Kast, ¿el edecán de Quiroz?
¡Hola a todos! La semana esperada llegó. Tras varias postergaciones previas, finalmente el plan económico del Gobierno, conocido como ley miscelánea, fue ingresado al Congreso.
Con algunas sorpresas en la letra chica, pero sin alterar el corazón del proyecto, la iniciativa legislativa fue ingresada con suma urgencia, comenzando de inmediato las negociaciones entre bancadas y representantes del Ejecutivo. El Partido de la Gente, en su afán de inclinar la balanza y cobrar peaje, negoció con el Gobierno un acuerdo para bajar el IVA de medicamentos y pañales, presentando la operación como un triunfo, siendo que aún no entraba a la cancha. La estrategia –desmenuzada en esta edición de +Política– amenaza con dejar al partido en evidente posición offside.
En medio de las negociaciones por la ley que busca reactivar la economía, hay algo que se nota a la distancia: el protagonismo ha pasado del Presidente Kast al ministro de Hacienda, al punto que en los pasillos del Congreso comienzan a llamar la ley miscelánea como el “Plan Quiroz” en lugar de la Ley Kast. En tanto, la candidatura de Bachelet a la ONU toma vuelo afuera de Chile, mientras al interior enfrenta obstáculos, que excancilleres han calificado derechamente de “sabotaje”. Lo sumarios internos en Cancillería dan cuenta de lo que diversas fuentes denominan una caza de brujas.
Al frente de la maniobra estarían el jefe de asesores del Segundo Piso, Alejandro Irarrázaval, y el asesor internacional Eitan Bloch. En el plano operativo suena el nombre de la asesora Teresa Mira y, también, los llamados “cucuruchos”. Para finalizar, dos temas que representan los extremos de un mismo péndulo: la nueva cumbre de la izquierda progresista en España, que busca reorganizar las fuerzas del sector, y la visita de Peter Thiel a Milei en Buenos Aires, uno de los tecnojerarcas más influyentes de la ultraderecha global, dueño de una monumental fortuna y de las ideas más radicales del pensamiento libertario.
Antes de comenzar la lectura de esta nueva edición de +Política, les pedimos invitar a más personas a que se inscriban acá y así poder hacer crecer esta comunidad de lectores dispuestos a descubrir los secretos de la política. El “sabotaje” a Bachelet que huele a Segundo Piso Dos excancilleres han hablado del tema. Uno dijo que se les pasó “la mano” y otro que se trataba de un sabotaje.
Ambos, José Miguel Insulza y Juan Gabriel Valdés, coinciden en el diagnóstico general: la intervención contra la candidatura de Michelle Bachelet a la Secretaría General de la ONU ha sido uno de los episodios más tristes de la diplomacia chilena en toda su historia. La tesis de un complot ha ido cobrando fuerza en algunos sectores, desde que la noticia sobre funcionarios que seguían trabajando por la candidatura de Bachelet en la embajada en la ONU fuera publicada a la misma hora en que la expresidenta realizaba su discurso en Nueva York. “A estas alturas, no creo en casualidades.
Si eso no es interferencia, no sé lo que es”, dice un cercano a la candidatura de Bachelet. Lo cierto es que, más allá de cualquier teoría conspirativa, hay quienes aseguran que los mails sobre coordinación de reuniones con Bachelet fueron filtrados con una evidente intención política, sin reparar en la cadena de correos que daba cuenta de la derivación del caso a la diplomacia brasileña –y que en ningún caso contravendrían las órdenes de Cancillería que luego terminaron en un sumario–. La maniobra ha generado molestia en círculos diplomáticos y ha sido tildada de “mala leche” y “último de rasca”, al punto de involucrar a funcionarios que ni siquiera habrían faltado a sus deberes, incluida la asesora costarricense Jimena Prada.
