Gracias a las células senescentes: el proceso que ayuda a reparar tejidos, pero acelera el envejecimiento biológico
¿Cuántos años tiene realmente tiene nuestro cuerpo? La respuesta puede sorprender porque no siempre coincide con lo que dice la cédula de identidad. Entender esa brecha es, hoy, uno de los grandes desafíos de la biomedicina moderna.
La edad se puede medir de dos formas. La edad cronológica es la que conocemos todos: los años transcurridos desde el nacimiento. Pero existe otra más reveladora.
Se trata de la edad biológica, que refleja el estado real de los tejidos y órganos. Es decir, una persona de 40 años puede tener el cuerpo de alguien de 50, o viceversa. Y esa diferencia, lejos de ser un dato curioso, tiene consecuencias concretas para la salud.
¿Qué son las células senescentes? Cuando una célula sufre daño en su ADN tiene varias opciones: repararse, morir o entrar en un estado conocido como senescencia. En este último caso, la célula “se da cuenta” de su deterioro y toma una decisión de protección.
De esta forma, deja de reproducirse y lanza señales de alerta al sistema inmune para que acuda a eliminarla. Es, en esencia, un mecanismo de seguridad que impide que células dañadas se conviertan en tumores. Rodrigo Maldonado, investigador del Centro de Investigación en Biomedicina de la Universidad Finis Terrae, explica que “estas células están en nuestro cuerpo durante todo nuestro desarrollo embrionario y están en todos nuestros tejidos“.
Sin embargo, apunta que “el problema es que a medida que envejecemos empiezan a acumularse de manera negativa. Cuando somos jóvenes, aparecen, llaman al sistema inmune y el sistema inmune las elimina. Pero este sistema de eliminación empieza a fallar, y se han asociado con enfermedades relacionadas al envejecimiento“.
En otras palabras, lo que en la juventud es una respuesta eficiente y temporal, con los años se convierte en una acumulación crónica que inflama tejidos y acelera el deterioro del organismo. “Cumplen funciones vitales” Uno de los experimentos que marcó un punto de inflexión en este campo fue el uso de compuestos llamados senolíticos, diseñados para eliminar selectivamente las células senescentes. “Cuando se eliminaban estas células, los ratones vivían mejor.
No desarrollaban cataratas, no se encorvaban, no perdían el pelo. Vivían un 24% más, y además no desarrollaban cáncer“, recuerda Maldonado. “Eso fue un gran hito que hizo que la gente empezara a estudiar más este mecanismo”.
Sin embargo, el investigador advierte que no se trata de eliminar estas células a toda costa. Las células senescentes también cumplen funciones vitales, como participar en la cicatrización de heridas. “Si tú las eliminas, los ratones tienen problemas para cicatrizar.
Siempre es un balance: cómo hacer algo específico sin eliminar también las funciones positivas”. Medir la edad biológica: los relojes epigenéticos Para estimar la edad biológica de una persona, los investigadores utilizan herramientas conocidas como relojes epigenéticos. Se trata de marcadores que se acumulan en los genes a lo largo de la vida y que permiten calcular cuánto ha envejecido el organismo más allá de los años vividos.
Factores como la obesidad, la diabetes o el sedentarismo suelen estar asociados a un envejecimiento biológico acelerado. El desafío, apunta Maldonado, es que estas herramientas aún no son lo suficientemente precisas ni accesibles para uso clínico generalizado. “Parte de lo que quiero hacer es justamente medirlo, porque todavía no contamos con herramientas adecuadas que permitan evaluar estos procesos de manera precisa”.
Hasta ahora, el trabajo de Maldonado se ha desarrollado en modelos de laboratorio —cultivos celulares in vitro— que permiten estudiar el comportamiento de las células senescentes en condiciones controladas. El siguiente paso natural es salir del laboratorio y acercarse a la realidad clínica: trabajar directamente con muestras de pacientes para medir marcadores de senescencia en sangre. “Me gustaría ver cómo todo esto se puede llevar a un modelo humano y determinar cuál es el efecto real en las personas.
Parte de lo que quiero hacer es justamente medirlo”, señala el investigador. Para eso, explica, hacen falta herramientas más precisas y accesibles que permitan detectar estas células en el organismo de forma confiable, algo que hoy todavía representa un desafío técnico importante en el campo.
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