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Exposición "El hallazgo de un genio" y el patrimonio gráfico que Chile casi pierde
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10:23 · Chile

Exposición "El hallazgo de un genio" y el patrimonio gráfico que Chile casi pierde

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Por Samuel Toro Contreras Eso es lo que estuvo a punto de ocurrir con la obra completa de Alfredo Adduard, Premio Nacional de Periodismo, mención dibujo, 1965. Adduard fue portadista de “El Peneca”, “El Cabrito” y “Aladino”. E ilustrador de la Editorial Atlántida en Buenos Aires en los mismos años en que Argentina era considerada una de las vanguardias mundiales del nominado “noveno arte”.

Más de 130 dibujos originales -junto a más de mil archivos de publicaciones rastreados en Chile y Argentina- estuvieron guardados durante más de medio siglo en la bodega de una familia vecina del artista en el barrio Yungay, donde Adduard vivió hasta su muerte en 1969. La exposición “Alfredo Adduard, el hallazgo de un genio”, en la Corporación Cultural de Las Condes, muestra como curadores (Cristián Maturana y Leopoldo Muñoz), de La Factoría del Cómic, hicieron el trabajo que las instituciones culturales públicas no consideraron: rastrear, recuperando, sistematizando, identificando y exhibiendo un corpus que estaba literalmente a punto de desaparecer con la bodega que lo contenía. Revista Aladino, número 60, 1950 El documento como imagen y la imagen como documento Algo importante de mencionar sobre Adduard es que su obra no es solo patrimonio de los investigadores/as del cómic.

Es patrimonio “histórico” en un sentido exigente. Las portadas de “El Peneca” y “El Cabrito”, que Adduard produjo entre los años cuarenta y cincuenta, pueden verse, en primera instancia, como obras de ilustración infantil. Pero, también, como documentos de una cultura visual que atravesó transversalmente la sociedad chilena de la primera mitad del siglo XX.

Revistas como “El Peneca” fueron parte de un contexto fundamental para la ilustración infantil desde los años treinta, impulsando lo que se conocería como la época de oro de la ilustración chilena. Quienes vean las portadas -con sus niños rollizos, sus paletas cromáticas de época, sus composiciones que mezclan influencia art déco con una gestualidad expresiva de raíz local- miran una “pieza estética” y un documento sociológico. A través de la caricaturización, se nos muestra cómo una sociedad imaginaba a su infancia, qué valores proyectaba sobre ella, cómo concebía el color, el cuerpo, el juego y la aventura en un período de expansión del alfabetismo y la prensa masiva.

Revista Don Fausto, número 2066, 1964 En esto, existe una dimensión que los estudios de la imagen han estado explorado de forma creciente en las últimas décadas, poniendo en discusión la idea de que la ilustración editorial no es un “arte menor” ni siempre un arte aplicado, sino un “régimen visual” con sus propias reglas de producción de sentido, sus propios sistemas de referencia y sus propias formas de inscribir la memoria colectiva. Algo que, en casi todo el siglo XX, en Chile no era considerado como un “real estudio”, a pesar de que a inicios del mismo siglo, con el advenimiento del periodismo moderno, la historieta y la ilustración editorial encontraron un lugar destacado en revistas que constituyeron el paisaje cultural chileno de varias generaciones, pero consideradas como “ilustración pasiva”. En este contexto, Adduard fue uno de los trabajadores más prolíficos y, paradójicamente, uno de los menos estudiados hasta hoy.

Jeannine Roger, 28 de agosto de 1955 La vida como material en un médico truncado, a ilustrador de vanguardia La biografía de Adduard tiene la estructura de una novela de formación con cambios inesperados. A mediados de los años veinte, siendo estudiante de medicina, trabajaba como caricaturista en “Los Tiempos”, diario que circuló en Santiago entre 1922 y 1934. Abandonó la medicina -o, como lo mencionó el dibujante Délano (Coke), “se perdió un doctor y se ganó un dibujante”– y pasó a integrarse a la editorial Zig-Zag, donde desarrollaría la mayor parte de su carrera.

