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 “Iquique no puede seguir jugando en cancha chica”: duro emplazamiento en el CORE reabre la crisis de la infraestructura deportiva regional
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02:45 · Chile

 “Iquique no puede seguir jugando en cancha chica”: duro emplazamiento en el CORE reabre la crisis de la infraestructura deportiva regional

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La intervención del consejero regional Francisco Lincheo volvió a poner sobre la mesa una deuda que Tarapacá arrastra hace años: la falta de inversión real en recintos deportivos para miles de niños, jóvenes y deportistas amateur que siguen esperando obras mientras los proyectos se empantanan entre observaciones, burocracia y desinterés. La discusión sobre infraestructura deportiva en Tarapacá sumó un nuevo capítulo de tensión política luego de la dura intervención realizada por el consejero regional Francisco Lincheo durante una reciente sesión del Consejo Regional, donde cuestionó abiertamente la falta de avances en el proyecto del estadio Hernán Villanueva y acusó una suerte de bloqueo institucional que, a su juicio, sigue impidiendo que Iquique dé un salto real en materia de recintos para el deporte amateur. Lejos de una exposición protocolar o de una observación menor, el planteamiento del consejero tuvo el tono de una advertencia.

Lincheo pidió atención a sus colegas y remarcó que se trata de un tema “bastante importante para la región”, justamente porque —según sostuvo— muchas veces no se dimensiona el peso que tiene contar con infraestructura deportiva adecuada en una ciudad que, pese a su tamaño, a su tradición y a su enorme actividad formativa, sigue estando por debajo de otras comunas del norte y del país. El consejero relató que ha participado en diversas reuniones sobre el proyecto, algunas de ellas junto al gobernador regional, y aseguró que la iniciativa del estadio Hernán Villanueva se encuentra en una fase decisiva, aunque todavía atrapada en el proceso de adjudicación del RS, el requisito técnico que depende del Ministerio de Desarrollo Social y Familia. Fue justamente en ese punto donde instaló su crítica más dura, al sostener que percibe una “negación” hacia el proyecto y que buena parte de las observaciones formuladas carecen de sentido práctico o de comprensión real sobre las necesidades deportivas de la región.

En su exposición, Lincheo situó el problema en cifras que, más allá de las diferencias técnicas que puedan existir sobre los proyectos, permiten dimensionar la magnitud del debate. Según indicó, el estadio Hernán Villanueva tendría un valor cercano a los 10 millones de dólares y beneficiaría semanalmente a entre 3 mil y 4 mil deportistas. En contraste, recordó que en el Tamarugal se aprobó una iniciativa del orden de los 16 millones de dólares para cerca de 300 niños.

La comparación, planteada de manera directa, buscó poner en evidencia lo que él considera una evidente desproporción en las prioridades y en la evaluación de impacto de las inversiones. Su mensaje apuntó a algo más profundo que una diferencia presupuestaria. Lo que expresó fue una molestia acumulada frente a una estructura de evaluación que, desde su mirada, no entiende la urgencia ni la escala de la demanda deportiva de Iquique.

En concreto, criticó una observación que, según leyó durante la sesión, señalaba que en vez de avanzar con una nueva infraestructura sería más conveniente conservar las tres canchas de la AFI y aumentar la frecuencia de uso del estadio Tierra de Campeones. Para Lincheo, esa propuesta demuestra una completa desconexión con la realidad del deporte local. El consejero fue particularmente severo al afirmar que quienes emiten ese tipo de observaciones “no tienen idea de deporte”, insistiendo en que cuando se trata de este ámbito deben intervenir especialistas capaces de proyectar necesidades, uso social, masificación y desarrollo de largo plazo.

La crítica no fue sólo técnica. También tuvo un fuerte componente político y cultural: la idea de que el deporte sigue siendo mirado desde oficinas centrales como un gasto o una demanda secundaria, y no como una política pública estratégica para niños, jóvenes, adultos y barrios completos. Para reforzar su punto, Lincheo recurrió a una comparación con Arica, ciudad que presentó como ejemplo del rezago que enfrenta Iquique.

Mencionó el estadio Carlos Dittborn, complejos deportivos, canchas sintéticas y recintos que, a su juicio, demuestran un estándar muy superior al que existe en Tarapacá. Incluso fue más allá y señaló que ha recorrido el país participando en campeonatos nacionales y que, desde su experiencia, Iquique sería una de las ciudades más pobres de Chile en infraestructura deportiva. La frase, dura y probablemente incómoda para varias autoridades, golpea precisamente por su carga simbólica: una ciudad con historia, actividad deportiva, tradición futbolera y potencial regional que, sin embargo, sigue sin contar con equipamiento acorde a su realidad.

La denuncia de fondo no se limita al caso del Hernán Villanueva. Lo que el consejero puso en evidencia es una sensación de estancamiento más amplia. Según expresó en la sesión, desde 2018 no se construye nada deportivo significativo en la zona, salvo el estadio Tierra de Campeones, recinto que si bien es emblemático, no satisface las necesidades del deporte amateur ni de disciplinas distintas al fútbol profesional.

Su crítica aquí también fue concreta: señaló que ese estadio está pensado principalmente para once jugadores profesionales, sus reservas y, en menor medida, algunos atletas, pero no constituye un espacio de uso masivo ni una respuesta estructural al déficit de canchas y recintos para la comunidad. Ese punto toca una fibra sensible en la región. Durante años, la discusión pública sobre deporte ha tendido a concentrarse en grandes obras visibles o en la relación emocional que la ciudadanía tiene con determinados estadios, pero mucho menos en la infraestructura barrial, amateur, escolar o formativa que es la que realmente permite expandir la práctica deportiva.

