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Gitanos: No son plaga son una cultura que nos ha dado grandes exponentes
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21:00 · Chile

Gitanos: No son plaga son una cultura que nos ha dado grandes exponentes

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Por estos días una polémica volvió a recordarnos que el prejuicio aún sobrevive con inquietante facilidad en el debate público chileno. La concejala de Chillán Catalina Sandoval, militante del Partido Republicano, calificó a la comunidad gitana como “una plaga” durante una sesión del concejo municipal, llegando incluso a mencionar que “no se pueden exterminar”. Posteriormente ofreció disculpas públicas, señalando que sus palabras “no fueron adecuadas”.

Las disculpas son necesarias, pero el episodio obliga a algo más profundo: recordar quiénes son realmente los gitanos y cuál ha sido su aporte al mundo. Porque cuando la política se deja llevar por el prejuicio, suele olvidar que detrás de una cultura hay historia, talento y humanidad. Una cultura que ha dado artistas universales Si alguien duda del aporte de la cultura gitana, basta mirar la historia de la música popular.

Uno de los mayores íconos de América Latina fue Sandro de América, el cantante argentino que llenó el Madison Square Garden y cuya voz marcó generaciones enteras. Sandro, Roberto Sánchez, tenía ascendencia gitana y se convirtió en un símbolo continental. La lista es larga.

Está el revolucionario guitarrista Django Reinhardt, creador del llamado jazz manouche; el incomparable Paco de Lucía, que transformó el flamenco en música universal; o la cantante macedonia Esma Redžepova, conocida como “la reina de los gitanos”, embajadora cultural del pueblo romaní. Incluso en el fútbol contemporáneo encontramos referentes como Ricardo Quaresma, campeón de la UEFA Euro 2016 con Portugal, quien ha reivindicado públicamente su origen gitano. El caso chileno: una cultura que también ha fascinado al país Chile tampoco es ajeno a la presencia cultural gitana.

Quizás uno de los ejemplos más recordados es la teleserie Romané, emitida por Televisión Nacional de Chile en el año 2000. Ambientada en el norte del país, la historia de Jovanka y el clan de Melquíades logró cautivar a millones de espectadores y se convirtió en una de las producciones más exitosas de la televisión chilena. Más que una ficción romántica, Romané permitió a gran parte del país asomarse por primera vez a la cultura, los códigos familiares y las tradiciones del pueblo gitano.

Aquella teleserie mostró algo que el prejuicio suele ocultar: detrás de la carpa, la música y el colorido de sus tradiciones existe una cultura con reglas propias, sentido de comunidad y una identidad profundamente arraigada. Un pueblo que conoce demasiado bien la persecución Los gitanos —o pueblo rom— llevan más de mil años de historia en Europa y América. Durante siglos fueron perseguidos, expulsados y discriminados.

En el siglo XX incluso fueron víctimas del genocidio nazi, un episodio que recién en las últimas décadas comenzó a ser reconocido en su verdadera dimensión. Por eso las palabras importan. Cuando un representante público habla de una comunidad como “plaga”, no solo se equivoca en lo político: reactiva una memoria histórica de persecución que el mundo democrático debería haber superado hace mucho tiempo.

Chile y el desafío de convivir con la diversidad Chile no es ajeno a la presencia gitana. Aunque su número es reducido —se estima entre diez y veinte mil personas— forman parte de la diversidad cultural del país desde hace más de un siglo. Como cualquier comunidad, tienen problemas, tensiones y conflictos, pero también tradiciones, redes familiares y un fuerte sentido de identidad.

El desafío de la política no es caricaturizar comunidades, sino construir convivencia. Porque el prejuicio es fácil. Gobernar con respeto, en cambio, exige cultura, historia y humanidad.

Quizás por eso conviene recordar que mientras algunos los llaman “plaga”, el mundo ha aplaudido a gitanos que han cambiado la música, el arte y el deporte. Desde Sandro hasta Paco de Lucía, desde Django Reinhardt hasta Esma Redžepova, desde Quaresma hasta tantos otros. La historia suele ser irónica: muchas veces quienes son discriminados terminan siendo los que más enriquecen la cultura de la humanidad.

Y tal vez ese sea el verdadero aprendizaje de esta polémica. En política, como en la vida, las palabras deberían estar siempre a la altura de la dignidad humana.

FIN DE LA ALERTA