Una verdadera caza de brujas que tendría su centro de operaciones en el Segundo Piso de La Moneda, según señalan fuentes cercanas a Cancillería. La dardos apuntan al jefe del equipo de asesores, Alejandro Irarrázaval, secundado por una de las figuras más misteriosas del nuevo Gobierno, el asesor internacional Eitan Bloch, exfuncionario de la embajada de Israel en Santiago. Ambos –dicen– serían quienes han estado moviendo los hilos, apoyados por la asesora del ministro, Teresa Mira, quien sería la encargada de bajar las instrucciones al equipo de infantería: los “cucuruchos”.
Estos últimos, funcionarios de extrema derecha con fama de intransigentes, fueron quienes denunciaron a colegas que participaron en manifestaciones durante el estallido social y que firmaron una carta asegurando –sin fundamentos– que la candidatura de Bachelet a la ONU había nacido del Grupo de Puebla. Uno de ellos, Raúl Sanhueza, acaba de ser nombrado embajador en Francia. Más allá de las inquinas, la dinámica en torno a la nominación de la exmandataria ha impedido abrir canales de diálogo, un hecho lamentable en el mundo diplomático, dicen cercanos al Ministerio de Relaciones Exteriores.
Y para colmo –agregan– tampoco se ha sopesado el trasfondo del asunto: el apoyo de Brasil y México a Bachelet. Cualquier ataque a ella, explica un exembajador, “es una ataque a los dos países más grandes de América Latina”. Kast, ¿el edecán de Quiroz?
La relación entre el Presidente José Antonio Kast y su ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, ha derivado en una disputa por el liderazgo, donde el secretario de Estado parece haber desplazado a la figura presidencial. Según algunas fuentes, existe una percepción creciente de que Quiroz le está “robando” el protagonismo al Mandatario, actuando con una autoridad que excede sus facultades sectoriales. Es cosa de ver las fotos juntos, donde Kast pareciera ser el edecán de Quiroz.
Se sabe que la figura del Primer Mandatario atraviesa su momento más crítico –las encuestas sitúan su aprobación en un modesto 33%– y no son pocos los que plantean que ha sido el propio Jorge Quiroz quien parece haber tomado el control del relato gubernamental. Lo que en círculos políticos se analiza como una “entronización”, ha transformado al ministro de Hacienda en un “nuevo Diego Portales”: epítome de quien ejerce el poder en las sombras, relegando a un segundo plano a la autoridad real. La desautorización política es evidente.
Mientras Kast intenta “romperla” en cadena nacional, calificando su megaproyecto como un hito que marcará “un antes y un después”, Quiroz lo contradice públicamente al afirmar que el Gobierno “no se juega su éxito con este proyecto”. Esta disonancia narrativa rompe la disciplina del Comité Político y deja al Presidente en una posición de irrelevancia estratégica. Las discrepancias no son solo entre el ministro y el Presidente.
Existen roces con Quiroz al no ceder en impuestos para pymes y proponer eliminar la franquicia SENCE, posturas que los ministros Alvarado (Interior) y García Ruminot (Segpres) han buscado matizar para evitar conflictos con los gremios. Quiroz es tildado de “cabrón” y falto de manejo, obligando a la dupla Alvarado-García Ruminot a intervenir para reabrir el diálogo parlamentario que Hacienda dificulta. En sus entrevistas, Quiroz proyecta una imagen de “mucho poder”, respondiendo de forma desafiante ante temas como el Tribunal Constitucional con un tajante “que vayan, pues”, lo que sugiere que debería “bajarse un par de pisos”, ya que dichas declaraciones son competencia exclusiva del Presidente.
Este desplazamiento de liderazgo se refleja también en el Congreso, donde el megaproyecto de reconstrucción ya no es identificado como el plan de Kast, sino como la “Ley Quiroz” o el “Plan Quiroz”. Esta personalización es vista por los senadores como un gesto que busca restarle propiedad al Jefe de Estado sobre su reforma más importante. Además, se señala que el ministro trabajó la iniciativa en solitario, sin consultar a los ministerios sectoriales, reforzando la imagen de una agenda personalista.
