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Gaby Hernández: “No soy un ejemplo de fortaleza física, pero sí de fuerza interior”
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16:24 · Chile

Gaby Hernández: “No soy un ejemplo de fortaleza física, pero sí de fuerza interior”

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Cuatro días antes de estrenar Becky Shaw se cayó. “Estaba en ensayo y las plataformas eran negras, no vi la diferencia entre la plataforma y el suelo y me caí. Azoté la cabeza.

Ahora estoy pintada como mona, pero abajo todavía están los moretones y me fregué el pie”, dice sentada en el sillón de su departamento, mientras acerca su rostro y sonríe. La decoración es como ella: colorida, libre y original. - ¿Se asustó con el porrazo?

- Mmm. Me asusté de no poder hacer el estreno. Enseguida me llevaron a urgencias a hacerme un escáner porque tenía la cara morada, el ojo, todo.

Pero fíjate que yo en las grandes cosas no me pongo tiritona. En las pequeñas soy más bien tonta, pero en las cosas importantes reacciono súper bien. Lo único que quería era seguir en la obra.

Dos días antes del estreno fuimos al mejor especialista de pie -todo lo pagó el teatro porque fue accidente laboral- y lo convencí de que podía. “¿Cómo se siente? ” “Estupendo”.

“¿Le duele? ” “Para nada”. (Ríe)El 18 de marzo se estrenó Becky Shaw, con Gaby sobre el escenario del Teatro Zoco luciendo su bota ortopédica.

Como su personaje, Suzanna, es una mujer que padece cierta condición médica que la hace usar bastón, sumar el pie malo, no fue problema. La obra, escrita por la dramaturga y guionista estadounidense Gina Gionfriddo, es una comedia negra que arranca a partir de una cita a ciegas tras la cual se desencadenan situaciones inusitadas. El montaje chileno está dirigido por Héctor Morales y también actúan Max Salgado, Francisco Reyes Cristi, Victoria de Gregorio y Adriana Stuven.

“Me gusta mucho el elenco. Es gente talentosa, amable, empática. Estoy feliz.

Y Becky Shaw es muy inteligente y entretenida, bastante profunda porque plantea cómo uno puede traspasar límites en cuanto a las relaciones familiares y la amistad. Durante la obra no vuela una mosca, no hay toses, nadie se revuelca en su asiento. Se siente la atención y luego el aplauso final te confirma que al público le gustó mucho.

El humor inteligente te deja pensando”, afirma la actriz, siempre sonriente. - Usted interpreta a una madre algo cruel, ¿le costó ese papel? - Suzanna es una mujer dura, pero tiene sus razones para serlo.

Y tiene un humor muy ácido que yo suelo tener también. Así que pregúntale a mi hija. Apunta a María José Montero Hernández.

La ilustradora aludida se asoma desde el espacio contiguo. Está acompañando a su madre e incluso le compró unas flores para adornar el living. “Cuando vi la obra pensé ‘hay cosas que me resuenan’, sí”, admite María José riendo.

Ambas aseguran que son parecidas en ese aspecto. No endulzan. Prefieren decir las cosas “al pan, pan, y al vino, vino”.

Comparten también el humor negro. La actriz comenta: “Leí el personaje y dije: ‘es para mí’. Me sentí identificada y quise hacer algo distinto.

Es un personaje corto, pero importante”. Los últimos años no ha parado de hacer teatro. Con Viejas de mierda van para el séptimo año, han realizado más de 400 funciones desde Arica a Punta Arenas y la han visto más de 380 mil personas.

Hernández junto a Gloria Munchmeyer y Gloria Benavides interpretan a tres amigas octogenarias que recorren sus vidas con humor. Escrita por Magdalena Max Neef y Rodrigo Bastidas, y dirigida por el segundo, la obra es un hit. “Se llenan los teatros, incluso espacios enormes como el Teatro del Biobío, y la gente se mata de la risa.

Es bien transversal, de amplio espectro social. Incluso ahora va mucha gente joven a verla”, dice Gaby. En junio comienza otra temporada con una nueva gira por el país.

En Santiago la darán en la Sala Ceina. “Cuando pasamos un tiempo sin hacerla y nos volvemos a juntar para repasarla, todavía nos reímos. Después de cientos de funciones.

Y se nos ocurren tonteras para ir sintonizando con la actualidad”. “Siempre choca la libertad del otro”En una tecla muy distinta, en 2022 la actriz estrenó el monólogo Molly Bloom como parte de la programación del Festival Teatro a Mil. Basado en el último de los capítulos de Ulises, de James Joyce, el relato que habla de amor e infidelidad dirigido por el belga Jan Lauwers ha sido aclamado por la crítica y ha tenido varios reestrenos en el Teatro UC.

“Si tuviera que elegir el personaje de mi vida, es Molly Bloom”, asegura Gaby. Era adolescente, cuenta, cuando leyó Ulises junto a su gran amiga de colegio, la bióloga Adriana Hoffmann. “Nos fascinó, buscábamos fotos de James Joyce.

