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La cocina que sostiene la vida en la Antártica
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08:24 · Chile

La cocina que sostiene la vida en la Antártica

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A las siete de la mañana, cuando gran parte de la dotación recién comienza a despertar, la cocina de la base “Profesor Julio Escudero” ya está en pleno funcionamiento. El desayuno debe estar listo y el almuerzo encaminado para quienes desarrollan labores científicas en el continente blanco, a pocas semanas del cierre de la 62ª Expedición Científica Antártica. En ese ritmo constante se mueve Samuel Silva, chef de 43 años, oriundo de Isla Negra y segundo a cargo de la cocina de la principal base del Instituto Antártico Chileno.

Junto a la chef Carol Alarcón y el ayudante Emilio Burgos, lidera un equipo reducido que debe responder a una alta demanda diaria. La organización es clave. El comedor tiene capacidad para 30 personas, por lo que cuando la dotación aumenta, deben implementarse turnos.

“Hace poco atendimos a cerca de 80 personas. Fueron tres turnos seguidos y terminamos pasadas las nueve de la noche”, relata Silva. La jornada no se limita a cocinar: también implica limpieza, orden y preparación para el día siguiente.

Pero su rol va más allá de los platos. Desde la cocina, Silva observa el movimiento de la base y entiende que su trabajo también impacta en el ánimo de quienes viven allí. “La forma en que recibes a la gente, el trato y la comida influyen en cómo descansan después”, explica.

El contacto diario con científicos y personal logístico ha enriquecido su experiencia. La curiosidad lo ha llevado a interiorizarse en las investigaciones e incluso a participar en salidas a terreno. “Es mi primera expedición y he podido visitar glaciares, navegar en zodiac y ver fauna en su entorno.

Son experiencias inolvidables”, comenta. Su camino profesional ha sido diverso. Se formó en cocina, luego estudió Pedagogía en Inglés en la Universidad de Playa Ancha, pero con el tiempo decidió regresar a su oficio original, acumulando experiencia hasta llegar a la Antártica.

En este entorno, cocinar implica adaptarse constantemente. El abastecimiento es limitado y depende de complejas operaciones logísticas, por lo que los menús se construyen en función de lo disponible. “Hay momentos en que simplemente no están los ingredientes habituales.

Hace poco teníamos mucho mote y probamos hacer un cremoso. Gustó tanto que nos pidieron repetirlo”, cuenta. La necesidad de adaptación también alcanza a dietas especiales, como las de vegetarianos y veganos, donde las legumbres se vuelven fundamentales ante la escasez de productos frescos.

En ese contexto, la comida adquiere un valor emocional. “A veces recibimos aplausos, sobre todo cuando hacemos pizzas, completos o hamburguesas. Son cosas simples, pero acá significan mucho más, porque la gente está lejos de su casa”, reflexiona.

Las condiciones técnicas tampoco son menores. La cocina funciona completamente con sistemas eléctricos, lo que limita ciertas preparaciones y obliga a modificar recetas. Aun así, Silva destaca el aprendizaje: “Es un trabajo donde se mezcla el oficio con la adaptación, pero también con lo humano.

Eso es fundamental para estar bien acá”. Y frente a la posibilidad de volver, no duda: “Si se da la oportunidad, volvería”.

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