La jugada del PDG que lo tiene a punto del offside El PDG no esperó el pitazo inicial: salió a decir que vota a favor cuando la discusión recién parte. Y no es un detalle menor. Esta ley va con suma urgencia –se vota en general y en particular casi al mismo tiempo–, o sea, la negociación de verdad viene después, artículo por artículo.
Ahí es donde normalmente se aprietan las tuercas. El PDG, en cambio, decidió entrar al juego antes y correr el riesgo de quedar offside. ¿Por qué?
Porque esto no es solo ley, es posicionamiento. El partido de Franco Parisi busca instalarse como actor “bisagra” con agenda propia, el que inclina la balanza y cobra peaje. Cercanos a Parisi cuentan que le carga la palabra “bisagra”, pero la apuesta es clara: aparecer como que él “logró cosas” para la clase media y capitalizar la maniobra políticamente –con la presidencial en la mira y la ambición de crecer en el Congreso, incluso llegar al Senado–.
El problema es que el “logro histórico” que venden está bajo discusión. Sí, hay devolución de IVA en medicamentos y pañales, pero el punto pyme –la joya de la corona— queda fuera del proyecto y se patea a otra ley. Para la oposición, eso es derechamente poco.
Y para varios en privado, el PDG compró temprano y caro. El ruido partió altiro. Bastó que desde el Gobierno relativizaran el acuerdo en el tema pymes para que el pacto tambaleara.
Ahí apareció la verdad incómoda: esto es frágil. “El pan se podría quemar antes de entrar al horno”, admitieron en la propia bancada. Y el repliegue fue rápido: apoyo sí, pero –según ellos– “sin cheque en blanco”.
Ahí está la contradicción: se adelantaron a asegurar votos, pero ahora dicen que todo se verá en la letra chica. El punto es que en política el timing Y al dar el “sí” antes, le entregaron oxígeno al Gobierno justo cuando más lo necesitaba. La lectura puede ser incluso más cruda: el PDG prefirió marcar presencia ahora –aunque sea con botín discutible– antes que arriesgar quedar fuera de la foto.
Mostrar muñeca, aunque eso implique llegar con menos margen a la pelea de fondo. Porque al final del día, esta no es solo una ley. Es una vitrina.
Y el PDG decidió subirse primero, aunque el escenario todavía se esté armando. La duda es si cuando se prendan las luces de verdad –en la votación en particular– va a seguir manejando el libreto o va a terminar reaccionando a uno que ya ayudó a escribir. Peter Thiel: el tecnojerarca de ultraderecha que cruzó la cordillera Peter Thiel es mucho más que el cofundador de PayPal y Palantir, o el primer gran inversionista externo de Facebook: es uno de los ideólogos financieros de la ultraderecha tecnológica global.
La preocupación de algunos analistas es que Thiel representa a una élite que no busca solo financiar empresas, sino también modelar instituciones. En tiempos de inteligencia artificial (IA) y gobiernos preocupados por mostrar resultados, su influencia –advierten– no radica únicamente en su capacidad financiera, sino en cuánto poder están dispuestos a entregar los Estados a quienes prometen ordenarlo todo con datos. A su lado aparece Matt Danzeisen, su esposo desde 2017, un financista de bajo perfil que venía de BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, fundada en 1988 y con sede en Nueva York.
La firma administra más de US$ 9,4 billones en inversiones para clientes institucionales y particulares, incluyendo renta variable, renta fija y los fondos cotizados iShares. Actúa como fiduciaria, invirtiendo dinero de terceros, entre ellos, fondos de pensiones. Danzeisen fue vicepresidente de BlackRock y hoy ocupa un rol clave en el ecosistema de Thiel como Head of Private Investments en Thiel Capital, con foco en inversiones privadas, además de fondos en Estados Unidos y Asia.