Lo notable de Adduard no fue solo sus más de cuatro décadas de trabajo ininterrumpido. También lo fueron sus alcances, colaborando en revistas como Topaze, Mamita, El Peneca, Aladino, El Cabrito y Don Fausto. Además, trabajó en publicaciones argentinas de la Editorial Atlántida.

En esos tiempos, cruzar la frontera con obra propia y ser reconocido por los pares bonaerenses tenía una importante significancia. Argentina tenía, entonces, algunos de los mejores ilustradores del planeta. Revista El Cabrito, sexto aniversario Lo que la exposición permite ver, por primera vez, en más de medio siglo, es el crecimiento interno y formal del artista.

Nos muestra cómo su línea se fue haciendo más suelta, su manejo del color aumentaba el riesgo, su capacidad de síntesis formal -característica de los grandes portadistas- logró una ingente versatilidad. Los llamados “dibujos mágicos”, producidos para el suplemento cultural del diario La Nación entre los años cincuenta y sesenta, son un buen ejemplo de esto. Eran piezas en blanco y negro que se convierten en color bajo cierta luz a través de una paleta-guía de colores en témpera para la orientación de los impresores, “inspira” a los curadores a generar una experiencia plástica con cajas de luz donde cada visitante expone el color de acuerdo a sus propios tiempos, o deseos, temporales.

Esta técnica instructiva del artista, los curadores la describen como única en la historia de la ilustración nacional. Los fantasmas del crimen, 8 de agosto de 1954, La Nación Desplazamiento económico Nuestro artista, sus composiciones de portada –la manera en que organiza el espacio visual, la tensión que establece entre figura y fondo, el uso del color como vector emocional, y no como descripción realista– nos muestran (más allá de una época de estudio) un dominio del oficio, lo cual es, en grandes rasgos, la capacidad de construir una imagen que se percibe de un “solo golpe visual”, que in-forma antes de ser descifrada. Los ilustradores de rigor y talento comparten -en muchas ocasiones-, con los “grandes” pintores, la economía de medios.

Adduard, como demuestra esta exposición, (excelentemente escogida y museografiada por los curadores) la tenía, con esa técnica de achurado “clásico de un período extenso del comic” que nos recuerda a los resultados de la xilografía. A la muerte de Coré, en 1950, fue Adduard quien se hizo cargo de las portadas de “El Peneca”, el cargo más exigente de la ilustración infantil chilena de ese período. No fue por un reemplazo de emergencia, sino porque tenía el nivel para hacerlo.

Que esa trayectoria haya permanecido en una bodega por más de cincuenta años no es, para nada, un indicio cualitativo sobre su importancia. Pero si nos dice mucho sobre cómo Chile gestiona -o no gestiona- su patrimonio cultural cuando éste no tiene herederos que lo hagan. Revista Aladino, número 86 El hallazgo como urgencia La exposición de la Corporación Cultural de Las Condes, gracias a Leopoldo Muñoz y Cristián Maturana, es una forma de develamiento donde el patrimonio gráfico chileno del siglo XX continúa siendo un espacio temporal con muchas importancias no exploradas.

Y que esta exploración depende, con frecuencia, de la iniciativa privada de coleccionistas y curadores antes que de políticas institucionales de resguardo histórico (me duele mencionarlo). Maturana y Muñoz hicieron lo que una Biblioteca Nacional, con más recursos y urgencia patrimonial, debería haber hecho décadas atrás. El mérito es suyo, ya que la ilustración, hoy, “supera” los principios etimológicos ocupados en el período de “Las Luces”.

La pregunta, pesada e incómoda es, ¿cuántos otros Adduard siguen en bodegas anónimas esperando que alguien llegue a la puerta correcta antes que desaparezca la materia que las contiene? Alfredo Adduard Corvalán Alfredo Adduard, el hallazgo de un genio Curadores: Leopoldo Muñoz y Cristián Maturana Corporación Cultural de Las Condes Av. Apoquindo 6570.

Hasta el 31 de mayo, 2026 Martes a domingo, 10:30 a 19:00 horas.

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