“Es el Estado, estúpido”: Entre la normalización y la emergencia
La acción política, y en específico la comunicación política, vive atrapada en el eterno retorno del “disfruta lo votado” y “siempre hay un tweet”. Es decir, en el constante cuestionamiento, entre los más vociferantes y bots de lado a lado, por lo errores e incoherencias de quienes usaron la indignación como palanca para gobernar. Encerrados en este eterno retorno, cual Sísifo, nos saturamos disonancias permanentes, provocadas por el vértigo de nuestra vida cotidiana y por la sobrecarga informativa que nos genera nuestra participación en las redes sociales.
La disonancia esta en que no logramos distinguir o dejar de habitar dos mundos sobre los cuales se construye la acción política contemporánea. La dimensión competitiva y la dimensión directiva. La dimensión competitiva de la política, la cual aparece especialmente en periodos electorales, funciona en torno a la capacidad construir un discurso claro, preciso y unidimensional (malestar, emergencia, desigualdad, neoliberalismo, etc.
) que organizan cognitivamente nuestras disputas políticas. Sin embargo, la dimensión directiva y/o de gobernabilidad es gestionar múltiples demandas que generan efectos simultáneos, excluyentes y contrapuestos, lo que implica tomar decisiones y asumir los costos de aquellas decisiones. “Es la economía, estúpido”, dijo James Carville allá por los ´90.
Parafraseando aquello, podríamos decir que la gestión política y administrativa en Chile funciona bajo la máxima de “Es el Estado, estúpido”. La disputa y la acción política de los últimos 15 años aproximadamente. Se ha dado en el marco del cuestionamiento al Estado, vaciando su legitimidad, a tal punto que toda la performance discursiva, “estado normalizado” o “estado de emergencia” genera ruido en redes sociales, pero en la vida cotidiana el Estado ha perdido legitimidad, pierde su razón de ser como ganarte de cohesión social.
Desde la ciudadanía solemos observar que la gestión pública es una función de expertos, de quien técnicamente tiene los conocimientos para hacer lo “correcto” para todos, para el bien común. Últimamente, la gestión política ha sido cuestionada por no hacer lo correcto o lo que corresponde o lo que beneficia a la población, así visto el problema sería una cuestión de voluntad, de “pantalones”, de tener la convicción de hacer lo necesario para que beneficie a todos. Sin embargo, la acción y gestión política está lejos de ser una versión virtuosa de la acción humana y es más bien un entramado de decisiones que para bien y para mal, conllevan costos.
En tiempos de aceleración y burbujas virtuales queremos soluciones óptimas de inmediato y que nos den la razón, sin contemplar los efectos en otros y nosotros mismos de esas decisiones (retiro de fondos previsionales dixit). Quizás la política es menos glamorosa y más cercana a una comedia de decisiones sobre las cuales no tenemos control completo de sus consecuencias. Puede entonces que, la política en democracia sea algo más bien modesto y lejos de las retóricas refundacionales o restaurativas.
Quizás la clave, que aún no logramos producir, sea, por un lado recuperar la legitimidad institucional del Estado, y por otro lado construir un sentido de futuro, de verdades contingentes, que están en las antípodas de ser verdades autosuficientes, verdades que permitan navegar la fragmentación.
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