Escalada en Oriente Medio: Infraestructura crítica y milenarismo
Por estos días escuchamos reiteradamente que volvemos a la geopolítica en la arena internacional. El retrovisor apunta a una neo versión de la Guerra Fría o a unos nuevos años ’20, aunque al mismo tiempo se afirma que las ideologías quedaron atrás, ignorando que un componente singular de ambos momentos fue precisamente la lucha ideológica. Al respecto, cabe recordar que los vaticinios de un regreso a los paradigmas realistas se han actualizado tras cada crisis.
A inicios del siglo XXI lo advirtió Robert Kaplan (El retorno de la antigüedad y la política de los guerreros, 2002) y Robert Kagan (El retorno de la historia y el fin de los sueños, 2008). Así, algunas de las denominadas “fuerzas profundas” por Renouvin y Duroselle nunca dejaron de enmarcar las relaciones internacionales, entre los que se cuentan factores geográficos (espacio, recursos y acceso, por ejemplo), intereses económicos y desde luego las mentalidades colectivas que dan curso, por ejemplo, a sentimientos nacionales como la redención territorial o el excepcionalismo. Ya en la cuarta semana de las hostilidades que abrieron los alados estadounidenses-israelíes el 28 de febrero pasado las estrategias aparecen dinámicas, casi escurridizas.
EE. UU. emprendió el castigo sobre los “objetivos militares” de la Isla de Kharg hace algunos días.
La declaración del Presidente Trump en su red social señaló que “por decencia, NO se afectó ni la infraestructura ni los complejos petroleros”. Desde luego, los objetivos declarados por EE. UU.
son comunicacionalmente elusivos. El pesado fuego que se lanzó sobre Irán, incluido la decapitación de una docena de líderes y altos mando, no persuadió a Teherán para negociar en condiciones desfavorables ni su programa balístico, ni la renuncia a todo enriquecimiento de uranio, incluido el civil, ni mucho menos les convenció de discutir los destinatarios de su crudo y gas. Tampoco ha suscitado un estallido a nivel nacional, aunque el premier israelí Netanyahu ha dicho “no se puede hacer una revolución desde el aire … tiene que haber también un componente terrestre”, lo que sugiere la posibilidad de invasión por tierra.
Otro salto, si se piensa que hasta antes las metas declaradas por Israel se concentraban en su enfoque existencial -en línea con el mesianismo del mahdismo iraní- al que agregaba un irredentismo de rediseño regional para garantizar su prevalencia. De esta manera, la apelación a la no proliferación no es ni ha sido único ni lo primero. La avanzada industria balística y de misiles hipersónicos iraníes es la razón inmediata de las negociaciones y de la guerra.
Irán siente que sin esta industria tiene un riesgo existencial frente a un Occidente percibido como agresivo y ante un Israel nuclearizado. Este último percibe una amenaza letal con un Irán balístico e hipersónico que desde la Revolución de 1979 niega su derecho a existir. La advertencia que supuso el ataque a la industria petrolera de la isla Kharg abrió paso a una escalada casi sin retorno.
Si Kharg dejara de operar económicamente concluirían las exportaciones iraníes de crudo a China e India, un golpe difícil de asimilar, que también afectaría a Beijing. El bombardeo sobre Kharg fue una admonición respecto del destino del tráfico naviero en el Estrecho de Ormuz, 480 kilómetros al sureste: un punto de inflexión para des-escalar o su riesgo contrario. Y es este segundo camino el que se estaría concretando: el miércoles pasado Israel golpeó en Pars Sur a uno de los más importantes yacimientos de gas del mundo.
La retaliación iraní se inició con el ataque a la infraestructura energética qatarí de Ras Laffan, contrayendo en un cuarto la capacidad de exportación de gas licuado de Qatar, y después alcanzó depósitos petrolíferos saudíes y a la refinería israelí de Haifa, la mayor de ese estado. Teherán parece insistir en sus posiciones de “no negociación” y en ese escenario EEUU podría apostar a la aniquilación la infraestructura petrolífera de Kharg o la gasífera de Pars Sur y, recíprocamente, Irán podría decidir represalias contra sus equivalente en los países del Golfo Pérsico, un escenario indeseable para todos, particularmente para estados como el nuestro que, sin participar del conflicto, son importadores netos de petróleo. La disrupción del mercado energético mundial tocaría fondo ante la destrucción de puertos de embarque y espacio de acopio de crudo en la zona de conflicto.
La conclusión evidente son las consecuencias de hacer una guerra con el precio del Brent por sobre 100. Irán no las ignora y su estrategia es que, si sigue bloqueando parcialmente el estrecho de Ormuz, el precio subirá sin techo en un abreviado período temporal, dificultando seriamente la viabilidad de la campaña bélica por parte de sus enemigos. Para dicha prolongación la asistencia china y rusa son vitales.
