Entre lo conquistado, lo pendiente y lo que no puede retroceder
Marzo suele instalar la idea de celebración en torno a las mujeres. Pero más que celebrar, este mes invita a detenerse. A mirar con mayor profundidad los avances, pero también las tensiones y retrocesos que atraviesan hoy los derechos de las mujeres, en Chile y en el mundo.
Porque los derechos no avanzan en línea recta. Esto queda demostrado en que en distintos países se discuten o concretan retrocesos en derechos reproductivos, se restringen libertades y resurgen discursos que creíamos superados. A esto se suman conflictos armados, desplazamientos y crisis que afectan de manera desproporcionada a mujeres y niñas.
En ese escenario, marzo no es solo memoria: es advertencia. Chile suele presentarse como un país que ha avanzado en materia de salud y derechos de las mujeres. Y en varios aspectos eso es cierto.
La reducción del embarazo adolescente, por ejemplo, ha sido uno de los logros más relevantes de las últimas décadas en salud sexual y reproductiva. Sin embargo, concentrar el debate únicamente en ese indicador puede ser engañoso. Los desafíos actuales son más complejos y atraviesan dimensiones demográficas, económicas, laborales, culturales y políticos.
Este fenómeno se expresa, entre otros indicadores, en que actualmente las mujeres representan más del 52,6% de la matrícula de primer año en estudios de pregrado. Nunca habían tenido tanto acceso a la formación, pero ese avance convive con persistentes brechas de género. Uno de los factores centrales es la organización social del cuidado.
En Chile, las mujeres – en relación a los hombres- dedican más del doble de tiempo al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Este trabajo sostiene la reproducción cotidiana de la vida social, pero rara vez se considera en el diseño de las políticas económicas o laborales. El resultado es un conjunto de tensiones que atraviesan múltiples dimensiones de la vida social.
Las trayectorias educacionales y laborales de las mujeres suelen interrumpirse con mayor frecuencia. Las oportunidades de liderazgo se ven limitadas. Y decisiones familiares, como tener hijos, se vuelven profundamente condicionadas por factores estructurales.
Según la Encuesta Suplementaria de Ingresos, en 2023 las mujeres percibieron en promedio 23,3% menos ingresos que los hombres. Su participación laboral sigue siendo menor y, además, destinan 2 horas y 5 minutos más al trabajo no remunerado. Estas desigualdades no se explican sólo por decisiones individuales: responden a cómo se organizan el trabajo, el tiempo, las responsabilidades y el acceso al poder.
Y ahí es donde las políticas públicas muestran sus límites. El postnatal parental fue, sin duda, un avance en materia de corresponsabilidad. Sin embargo, su tope de subsidio obliga a muchas familias a decidir quién puede dejar de percibir ingresos para cuidar y, en un contexto de brechas salariales, esa decisión suele recaer en las mujeres.
A esto se suma que el proyecto de sala cuna universal sigue entrampado y que la reducción de la jornada laboral, aunque necesaria, no garantiza por sí sola una redistribución efectiva del tiempo si no va acompañada de transformaciones estructurales y culturales. El problema, entonces, no es solo la falta de derechos, sino la persistencia de condiciones que dificultan o incluso impiden ejercerlos plenamente. Esto se vuelve aún más evidente en el escenario demográfico actual.
Según las proyecciones del INE, la tasa global de fecundidad alcanzó 0,97 hijos por mujer en 2025. No es solo es un dato demográfico. Es una señal de las tensiones multidimensionales cuyas estrategias de abordaje no convergen entre sí.
En este escenario el desafío es más trascendente: garantizar condiciones reales para que los derechos laborales, sociales, sexuales y reproductivos puedan ejercerse plenamente, más allá del discurso. Marzo nos recuerda que no basta con avanzar en leyes si las condiciones siguen siendo desiguales, que no basta con ampliar oportunidades si las estructuras cambian más lento y que hay derechos en los que simplemente no se puede retroceder. Porque el problema ya no es solo el acceso a derechos.
Es la posibilidad real de vivirlos.
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