushima de 2011, a lo que podría añadir un empuje a las energías renovables no convencionales.

En el comienzo de los ataques a Irán, otros países lamentaban sus decisiones pasadas y la propia presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen, dijo que reducir el sector de la energía nuclear en Europa había sido un “error estratégico”. Los analistas coinciden en que la transición energética está ocurriendo, pero no será simultánea a nivel global, sino que cada país avanzará según sus propios recursos y requerimientos. De hecho, no prevén que tan pronto como este mismo año se observen estos cambios.

Las proyecciones de Gaete de EY apuntan a que “en el corto plazo, los países aplicarán medidas tácticas para contener precios altos, reforzar la seguridad energética y acelerar proyectos renovables ya planificados, junto con mayores esfuerzos de eficiencia”. Ya para el mediano plazo, prevé que se consoliden “la electrificación del transporte, el despliegue de almacenamiento y el desarrollo inicial del hidrógeno verde, lo que impulsa una disminución estructural de la demanda de petróleo en sectores como el transporte liviano”. Y ya para el largo plazo, Gaete augura que “las matrices energéticas evolucionen hacia sistemas de bajas o nulas emisiones, reduciendo significativamente el rol del crudo”.

Como consecuencia de estos cambios es posible prever de todos modos un incremento en la demanda global de paneles solares o aspas eólicas y, sobre todo, de baterías de almacenamiento, que permitan ahorrar energía. Pero dado que aún se está hablando de mediano y largo plazo, no está claro si esto implicará un aumento lineal en los precios de estos insumos, dada su mayor demanda. En 2017, el documental “Una Verdad Incómoda” del exvicepresidente estadounidense Al Gore destacó a Chile porque en sólo tres años había multiplicado por 30 sus proyectos de generación por energía solar, al tener iniciativas por 13 GW.

Hoy Chile cuenta efectivamente con 11 GW en potencia instalada de energías renovables. En enero pasado, esto permitió que el 71% de toda la electricidad demandada por el sistema proviniera de paneles solares, molinos de viento, geotermia, biomasa e hidroeléctricas. De este modo, Chile “aparece bien posicionado en energías renovables”, dice Martínez de KPMG.

Sin embargo, aunque cada vez menos, el país aún sigue dependiendo del petróleo y el gas extranjeros, lo que lo mantiene expuesto a los shocks externos en precios. “La participación de los combustibles en la matriz energética primaria de Chile, aunque ha disminuido gradualmente en los últimos cinco años, aún representa alrededor del 60%”, explica Patricio Jaramillo, director de riesgo financiero de PwC Chile. Los sectores productivos más vulnerables en Chile a estos eventuales shocks son la minería y el transporte de carga, debido a su dependencia directa de estos combustibles.

Sin embargo, el país se ha ido, quizás sin querer, anticipando a estas crisis, al apostar por la descarbonización en rubros como el transporte. “El cambio a buses eléctricos reduce la dependencia del petróleo y estabiliza tarifas. Mientras que Chile también acelera inversiones en almacenamiento energético y el hidrógeno verde, que buscan que el país deje de ser un ‘tomador de precios’ de crisis externas”, destaca Jaramillo, de PwC.

En tal sentido, el experto recuerda cifras del sector automotor: en 2025, los vehículos electrificados (eléctricos 100% o híbridos enchufables) representaron más del 10% de las compras. Sin embargo, recuerda el socio de KPMG, el que la matriz energética de Chile siga dependiendo del extranjero, “obliga a mirar la transición energética ya no sólo como un tema de sostenibilidad, sino de resiliencia”.

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