Lo que Lincheo vino a decir, en términos simples, es que Tarapacá no puede seguir conformándose con símbolos si no cuenta con espacios suficientes para que miles de personas hagan deporte de manera efectiva. También hubo en sus palabras una crítica abierta a la lógica de las observaciones técnicas que se siguen acumulando sobre el proyecto. Habló de cerca de 50 reparos, de los cuales —según su opinión— apenas unos cinco tendrían un peso razonable.

El resto, dijo, sólo entorpece. Utilizó incluso una expresión muy gráfica: “trancar la pelota”. En lenguaje futbolero, la metáfora no fue casual.

Para el consejero, lo que está ocurriendo no es una evaluación rigurosa que mejore el proyecto, sino una obstrucción que posterga y desgasta, obligando a los equipos regionales a entrar en una espiral de correcciones sin término claro. Ese desgaste, según relató, ya es visible en quienes han participado de las reuniones técnicas. Dijo ver en profesionales de la región, arquitectos y equipos vinculados al proyecto, una expresión repetida de frustración al salir de encuentros donde vuelven a aparecer nuevas observaciones.

En su planteamiento, la molestia ya no es sólo política; es también humana e institucional. Porque cuando una iniciativa estratégica se extiende indefinidamente entre exigencias, reparos y falta de resolución, lo que se transmite a la comunidad es una señal de abandono y de desgaste del aparato público frente a necesidades que llevan años esperando respuesta. Lincheo fue aún más lejos al anunciar que, si el primer semestre no muestra una solución concreta para el estadio Hernán Villanueva, está dispuesto a reunirse con autoridades superiores e incluso viajar a Santiago junto a dirigentes deportivos para presionar por el proyecto.

Su planteamiento tuvo un tono frontal, casi de ultimátum, al sostener que “somos hijos del rigor” y que, si desde la región no se logra destrabar la iniciativa, habrá que hacer ruido en la capital para que el tema se escuche donde realmente se toman ciertas decisiones. La dureza del mensaje no puede leerse sólo como una salida de tono. Refleja un malestar que existe hace tiempo entre dirigentes, clubes, deportistas y comunidades que ven cómo otras áreas logran avanzar con mayor rapidez mientras los proyectos deportivos suelen quedar atrapados en la última fila de las prioridades públicas.

En una región donde el deporte es también herramienta de integración, prevención social, formación infantil y sentido de pertenencia, el rezago en infraestructura no es un detalle secundario. Es una señal concreta de cómo se jerarquizan las urgencias. Desde una mirada periodística crítica, lo más delicado de esta intervención no es sólo la dureza con que un consejero regional se refiere a organismos técnicos o al proceso de evaluación.

Lo verdaderamente preocupante es lo que esa intervención deja al descubierto: que a esta altura ya existe una fractura evidente entre la expectativa de la región y la capacidad del sistema público para responder con oportunidad. Si una autoridad regional llega al punto de exponer públicamente su desconfianza en el avance del proyecto y de hablar derechamente de negatividad, lo que aflora no es sólo una diferencia administrativa. Lo que aflora es una crisis de credibilidad en torno a cómo se deciden las inversiones para el desarrollo regional.

Y ahí es donde la señal institucional se vuelve más compleja. Porque cuando representantes electos comienzan a plantear, en tono de denuncia, que la región está siendo frenada desde instancias superiores, el debate ya no es meramente técnico. Se transforma en una disputa por la confianza pública.

La ciudadanía observa, escucha cifras, ve pasar años, oye hablar de observaciones, RS, etapas, revisiones, reuniones y oficios, pero en el territorio la realidad sigue siendo la misma: niños entrenando en espacios limitados, clubes sin canchas suficientes, deportistas adaptándose a una precariedad que ya se volvió costumbre. Lo que Francisco Lincheo expresó en el CORE interpela tanto a los organismos técnicos como al propio mundo político regional. Porque no basta con denunciar la pobreza en infraestructura deportiva si esa crítica no va acompañada de una presión constante, seria y bien articulada para revertirla.

La sesión dejó una frase fuerte, comparaciones incómodas y una sensación extendida de atraso, pero también instala una obligación para todas las autoridades que hoy participan del debate: demostrar con hechos que el deporte dejó de ser un tema ornamental y pasó a ser una prioridad concreta para la región. Tarapacá no puede seguir discutiendo eternamente si merece o no un mejor estándar en infraestructura deportiva. Esa discusión debió haberse zanjado hace años.

Lo que corresponde ahora es resolver con seriedad, celeridad y visión de futuro. Porque cada proyecto empantanado no sólo posterga cemento, graderías o canchas. También posterga oportunidades, aleja a niños de espacios seguros, debilita a los clubes y le dice a miles de familias que el deporte puede esperar.

Y esa, en una región que tanto habla de desarrollo, es una señal profundamente contradictoria. Finalmente, la intervención del consejero Lincheo podrá incomodar por su tono, pero sería un error reducirla a una simple arremetida política. Lo que dijo expone una vergüenza regional que por años se ha intentado normalizar: Tarapacá sigue atrás en infraestructura deportiva y lo sabe todo el mundo que recorre canchas, clubes y barrios.

Lo grave no es sólo que falten recintos. Lo grave es que, mientras se llenan escritorios de observaciones, la región sigue perdiendo tiempo, oportunidades y confianza en quienes deben empujar su desarrollo. Cuando el deporte se posterga una y otra vez, no sólo se frena una obra: se frena también una forma concreta de construir comunidad, salud, disciplina y futuro.

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