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Habermas y el último argumento de la democracia liberal
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00:48 · Chile

Habermas y el último argumento de la democracia liberal

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La muerte de Jürgen Habermas (1929—2026), ocurrida este 14 de marzo a los 96 años, no es solo la desaparición de un gran filósofo. Es también la despedida de una cierta idea de democracia liberal que va en decadencia: la convicción de que la democracia no se sostiene únicamente con elecciones, mercados y constituciones, sino con ciudadanos capaces de discutir en público, dar razones, escuchar objeciones y aceptar que nadie posee por sí solo el monopolio de la verdad. Habermas fue, quizá como nadie en el último medio siglo, el pensador de esa esperanza, y su partida puede ser leída como un símbolo del atardecer de dicha idea de cara ante al avance de las redes sociales cada vez más vociferantes y del iliberalismo de izquierda y derecha en el mundo.

Habermas dedicó su vida a defender la idea de que la política democrática no debe organizarse alrededor de la imposición, la manipulación o la pura aritmética del poder —como sostendría el pensador alemán Carl Schmitt, tan querido en la praxis política chilena de la última década—sino alrededor de la posibilidad de una voluntad común construida argumentativamente. En tiempos de pataletas digitales, funas, cancelaciones, polarización y populismo plebiscitario como el visto en las dos fallidas asambleas constituyentes, dicha defensa parece menos una teoría académica que una advertencia civilizatoria. Habermas perteneció a la generación que creció bajo la sombra del nazismo y que hizo de la autocrítica una obligación moral y política.

La trayectoria intelectual de Habermas estuvo marcada por la confrontación con el pasado alemán y por su intervención decisiva en los debates sobre la culpa, la memoria y la responsabilidad histórica. No fue un pensador obnubilado por la torre de marfil; fue un intelectual público en el sentido real del término: alguien que entendía que pensar era incidir en lo público. Su biografía personal importa, pues Habermas no defendió la deliberación porque creyera ingenuamente que los seres humanos son razonables por naturaleza.

La defendió porque sabía, por experiencia histórica, lo que ocurre cuando la política se escinde por completo de la justificación pública y se entrega a la ideología, a la propaganda o la obediencia tribal. Su obsesión por la comunicación racional no fue un lujo: fue una respuesta a la catástrofe europea del siglo XX. Por eso su gran tema fue siempre la legitimidad democrática: ¿Qué hace legítimo un orden político?

Para Habermas, no basta responder: la tradición, la identidad nacional, la voluntad del líder o incluso la mayoría circunstancial. Una norma es legítima cuando podría ser aceptada por todos los afectados en condiciones libres e iguales de discusión racional. Esto es una variante de lo que se conoce en filosofía como el “liberalismo de razón pública”, avanzando por pensadores como Rawls y Gaus.

Dicha formulación puede parecer exigente, incluso utópica o imposible. Pero allí reside su importancia pragmática: Habermas elevó el estándar moral de la democracia respecto al cual deberíamos tratar de acércanos. Nos dijo que votar no es suficiente si antes no existen condiciones para debatir sin funas, sin exclusión o cancelación y sin mentira estructural promovida por intereses políticos.

Su defensa de la esfera pública fue igualmente decisiva. Mucho antes de las redes sociales, Habermas entendió que la democracia dependía de espacios intermedios entre el Estado y la vida privada: periódicos, asociaciones civiles, universidades, sindicatos, foros cívicos, conversaciones públicas donde la opinión pudiera formarse sin quedar completamente colonizada por el dinero, la tecnocracia o el poder administrativo. Hoy, cuando la conversación pública parece secuestrada por algoritmos que premian el escándalo, la simplificación y la furia de los paladines de la moral y la verdad, su diagnóstico resulta casi profético.

No basta con que todos puedan hablar o gritar en un tweet; sino que importa bajo qué condiciones hablan, quién organiza la visibilidad y qué incentivos deforman la discusión. Por estos motivos Habermas fue tan importante para el liberalismo, aunque también fuera uno de sus críticos más lúcidos. Este le recordó al liberalismo que los derechos individuales son irrenunciables, pero que no se sostienen solos.

Las libertades necesitan un mundo común y un dialogo pausado que las haga efectivas: educación, reconocimiento recíproco, instituciones confiables, prensa libre, una cultura política no cínica, todos elementos que hoy parece ser atacados por los enemigos del liberalismo desde el lado de la izquierda más radical y de la derecha más cavernaria. El individuo liberal no nace en el vacío; se forma en prácticas sociales y comunicativas basadas en el respeto mutuo. Sin esfera pública, sin ciudadanía activa y sin condiciones materiales mínimas, la libertad corre el riesgo de volverse puramente formal o, peor, de deteriorar en guerras intestinas donde solo se busca imponer la voluntad al “enemigo político” (mucho de esto hubo desde el 2019 en Chile).

De esta forma, Habermas fue un antídoto contra ciertas tentaciones antiliberales muy presentes en los jóvenes estudiantiles que hace poco gobernaban el país. Este nunca confundió democracia con aclamación y nunca creyó que “el pueblo” pudiera expresarse de forma pura, inmediata en la calle y sin mediaciones institucionales o formales. Desconfiaba, con razón, de la retórica que desprecia tribunales, parlamentos, procedimientos y garantías en nombre de una supuesta autenticidad popular.

Entonces, Habermas habría estado horrorizado por todo lo acontecido en el turbulento y delirante período que sufrió Chile entre el 2019-2022. Su enseñanza aquí sigue siendo central: no hay soberanía popular digna de ese nombre sin derechos fundamentales y de procedimientos formales, y no hay derechos fundamentales plenamente legítimos si no pueden verse como producto de una voluntad democrática orientada de forma racional. En síntesis, con su muerte termina algo más que una obra.

Termina la presencia física de un tipo de intelectual que hoy escasea: uno capaz de combinar rigor teórico, responsabilidad histórica y coraje cívico. Habermas no fue infalible y su trabajo está lleno de tensiones y problemas, y algunas de sus intervenciones provocaron fuertes controversias. Pero incluso allí dejó una lección: la democracia madura no se define por unanimidades cómodas o por aplausos vacíos, sino por desacuerdos tramitados con argumentos racionales y por la deliberación entre polos opuestos, en vez de por el buenismo moralizante o la obsesión de constatar pureza a tu bando.

Tal vez esa sea su herencia final y su gran mensaje para la izquierda saliente y la derecha entrante en el poder: en una época que sospecha de la razón, de la deliberación, del dialogo y de los argumentos ponderados, Habermas insistió en salvar no la razón dominadora, sino la razón compartida. No la razón que manda y grita más fuerte en las protestas o en las redes sociales, no la que aplasta diferencias, sino la que permite convivir con ellas sin renunciar a la verdad ni a la justicia. El mundo pierde a uno de sus últimos grandes filósofos, pero sus preguntas siguen intactas: ¿queremos una política hecha de fuerza, o una política digna de ser discutida por ciudadanos ponderados?

¿queremos cancelar y funar a los que piensan distinto o queremos convencerlos con argumentos coherentes y con evidencia? Sobre dichas preguntas, después de Habermas, todavía nos jugamos casi todo.

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