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Kast: el presidente con más arrepentidos desde que lo eligieron hasta asumir
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21:00 · Chile

Kast: el presidente con más arrepentidos desde que lo eligieron hasta asumir

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La noche del 14 de diciembre de 2025, José Antonio Kast celebraba frente a miles de seguidores los más de siete millones de votos que lo convertían en el presidente más votado de la historia democrática de Chile. Fue una victoria aplastante, histórica, sin matices. Noventa días después, el mismo hombre se ponía la banda presidencial con apenas un 47,5% de aprobación ciudadana, según la encuesta Pulso Ciudadano.

Algo pasó en ese intervalo: cada día quince mil chilenos han dejado de creerle ahora a la Presidencia. Algo importante. Desde que Chile recuperó la democracia, ningún presidente había debutado en el cargo con una brecha tan pronunciada entre su resultado electoral y su aprobación inicial.

Ni Patricio Aylwin, que llegó al poder cargando la esperanza colectiva de un país que emergía de diecisiete años de dictadura. Ni Ricardo Lagos, que ganó en segunda vuelta por apenas un punto y aun así logró mantener el entusiasmo de quienes lo eligieron. La diferencia entre el porcentaje obtenido el día de la elección y la aprobación de la primera semana de gobierno arroja, en el caso de Kast, una caída de 10,7 puntos porcentuales, equivalente a más de un millón de arrepentidos.

El presidente más votado de la historia democrática chilena debuta también con la caída más brusca. Un fenómeno de penitencia colectiva en el que millones de chilenos que marcaron su nombre en diciembre hoy se golpean el pecho en una confesión política: “por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…”. El arrepentimiento electoral no es el final del mandato, ni siquiera la mitad.

Llegó antes de que el gobierno cumpliera su primera semana. Esa velocidad no tiene precedente en la política chilena contemporánea. El mea culpa masivo ocurre cuando el presidente todavía tiene los pliegues frescos en la banda, cuando el discurso inaugural aún resuena en el Congreso de Valparaíso.

Chile no recuerda haber vivido algo así. El país, sin embargo, fue advertido. Los especialistas lo dijeron con claridad antes del balotaje presidencial.

Las señales estaban ahí, visibles para quien quisiera verlas, detrás de la sonrisa prolija, del tono moderado de campaña, de la promesa de orden y mano dura. Bastaron los primeros nombramientos de colaboradores, algunos vinculados a figuras controvertidas, para que la máscara comenzara a caer. Luego se derrumbaban las primeras frases de campaña: “nunca dije que me iba a bajar el sueldo”, “seremos más pobres pero felices”, “las lamidas al imperio” y otras más que si quieres basta con que escuches y quieras ver.

Este fin de semana han salido más tongos a la luz, y otros tantos más se encaminan al templo más cercano. Una parte significativa de quienes le dieron su voto está comenzando a reconocer, con espanto, lo que realmente eligió. Un presidente fútil, un instrumento del que impera desde atrás.

Y ojo: los arrepentidos no son la oposición. Eso sería demasiado simple. Son votantes propios, personas que cruzaron la línea en diciembre convencidas de que Kast era la respuesta a sus miedos más legítimos: la inseguridad, la migración o la economía estancada.

Esas personas no han desaparecido. Están ahí, en los números de la encuesta, en los 10,7 puntos que se evaporaron entre el resultado electoral y la aprobación de arranque. Y eso, en el minuto cero de un mandato de cuatro años, no es un dato menor.

Es la advertencia más silenciosa y más poderosa que puede recibir un presidente: la de quienes votaron por él y ya dudan o no quieren más.

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