Kast mira a Milei: del ajuste al plato y la carne de burro como advertencia
La derecha chilena vuelve a ofrecernos su receta de siempre, aunque ahora venga envuelta en un nuevo papel de regalo. Nos hablan de modernidad, de crecimiento, de libertad, de eficiencia. Nos prometen un país donde el mérito lo será todo y donde el Estado, reducido a su mínima expresión, dejará de ser —según ellos— un freno para el desarrollo.
Suena atractivo, por supuesto. Pero cuando uno mira con atención quiénes son sus referentes y qué modelo quieren importar, la preocupación no tarda en aparecer. Porque José Antonio Kast no ha escondido su admiración por Javier Milei.
Al contrario, la ha expresado con entusiasmo. Ve en el mandatario argentino una inspiración política, un ejemplo de cómo aplicar reformas profundas, rápidas y sin contemplaciones. La famosa motosierra no solo se ha convertido en un símbolo en Argentina; también seduce a sectores de la derecha chilena que sueñan con replicar aquí esa misma lógica de ajuste extremo.
Y ahí es donde debemos detenernos a reflexionar. Porque detrás de la retórica de la libertad económica y del discurso de la eficiencia, lo que estamos viendo en Argentina es una realidad compleja, dura y profundamente humana. Las cifras pueden ser discutidas en seminarios o en paneles de televisión, pero la vida cotidiana no se mide en gráficos.
Se mide en la mesa de una familia, en el bolsillo de un trabajador, en la tranquilidad de un jubilado, en la posibilidad de proyectar el futuro. Lee también... Argentinos consumen el mínimo de carne vacuna en 20 años: burro, jabalí y guanaco como alternativas Domingo 26 Abril, 2026 | 11:34 Cuando el salario alcanza cada vez menos, cuando los precios suben más rápido que los ingresos y cuando la incertidumbre se instala como compañera permanente, la libertad deja de sentirse como una conquista.
Se convierte en una palabra bonita, pero vacía, para quienes están demasiado ocupados tratando de llegar a fin de mes. Y es precisamente ahí donde surge una metáfora que golpea con fuerza: la de terminar “comiendo carne de burro”. No es una frase literal ni una exageración gratuita.
Es la imagen de una sociedad que, poco a poco, va normalizando la precariedad. De familias que deben reemplazar lo que antes era básico por lo que simplemente alcanza. De personas que ajustan sus expectativas, que resignan calidad de vida, que aprenden a conformarse con menos.
Eso es lo que ocurre cuando las políticas de shock se aplican sin considerar sus efectos sociales. El costo rara vez lo pagan quienes diseñan las reformas desde la comodidad de sus oficinas. Lo pagan los trabajadores, los jubilados, la clase media, los pequeños emprendedores, las familias que ven cómo cada día cuesta un poco más sostener la vida que habían construido con esfuerzo.
Porque esa es la gran trampa de las reformas extremas: prometen prosperidad general, pero muchas veces terminan distribuyendo sacrificios entre las mayorías, mientras los beneficios se concentran en unos pocos. Socializan los costos y privatizan las ganancias. Y en Chile debemos estar atentos.
Porque cuando algunos sectores miran a Argentina con admiración, no solo están observando una estrategia económica. Están abrazando una visión de sociedad donde el mercado ocupa el centro y donde los derechos sociales pasan a un segundo plano. Una visión donde la desigualdad parece tolerable, siempre y cuando las cifras macroeconómicas luzcan ordenadas.
Pero un país no puede evaluarse solo por sus indicadores. Un país se mide por la calidad de vida de su gente. Por la seguridad de saber que una enfermedad no significará la ruina.
Por la certeza de que el esfuerzo tendrá recompensa. Por la tranquilidad de envejecer con dignidad. Por la posibilidad de que nuestros hijos vivan mejor que nosotros.
Chile necesita crecer, sin duda. Necesita recuperar dinamismo, generar empleo, impulsar la inversión y abrir nuevas oportunidades. Pero ese crecimiento debe ir de la mano con la justicia social, con la cohesión y con la protección de las personas.
No puede construirse sobre la base de la incertidumbre permanente ni del debilitamiento de las redes que sostienen a las familias. La verdadera libertad no consiste solo en reducir impuestos o eliminar regulaciones. La verdadera libertad es poder vivir sin miedo.
Sin miedo a enfermarse, a perder el empleo, a no poder pagar la educación de los hijos o a enfrentar la vejez en soledad. Por eso, cuando la derecha chilena nos presenta a Milei como un modelo a seguir, es legítimo preguntarse si están dispuestos a asumir también el costo humano de ese camino. Porque gobernar no es aplicar teorías en un laboratorio.
Gobernar es hacerse cargo de la realidad concreta de millones de personas. Chile merece un debate serio, responsable y profundamente humano. Uno que ponga en el centro a las personas y no a las ideologías.
Uno que entienda que el desarrollo no se trata solo de números, sino de dignidad, bienestar y esperanza. Lee también... "La gente decidirá": Javier Milei afirma que buscará reelección presidencial en los comicios de 2027 Viernes 24 Abril, 2026 | 13:38 Porque el progreso real no se mide en balances ni en eslóganes.
Se mide en mesas llenas, en hogares tranquilos y en familias que pueden mirar el futuro con confianza. Y si el camino que algunos proponen termina obligando a las mayorías a resignarse, a aceptar la precariedad como norma y a conformarse con menos, entonces no estamos hablando de libertad ni de modernidad. Estamos hablando, simplemente, de una advertencia.
Y Chile merece mucho más que eso. Porque un país no se construye sobre el sacrificio de las mayorías para beneficio de unos pocos. Se construye con dignidad, justicia y oportunidades para todos.
De lo contrario, mientras nos prometen prosperidad, podríamos terminar comiendo carne de burro.
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