¿Por qué hablamos de Thiel? Esta semana llegó a Buenos Aires para instalarse y mirar de cerca lo que él denomina “el único experimento libertario capaz de reelegirse”. Por lo tanto, no fue solo una cita del gobernante trasandino con un magnate tech, sino con una red de capital, datos, seguridad e influencia política que se mueve entre Silicon Valley, Wall Street y los nuevos gobiernos de derecha.
El cofundador de PayPal, primer inversionista externo de Facebook y creador de Palantir, encarna un poder que ya no se limita a Silicon Valley: conecta datos, defensa, inteligencia artificial, seguridad e ideología. Su empresa más política es Palantir. Presentada como una plataforma para ordenar y analizar grandes volúmenes de información, su expansión se ha dado en zonas sensibles: gobiernos, defensa, inteligencia, policías y servicios públicos.
Ahí está la controversia. Para sus defensores, permite tomar mejores decisiones en escenarios complejos. Para sus críticos, abre la puerta a privatizar funciones estratégicas y concentrar información pública en compañías privadas.
Por eso su paso por la Casa Rosada va más allá de una agenda de inversiones. Milei no recibió solo a un multimillonario: recibió a uno de los ideólogos de una derecha que desconfía del Estado social, reivindica el mercado y promueve una alianza entre tecnología, seguridad y poder en manos de una elite global. Al otro lado del péndulo: nuevo foro de la izquierda progresista El pasado fin de semana, Barcelona se convirtió en el epicentro de la política progresista.
La IV reunión “En defensa de la democracia” reunió a jefes de Estado y líderes de izquierda en un encuentro que, más que ser protocolar, buscó enviar una señal clara: dejar de pedir perdón por ser de izquierda, reorganizar fuerzas y reinstalar las ideas del progresismo frente a la deshumanización de la ultraderecha. Con figuras como los mandatarios Pedro Sánchez (España), Claudia Sheinbaum (México), Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil), Gustavo Petro (Colombia), Yamandú Orsi (Uruguay) y el expresidente chileno Gabriel Boric, el foro arrancó con un diagnóstico compartido: el orden global atraviesa una fase de tensión marcada por el ascenso de liderazgos conservadores, con Donald Trump como niño símbolo, aunque pocas veces mencionado de forma directa. La cita, enmarcada en el foro Global Progressive Mobilisation, congregó a más de 5 mil representantes.
Entre los acuerdos surgieron llamados a fortalecer el multilateralismo, asumir una responsabilidad en la defensa del orden internacional, y avanzar en la regulación del ecosistema digital, especialmente frente a la desinformación. La desigualdad, coincidieron, sigue siendo el principal combustible de la inestabilidad democrática. Otro de los consensos entre los asistentes fue la necesidad de cambios en Naciones Unidas para ser incidentes frente a lo que está pasando en el mundo.
Uno de los momentos más simbólicos fue la propuesta de renovar el liderazgo y reforzar la idea de que, por primera vez en sus 80 años de historia, el organismo sea encabezado por una mujer. Justo en la previa al interrogatorio de Michelle Bachelet en la Asamblea General. Más allá de los discursos, Barcelona dejó una imagen concreta: la izquierda busca reagruparse.
El objetivo no es menor: construir un bloque capaz de disputar influencia y marcar agenda en un mundo polarizado. Pero tal como advierte la profesora de la Universidad de Barcelona, Rommy Morales–en una columna en El Mostrador–, el desafío es reconstruir “las condiciones materiales y simbólicas” para que ese relato resulte verosímil. “El progresismo puede recuperar palabras como redistribución, feminismo, paz o convivencia.
(…) Pero si no recompone a la vez una experiencia social de credibilidad material, la promesa seguirá suspendida por encima de la vida ordinaria”, dice. Hemos llegado al final de +Política. Si tienen algún comentario, duda o información que quieran compartir, pueden escribirnos a maspolitica@elmostrador.
cl.
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