Mientras más tiempo dure el conflicto, Irán se percibirá ganador de una carrera contra el tiempo, aun cuando sea quien más daño humano y material sufra. Desde luego, Washington tiene un serio obstáculo para proseguir su campaña bélica en un contexto energético alcista. De ahí, la liberación de sus reservas estratégicas y el relajamiento de las sanciones para la compra de petróleo ruso.
Es un indicativo de cierta pérdida de control situacional -como ha sugerido el ministro de Relaciones Exteriores de Omán, Badr bin Hamad Al Busaidi- después de una planificación bélica en la que resultó la previsión de ampliación del foco bélico, aunque sin doblegar la voluntad de lucha del adversario. En aquello colaboró un Irán interesado en distribuir la pesada carga de dolor a su vecindario –no sólo a Israel y Jordania-, más allá de los estados anfitriones de bases occidentales, incrementando las pérdidas económicas de países que suman a su tradicional exportación de crudo, el turismo, comercio e interconexión aérea como Qatar y los Emiratos árabes Unidos. Estos han adherido al rechazo occidental al contra-ataque iraní, aunque siguen buscando una desescalada que preludie tregua y acuerdo.
Washington en cambio, ha exigido compromiso militar de sus socios para proteger Ormuz. En este cuadro, el lenguaje religioso actúa como un acelerante que impide cualquier acuerdo. Un alto al fuego o el reconocimiento de daño innecesario equivale a una rendición, revestida de traición, en un momento revestido de alusiones religiosas.
Aparecen mensajes mesiánicos y milenaristas, este último un fenómeno sociorreligioso que apunta la actualización escatológica del final de los tiempos. Entonces, Estados Unidos agrega a su clásica auto-imagen de excepcionalismo una herencia fundamentalista derivada de las decimonónicas tesis del anglo-israelismo, proyectadas sobre el movimiento de la Nueva Derecha Cristiana y su “Mayoría Moral” de Pat Robertson y Jerry Falwell. Aquello encarna en la recurrente apelación a una común tradición vetero-testamentaria expresada en el providencialismo estadounidense y el mesianismo judío para Medio Oriente.
Así lo representó el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, al citar el Génesis para apoyar el derecho bíblico de Israel para instalarse más allá de sus fronteras en la región. Lo mismo cuando la actual campaña incorpora el lenguaje armagédonico en lo cotidiano. La amenaza existencialista judía tiene un sustrato en la destrucción del primer (722 a.
C. ) y de segundo Templo de Jerusalén (70 d. C.
), y sus consiguientes éxodos, y más contemporáneamente en los progromos hasta la Shoa contra la comunidad judía. La fundación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, significó protagonizar diversas guerras que trajeron la anexión u ocupación de territorios. El asalto al territorio israelí por Hamas, del 7 de octubre de 2023, implicó otro hito en la idea de riesgo inminente, que el premier Netanyahu, acosado judicialmente, aprovechó parapetándose en el discurso de la unidad frente a la agresión externa.
En Irán, la tradición mahdista de espera vigilante de un mesías “oculto”, antes de la conflagración definitiva entre el bien y el mal, tampoco ayuda a rebajar tensiones. El ataque primigenio se efectuó en el onceavo día del mes sagrado de Ramadán, con la memoria anclada al sacrificio del imán Huséin en Kerbala (680), un registro útil para soportar toda aflicción. Así se hizo antes, en la Primera Guerra del Golfo entre Irán‑Irak, presidida por un islamo-nacionalismo enarbolando una “defensa sagrada” de la Patria.
Se instrumentalizó también en 1979, en medio de la crisis de los rehenes de la embajada de Estados Unidos, sirviendo a la facción partidaria de Jomeini para consolidar su poder interno al imponer un gobierno basado en la tutela del Jurisprudente Islámico (Velayat-e Faqih). A este respecto, incluso el presidente de Irán, Masoud Pezeshkian, ha sido reconvenido por la Guardia Revolucionaria, por atreverse a excusarse de los ataques a los países árabes del Golfo. La conclusión es que, si sumamos una dinámica conflictual del todo o nada, más un lenguaje poco favorable a la negociación en el que emprender/resistir una guerra es un test moral, la posibilidad de desescalada se complejiza.
Lo anterior no implica descartar que la alianza con más poder duro se imponga militarmente, como ocurrió antes en Siria, Irak o Afganistán. En cada uno de estos casos, sin embargo, el triunfo militar fue acompañado a la postre de un fracaso político por desestabilización regional.
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