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Kast vs Bachelet, manual para sabotear a tu propio país
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13:27 · Chile

Kast vs Bachelet, manual para sabotear a tu propio país

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Por Verónica Aravena Vega Un martes por la mañana. Un comunicado de Cancillería. La palabra «inviable» usada como si fuera un diagnóstico médico y no lo que realmente es: una puñalada ideológica.

Así, sin drama, sin dar la cara, Kast le retiró el apoyo a Michelle Bachelet para la ONU. Voy a ser honesta desde el principio: no me sorprendió. Lo que me sorprendió fue la desfachatez con que lo justificó, como si retirarte de la candidatura más importante que ha tenido este país en treinta años fuera un acto de prudencia política y no lo que realmente es: una genuflexión ideológica disfrazada de pragmatismo, un acto de servilismo hacia Washington envuelto en palabrería tecnocrática sobre «dispersión de candidaturas» y «viabilidad electoral».

Bonitos eufemismos para decir: me da miedo que Trump se enoje y, de paso, no me trago a Bachelet ni con agua. Hablemos de lo que está en juego, porque no es poca cosa. La Secretaría General de la ONU no es un cargo decorativo para una señora de 74 años que quiere jubilarse con algo que colgar en la pared.

Es el cargo multilateral más influyente del planeta. El que marca el tono sobre cómo el mundo gestiona sus guerras, sus hambrunas, sus crisis de refugiados, su relación con el cambio climático. El último latinoamericano que lo ocupó fue el peruano Javier Pérez de Cuéllar, y eso fue entre 1982 y 1991.

Han pasado más de tres décadas. Y por primera vez en los 80 años de historia de la ONU, existe la posibilidad real de que ese cargo lo ocupe una mujer. Esa mujer es chilena.

Y Chile acaba de decirle: no, gracias, preferimos no complicarnos. Antes de que alguien llegue con el argumento de que era una candidatura «sin viabilidad», permítanme desarmarlo. La internacionalista Paz Zárate lo dijo sin pelos en la lengua: antes del espaldarazo de Brasil y México, la candidatura de Bachelet ya era competitiva por sí sola, basada en su trayectoria real dentro de Naciones Unidas como directora de ONU Mujeres y Alta Comisionada de Derechos Humanos.

No era Boric levantando el nombre de una amiga política. Es una profesional conocida y respetada dentro del sistema. Su candidatura no cayó del cielo, la construyó durante décadas.

Zárate fue aún más incisiva: las conversaciones de pasillo en el mundo diplomático indicaban que Bachelet podía ganar incluso sin el respaldo activo de Chile. Solo con que no la sabotearan. Pero claro.

Aquí no se trata de viabilidad. Se trata de Trump. Se trata del ridículo alineamiento ideológico que Kast viene construyendo desde antes de asumir, cuando viajó a Florida como presidente electo a juntarse con el bloque conservador latinoamericano en la llamada «Cumbre Escudo de las Américas«, ese circo donde no estaban Brasil, México ni Colombia —las tres economías más grandes de la región— pero sí estaban los amigos ideológicos de Washington.

El proyecto político de Kast no es Chile primero, como le gusta decir. Es Trump primero, y después vemos. Y apoyar a Bachelet —ex Alta Comisionada de Derechos Humanos, símbolo del multilateralismo, respaldada por Lula y Sheinbaum— habría sido declarar la guerra a su propio proyecto político mezquino.

El problema es que esa apuesta es geopolíticamente suicida para un país como Chile. Entendámonos. Chile no es Brasil.

No es México. No tiene 200 millones de habitantes ni el peso del PIB más grande de América Latina. Chile es un país de 19 millones de personas, abierto al mundo, cuya moneda de cambio en el sistema internacional ha sido históricamente su reputación: un país serio, predecible, multilateralista, que respeta el derecho internacional y no cambia de principios según quién gobierne.

Eso no es una postura de izquierda ni de derecha. Es una tradición de Estado que le ha permitido a Chile tener voz y acceso en foros donde otros países de tamaño comparable son invisibles. Con 19 millones de personas no se impone nada en el mundo.

Se negocia. Se construye confianza. Se acumula reputación durante décadas.

Kast acaba de gastar parte de esa reputación en una semana. Y a cambio, ¿qué recibió? Nada concreto.

Ni siquiera la certeza de que Washington aprecia el gesto. Porque Trump no apoya a Chile, apoya a los serviciales, y los serviciales son reemplazables. Hay un dato histórico que algunos excancilleres se molestaron en recordarle públicamente al actual gobierno —cosa que ya dice bastante sobre el nivel de malestar en la clase diplomática— y es este: el segundo gobierno de Bachelet coincidió un año y dos meses con la primera administración de Trump.

