Inclusión en abril, exclusión el resto del año
Durante años hemos avanzado en visibilidad. Hoy el autismo ya no es invisible. Pero eso no significa que sea comprendido.
Y mucho menos que las personas autistas estén participando en igualdad de condiciones en los espacios que habitamos todos los días. Seguimos diseñando escuelas que abruman, universidades que exigen sin preguntar, trabajos que esperan adaptación unilateral. Seguimos entendiendo el apoyo como algo que se entrega desde fuera, en lugar de preguntarnos cómo transformar los entornos para que no excluyan.
El problema no es solo la falta de recursos. Es más profundo. Tiene que ver con cómo entendemos la diferencia.
Muchas veces hablamos de inclusión, pero en la práctica seguimos esperando que las personas autistas se acerquen lo máximo posible a una norma que nunca fue pensada para ellas. Se valora el esfuerzo por “encajar”, pero rara vez se cuestiona el molde. Y ahí es donde algo no cuadra.
Porque no se trata solo de estar, sino de poder decidir cómo estar. De poder participar sin pagar el costo de la sobrecarga, del enmascaramiento constante, del desgaste invisible que implica mantener una presencia que no siempre es reconocida. Las personas autistas no necesitan más discursos sobre empatía.
Necesitan entornos que escuchen de verdad. Que permitan otras formas de comunicación, otros ritmos, otras maneras de habitar lo cotidiano. Eso implica ceder control.
Implica diseñar con, no para. Implica aceptar que no hay una única forma válida de aprender, trabajar o vincularse. Y sí, es más difícil.
Pero también es más honesto. Quizás este mes no se trate de gestos simbólicos, sino de mirar de frente nuestras propias prácticas. De preguntarnos cuántas decisiones seguimos tomando sin considerar a quienes decimos incluir.
Porque la inclusión no se declara. Se construye. Y a veces, lo primero que hay que hacer es dejar de decidir por otros.
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