Europa: de protagonista a actor de reparto
Los liderazgos más importantes de Europa enfrentan panoramas hostiles: en Gran Bretaña, el primer ministro Keir Starmer trata de evitar una rebelión interna que lo saque del poder; en Alemania, Friedrich Merz ha cumplido un año en el cargo con cifras de rechazo históricamente altas; Francia ha logrado detener la rotativa de gobiernos a costa de postergar la discusión de reformas clave; en España, el gobierno del socialista Pedro Sánchez sobrevive pese a graves acusaciones de corrupción y una seguidilla de derrotas electorales; y en Italia, la hasta hace poco incombustible Giorgia Meloni muestra una sorpresiva debilidad tras salir derrotada en un plebiscito sobre reforma judicial. La fragilidad de los liderazgos europeos tiene su correlato en el auge de movimientos populistas que desafían al establishment: Reform UK es el partido más fuerte del Reino Unido, donde también escalan posiciones los Verdes; Reagrupación Nacional (derecha) y La Francia Insumisa (izquierda) tienen protagonismo claro en la disputa electoral gala, mientras Alternativa por Alemania se consolida en las encuestas como la colectividad con mayor intención de voto en su país; en España, Vox es el partido que más crece. Solo en Hungría y Polonia, pioneros en la oleada populista europea, los liderazgos de este estilo marcan un retroceso, pese a que todavía son actores relevantes.
“El auge de sectores críticos a la política tradicional sugiere que algo no está funcionando en el Viejo Continente. Una de las razones más obvias es la insatisfacción -en distintos grados- que todos los movimientos emergentes comparten con el proceso de integración europea”. Aunque el fenómeno está lejos de ser exclusivamente europeo, el auge de sectores críticos a la política tradicional sugiere que algo no está funcionando en el Viejo Continente.
Una de las razones más obvias es la insatisfacción -en distintos grados- que todos los movimientos emergentes comparten con el proceso de integración europea. También existe molestia transversal con la inmigración. En algunos casos, como el alemán, hay señales claras de agotamiento de un modelo económico que puso el foco en la producción industrial de bienes y no se incluyó con fuerza en la revolución digital.
Muchos países registran deudas enormes y déficits fiscales que se ubican muy por encima de los niveles prescritos por las normas de convergencia monetaria. Para colmo de males, la geopolítica le juega una mala pasada a Europa. La guerra en Ucrania confirma la existencia de la amenaza rusa, justo cuando la llegada de Donald Trump al poder en Estados Uniodos provoca que el Viejo Mundo ya no cuente con las garantías de seguridad de las que gozó por décadas.
Ahora los gobiernos enfrentan la ingrata tarea de reasignar recursos limitados para comenzar a pagar por la defensa nacional, un desafío para el que las sociedades europeas no parecen política, financiera ni culturalmente preparadas. Las dificultades se acumulan y la pérdida de influencia y presencia se hace cada vez más innegable. Europa apostó por un mundo que dejó de existir: creyó en la paz democrática y la integración comercial y se encontró con un entorno crecientemente conflictivo y una guerra en su patio trasero; se enfocó en el poder blando, mientras adquieren mayor importancia las armas y el poder nuclear; algunos de sus países optaron por la energía rusa barata y ahora deben conformarse con pagar precios de mercado en el mercado global; pasó de largo de la revolución digital y hoy carece de protagonismo en sectores clave como la inteligencia artificial y el transporte eléctrico; sus economías se han estancado, son deficitarias y están endeudadas; enfrenta un malestar social del que no logra sacudirse.
La decadencia resulta obvia para una región que tendrá que acostumbrarse a jugar un rol de reparto en la escena global.
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