A los 17 me enamoré del personaje y a los 83 me tocó interpretarlo”, dice. “Fue muy emocionante. Carmen Romero le mandó al director, que es una eminencia mundial, tres videos de actrices para el personaje y me eligió a mí, un honor”, dice.

Cuenta que cuando Jan Lauwers vino a Chile a estrenar la obra, también viajó la actriz belga Viviane De Muynck, quien interpreta el personaje en la versión original, a dar algunas funciones. “Ella es una gran actriz y una mujer inmensa. En una parte de la obra hay que mostrar un seno en escena, y bueno, el de ella era una cosa impresionante y cuando me tocó a mí, no había mucho.

(Ríe). Pero igual a mí eso no me importa. El desnudo lo encuentro bonito”.

Gaby Hernández nunca ha sido una mujer tradicional. Nació en 1939 en Valdivia y cuenta siempre que fue educada con libertad y curiosidad, en un entorno familiar atípico para su época. Tampoco fue una madre convencional, dice ella misma.

Hace poco contó en televisión que su hija fue concebida durante una tormenta de arena en el desierto, mientras viajaba junto a su exmarido, el antropólogo uruguayo José María Montero, por el norte de África. “Tal cual, la María José pone en su descripción de Instagram: ‘Nací gracias a una tormenta de arena’. Para el parto no teníamos dinero, así que fue a pelo.

Me compré un libro de parto sin dolor y le hice caso en todo”. También compartió en un podcast que, con el padre de su hija, habían mantenido una relación abierta. Esa parte de la entrevista se viralizó y causó múltiples reacciones.

- ¿Le sorprende que todavía sea tema? - No me sorprende. En mi caso nos juntamos dos personas que pensábamos muy igual en todo y fuimos muy felices.

Nos separamos después de 17 años, que para mí era un récord. Pero aquí siempre choca la libertad del otro. - ¿Y cómo es como abuela?

- No milito como abuela, nos vemos muy poco, pero nos queremos mucho. Mi nieto tiene 18 años, está estudiando psicología. Yo lo encuentro muy encantador, maduro, serio para su edad.

Ama la música clásica igual que yo. Ama el jazz, igual que yo. Sin que lo haya influenciado en nada porque lo veo como cinco veces al año, pero tenemos muchas cosas en común.

“Me entretengo conmigo”Viene de una familia longeva. Es la menor de tres hermanas mujeres, las mayores son Nieves, una las primeras médicos fisiatras de Chile, y Naldy, también actriz. Ambas por sobre los 90 años y su cuñado, el doctor Osvaldo Olivares, tiene 107.

“Maite Alberdi hizo un documental sobre gente mayor de 100 años y mi cuñado era el chiche, el mayor, el más liberal, el más genial”. - Se ha convertido en un icono de la longevidad, ¿qué le pasa con eso? - Es gratuito.

Nací con un solo riñón, he pasado las de Quico y Caco con los huesos porque tengo osteoporosis. No soy un ejemplo de fortaleza física, pero sí de fuerza interior. Eso es lo que me salva.

- ¿No le pesa que se espere de usted la eterna juventud? Es hasta rostro de multitienda. - Me gusta.

Es que le tengo mucha simpatía a la gente, el público mayor que va a ver las obras, me abraza y me besa. Me gusta sentir su cariño. Últimamente se me acercan mucho, incluso aquí en este barrio pituco, ¡parece que después de Pituca sin lucas he subido de pelo!

(ríe). ¡No tengo filtros! - ¿Se sigue poniendo nerviosa antes de salir a escena?

- Llevo haciendo teatro desde los 20 años, tengo 87, entonces son 67 años. Y fíjate que últimamente me pongo nerviosa porque la memoria ya no es la misma. Tengo que estar muy concentrada para no olvidarme de los textos, a veces quiero decir una palabra y sale otra, un sinónimo que no es exactamente lo que quiero decir.

Mi mente como que juega conmigo. Pero cuando me aprendo bien las cosas ya no se me olvidan. - ¿Alguna vez le pasó tener un bloqueo en escena?

- Bloqueo, no. Pero sí trastabillar. Es que yo tengo torus palatino, es un hueso en la mitad del paladar, imagínate tener un cuesco de ciruela ahí.

Entonces debo tener mucho cuidado con la dicción. - ¿Y todavía le gusta hacer televisión? - Me encanta, pero me cuesta más.

El último personaje que hice no estuvo mal, pero me hubiera gustado estar mejor. Pero me encanta hacer televisión. Ojalá me llamen de nuevo.

Me gustaría hacer cine y no he hecho más que unos papelines. Ya no me tocó. - Uno nunca sabe.

- Ojalá. En teatro voy a elegir papeles cortos pero importantes. Si no me paso todo el día estudiando.

Repito el texto mientras estoy lavando los platos y después no me puedo quedar dormida. Es demasiado. La vida social se pierde un poco cuando tengo que trabajar mucho, antes podía combinar perfectamente.

Y me gusta sociabilizar, aunque también me gusta estar sola. En realidad, me entretengo conmigo (ríe).

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