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En tiempos de “modernidad”, el conservadurismo se disfraza de igualdad
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22:02 · Chile

En tiempos de “modernidad”, el conservadurismo se disfraza de igualdad

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Por Claudia Barahona Chang Con estupor escuché las intervenciones de la senadora Vanessa Kaiser. Aquí no estamos frente a una simple diferencia de opinión ni ante un debate teórico sobre justicia social. Estamos frente a un discurso que, bajo la apariencia de igualdad, busca borrar la historia, desconoce la vida cotidiana de millones de mujeres y reduce décadas de lucha a una caricatura.

Lo más grave es la violencia de ese relato. Porque cuando se habla de “igualdad” ignorando las desigualdades reales, no se están defendiendo derechos: se están protegiendo, una vez más, los privilegios. Parece olvidarse que si hoy una mujer puede sentarse en el Senado, estudiar una carrera, votar, trabajar, divorciarse, administrar sus bienes o decidir sobre su propio proyecto de vida, no es porque esos espacios hayan sido generosamente concedidos por los hombres.

Al contrario: ha sido gracias a luchas largas, duras y muchas veces dolorosas. Nada de eso cayó del cielo. Nada de eso fue un regalo.

Por eso resulta grave escuchar discursos que romantizan el retroceso y presentan como sentido común una visión profundamente conservadora del rol de las mujeres. Porque mientras algunas hablan desde la comodidad de sus tribunas, miles de mujeres en Chile siguen sosteniendo -solas- hogares completos, criando, cuidando, trabajando y sobreviviendo con un esfuerzo que rara vez es reconocido. La realidad, porfiada como siempre, desmiente ese relato.

En Chile, ocho de cada 10 jefaturas de hogares monoparentales corresponden a mujeres, y en esos hogares ellas perciben ingresos 35,6% menores que los hombres en la misma situación laboral. A ello se suma que la participación laboral femenina sigue siendo mucho menor que la masculina. En el trimestre diciembre 2025-febrero 2026, la participación de las mujeres fue de 53,3%, mientras la de los hombres llegó a 71,8%.

En ese mismo período, la desocupación femenina se situó en 9,0%. Entonces, ¿de qué igualdad nos hablan? ¿Qué opinarán las miles de jefas de hogar que sacan adelante a sus familias sin red de apoyo, sin pensión al día, sin horarios compatibles con la crianza y muchas veces sin la presencia activa del padre de sus hijos?

¿Qué les dirá ese discurso a las mujeres que no terminaron sus estudios, no por flojera, sino porque tuvieron que salir a trabajar temprano para que en su casa se pudiera comer? ¿Qué les dirá a aquellas que deben complementar un empleo formal con un “pololito” informal porque el sueldo no alcanza? Y ahí aparece una verdad que algunos prefieren ignorar: en Chile, el cuidado sigue teniendo rostro de mujer.

Los datos oficiales muestran que las mujeres dedican dos horas y cinco minutos más al día que los hombres al trabajo no remunerado, y que 71,6% de las personas cuidadoras principales habituales de personas en situación de dependencia funcional son mujeres. No se trata solo de maternidad. Se trata también de las mujeres que cuidan a personas mayores, a familiares enfermos, a hijos e hijas con discapacidad o neurodivergencia, la mayoría de las veces en absoluta soledad.

Mujeres que viven entre controles médicos, terapias, crisis, trámites, desvelos y culpa. Mujeres a las que el mercado castiga por no encajar en la lógica del trabajador o trabajadora “ideal”, como si detrás de cada jornada laboral no existiera una vida entera sosteniéndose a pulso. Y, sin embargo, todavía hay quienes se atreven a juzgarlas y a hablarles de meritocracia: cuando no duermen bien; cuando no tienen tiempo para sí mismas; cuando llegan tarde porque una crisis estalló en la casa, en el colegio o en la calle; cuando, en realidad, están haciendo el trabajo que el Estado, el mercado y una cultura todavía profundamente desigual siguen descargando sobre sus hombros.

Indigna escuchar discursos sobre el supuesto abandono de los hombres, mientras las cifras siguen mostrando que la violencia contra las mujeres continúa siendo una emergencia real. Solo en 2025, a nivel nacional, se registraron 40 femicidios consumados, 274 frustrados y 57 en grado de tentativa. Entonces no, no estamos frente a un escenario de privilegio femenino.

Estamos frente a una estructura que precariza, sobrecarga, empobrece y violenta a las mujeres una y otra vez. Lo más preocupante es que este conservadurismo ya no se presenta con la brutalidad explícita de otros tiempos. Hoy se viste de un lenguaje moderno.

Habla de meritocracia, de libertad, de neutralidad, de igualdad. Pero, en el fondo, busca lo mismo de siempre: despolitizar la desigualdad, ridiculizar al feminismo y reinstalar una idea de mujer asociada al sacrificio silencioso, la culpa y la subordinación. Ese es el verdadero disfraz de ese discurso.

Porque cuando se niega la historia, se desprecia la experiencia de las mujeres y se intenta equiparar privilegio con discriminación, no se está defendiendo la igualdad. Se está defendiendo un orden profundamente injusto. Las mujeres no luchamos durante décadas para que hoy se nos explique, desde un escaño de poder, que la desigualdad no existe.

No peleamos por derechos para que ahora se nos pida gratitud, silencio o de igualdad. Porque mientras haya una mujer obligada a elegir entre cuidar o trabajar, entre comer o pagar una terapia, entre denunciar o sobrevivir, entre sostener a su familia o sostenerse a sí misma, la deuda de esta sociedad con las mujeres seguirá vigente. Y frente a eso, guardar silencio nunca será una opción.

Por Claudia Barahona Chang Integrante del Comité Central Nacional y de la Comisión Política del PS, e integrante de la coordinación del Programa de Género del Instituto Igualdad.

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