Ilegítima violencia y legítimo descontento: cuando la rabia encuentra caminos peligrosos
A propósito de lo sucedido a la ministra de las Ciencias en Valdivia. La violencia política no puede justificarse. No hay causa que la vuelva legítima ni proyecto que la haga deseable.
Cuando la violencia se instala como método, lo que termina debilitándose es la democracia misma, porque reemplaza el diálogo por la imposición. Pero condenarla no puede significar negarse a entender de dónde nace. Porque cuando no se comprende el origen, lo único que se hace es administrar sus consecuencias.
Lee también... Directorio UACh ofrece disculpas a ministra Lincolao y respalda medidas que se adopten tras agresión Jueves 09 Abril, 2026 | 17:11 Partamos de una premisa incómoda: la libertad sin respeto es una promesa vacía. Y donde esa promesa se rompe de manera sistemática, lo que emerge no es solo frustración, sino una rabia profunda, persistente, acumulativa.
Esa rabia no aparece de la nada. Se construye cuando hay sectores de la sociedad a los que, en la práctica, se les niega la posibilidad de expresarse, de ser escuchados, de incidir. Lo advertía Ana Tijoux en su canción “Mi verdad”: cuando la identidad es invisibilizada y el respeto es vulnerado, lo único que queda es aferrarse a una verdad propia frente a un entorno que no reconoce.
Esa tensión, cuando se vuelve estructural, no desaparece; se transforma en rabia y la rabia, en violencia. El problema surge cuando el sistema político y social comienza a cerrar sus canales. Cuando la protesta se criminaliza antes de ser escuchada.
Cuando la desigualdad se normaliza. Cuando la respuesta del Estado frente al malestar es, principalmente, el control y la represión. En ese escenario, no todos reaccionan igual, pero algunos terminan cruzando una línea que nunca debió cruzarse: la de la violencia.
Y ahí es donde debemos ser claros: Entender no es justificar. Comprender que la violencia puede tener un origen en la exclusión o en la falta de respeto no la vuelve aceptable. Pero ignorar esas causas sí la vuelve inevitable.
Una sociedad que solo responde con fuerza ante el conflicto, sin abrir espacios reales de participación, va acumulando presión hasta que ésta encuentra una salida, muchas veces destructiva. La historia —en Chile y en el mundo— muestra que cuando las personas sienten que no tienen nada que perder, que su voz no importa, que su respeto ha sido sistemáticamente vulnerado, algunos optan por formas de expresión extremas. No porque la violencia sea su primera opción, sino porque perciben que todas las demás les fueron cerradas.
Lee también... Justicieros y narcisos: la indignación no era el motor, era el disfraz Viernes 10 Abril, 2026 | 13:01 Por eso, el desafío no es solo condenar la violencia política —que debe hacerse siempre y sin ambigüedades—, sino también evitar que las condiciones que la incuban sigan reproduciéndose. Eso implica fortalecer la democracia en su dimensión más real: garantizar canales de expresión efectivos, reducir las brechas de desigualdad y asegurar que el respeto no sea un privilegio, sino un piso mínimo.
Una democracia sólida no es la que nunca enfrenta conflictos, sino la que es capaz de procesarlos sin que deriven en violencia. Y eso solo es posible cuando las personas sienten que son parte, que su voz tiene peso, que su respeto es resguardado. Porque cuando el respeto falta y la expresión se bloquea, la libertad se vacía…Y cuando la libertad se vacía, la rabia encuentra caminos peligrosos.
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