Y la relación Chile-EE. UU. fue, en palabras de esos mismos excancilleres, «muy activa, constructiva y mutuamente respetuosa».

Es decir, Bachelet y Trump coexistieron perfectamente bien. El supuesto veto de Washington es, en el mejor caso, una interpretación creativa de señales ambiguas. En el peor, una mentira cómoda.

Lo que nadie dice en voz alta, pero todos saben, es que Kast no rechaza a Bachelet por razones estratégicas. La rechaza porque Bachelet encarna todo lo que él detesta. Como Alta Comisionada emitió desde Ginebra un informe demoledor sobre las violaciones de derechos humanos del estallido chileno de 2019.

Representa una agenda de derechos —género, migración, justicia social— que Kast lleva años usando como munición electoral. Apoyarla habría sido una contradicción existencial. Un presidente que lleva días endureciendo la frontera norte contra migrantes, que incluso tuvo la delicadeza de mencionar la crisis migratoria del gobierno de Bachelet como parte de sus razones para retirar el apoyo, no puede dar la cara ante sus votantes con un comunicado que diga: Chile respalda a Michelle Bachelet para liderar el mundo.

No puede. Aunque sea lo correcto. Aunque sea lo que le conviene al país a largo plazo.

Y acá está el nudo. El que conviene no perderse. El costo de esta decisión es real e inmediato.

Brasil y México se enteraron por la prensa, no por canales diplomáticos previos. Son las dos economías más grandes de América Latina. Son socios comerciales estructurales de Chile.

Las relaciones con ambos quedan dañadas, y eso no se arregla con un comunicado amable. En el Congreso, donde Kast necesita votos para su agenda legislativa, la oposición ya avisó que varios puentes quedaron rotos. Y Chile pierde su despliegue diplomático —embajadas, cancillería, lobby de pasillo— en el proceso de selección más relevante del sistema multilateral este año.

Todo ese costo. Y a cambio, Bachelet sigue en carrera igual, con México y Brasil firmísimos detrás. Claudia Sheinbaum lo dijo sin dramatismos ni portazos: «Nosotros vamos a seguir apoyándola.

Los argumentos por los cuales la apoyamos siguen siendo válidos. » La candidatura no cayó. Chile simplemente se bajó, pagará el precio, y no obtendrá nada.

Hay un concepto en relaciones internacionales que se llama soft power: la capacidad de influir en el mundo no por la fuerza militar ni el peso económico, sino por la reputación, los valores y la presencia institucional. Para un país pequeño con una economía abierta como Chile, el soft power no es un lujo ideológico. Es literalmente el instrumento con el que negocias tratados, consigues mercados, accedes a foros donde se toman decisiones que te afectan.

Santiago alberga sedes regionales de la Cepal, la FAO, la Unesco, la OPS, la OIT. Eso no es casualidad. Es el resultado de décadas de política exterior coherente que proyectó al país como un interlocutor confiable.

Cada vez que Chile rompe esa coherencia por un cálculo ideológico de corto plazo, esa acumulación de capital simbólico se erosiona un poco. Esta semana se erosionó bastante. Hay algo que me resulta particularmente obsceno en el argumento de la «inviabilidad», y es su carácter de profecía autocumplida.

Si Chile retira el apoyo activo, reduce las chances de Bachelet. Si las chances se reducen, el argumento de inviabilidad parece confirmarse. Pero quien lo hizo inviable fue el propio Kast.

Es como pegarle un tiro a alguien en la pierna y después decir que no corría lo suficientemente rápido. La perdedora de esto no es Bachelet. Tiene una carrera internacional sólida, tiene a Lula y a Sheinbaum en su esquina, y tiene la dignidad intacta de quien recibió un portazo y respondió con clase.

La perdedora es la Cancillería chilena, que ahora tendrá que trabajar el doble para recuperar credibilidad en los foros donde importa. El perdedor es el ciudadano chileno común, que, aunque no lo note, vive en un país cuya voz en el mundo acaba de encogerse un poco más. Kast habla mucho de Chile primero.

Sería útil que alguien le explicara que Chile primero, en política exterior, significa exactamente lo contrario de lo que acaba de hacer. Por Verónica Aravena Vega Psicóloga. Doctora en Estudios de Género y Política, Universidad de Barcelona.

Máster en Masculinidades y Género. Máster en Recursos Humanos. Máster en Psicología Social/Organizacional.

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