Ellos filman la oscuridad
Por Michelle Ellner Cuando se va la luz en La Habana, llegan las cámaras extranjeras a filmar la oscuridad. Vienen por el resplandor del apagón: las velas en las ventanas, las familias durmiendo en los balcones, las madres abanicando a sus bebés en otra noche sin ventilador. Vienen por la cola frente a la farmacia, el autobús que nunca llega, el refrigerador que se queda caliente.
Vienen por la oscuridad. Un reciente reportaje de CBS sobre Cuba ofreció a la audiencia un guion conocido: una isla “fallida”, una revolución envejecida, refugiados en Florida y Washington, una vez más, preguntándose qué hacer con ese lugar a noventa millas de distancia. Pero el segmento también estaba construido sobre una omisión tan grande que se tragaba la verdad: mientras esas cámaras hablan de escasez y colapso, hay bebés que mueren bajo una política diseñada para producir ambos.
Un nuevo informe del Centro de Investigación en Economía y Política (CEPR) concluyó que la expansión de las sanciones de Estados Unidos a partir de 2017 fue probablemente la causa principal de un aumento drástico en la mortalidad infantil en Cuba. Según el informe, la tasa de mortalidad infantil se disparó un 148% entre 2018 y 2025. De haberse mantenido estable, aproximadamente 1.
800 bebés que murieron en esos años probablemente seguirían vivos. Léelo otra vez. Bebés.
El informe vincula este aumento al endurecimiento de las medidas coercitivas unilaterales bajo la primera administración de Donald Trump, la continuidad de la mayoría de esas medidas bajo Joe Biden, y una nueva escalada bajo la segunda administración de Trump. En lugar de contar esa historia, los segmentos en horario estelar como los de CBS reciclan clichés de la Guerra Fría. En este tipo de reportajes, se invita al público a recordar la Cuba prerrevolucionaria como un paraíso perdido.
Pero más allá de las luces de los casinos estaban los cortadores de caña, las trabajadoras domésticas, las familias rurales sin médicos, los niños sin escuelas, las personas negras excluidas de derechos plenos, dignidad y oportunidades que el propio sistema decía garantizar, y trabajadores sobreviviendo en una economía donde gran parte de la riqueza fluía hacia arriba. Para muchos cubanos, la revolución fue una ruptura con la dependencia. Es común en los medios estadounidenses reducir la Revolución Cubana a una barba, un discurso, un hombre.
Como si millones de vidas, marcadas por la desigualdad, la dictadura y la dominación extranjera, pudieran reducirse a un culto a la personalidad. Fidel Castro fue central en la historia de Cuba, pero también lo fueron los campesinos que querían tierra, los maestros que cruzaron montañas para alfabetizar, los médicos que se quedaron en barrios pobres, y los trabajadores que creían que la soberanía significaba algo más que una bandera. Como cualquier otro país, Cuba tiene problemas internos reales.
Existe burocracia. Existen errores económicos. La frustración es real.
La emigración es real. Y sin embargo, estas realidades son constantemente utilizadas por Washington como justificación lista para usar para la intervención, la presión y políticas que profundizan precisamente las condiciones que dicen condenar. Durante décadas, Estados Unidos ha construido un muro externo alrededor de la isla ladrillo por ladrillo.
Sanciones. Penalidades financieras. Restricciones al transporte marítimo.
Presión sobre el combustible. Obstáculos bancarios. Amenazas contra empresas que comercian.
Castigos a terceros países. Barreras al acceso a medicinas, piezas, crédito, inversión y emprendimiento. Documentos de política lo han explicado abiertamente desde hace generaciones: crear escasez, provocar desesperación, generar descontento político.
Aquí es donde medios como CBS juegan un papel clave: muestran el sufrimiento mientras ocultan el sistema que lo produce. Presentan la política estadounidense como ruido de fondo, en lugar de una fuerza activa que moldea la realidad que están filmando. Y esto no es una decisión editorial aislada.
Es un patrón. Pero cuando las muertes infantiles aumentan de forma tan marcada en un periodo de intensificación del estrangulamiento externo, la honestidad exige algo más que repetir esos discursos. Exige nombrar causas y responsabilidades.
Y exige hacer una pregunta más incómoda: si el sistema cubano está realmente destinado a fracasar por sí solo, ¿por qué se ha invertido tanto poder en asegurarse de que así sea? No se pasan décadas intentando asfixiar algo que no representa ninguna alternativa. ¿Por qué aislar, sancionar y castigar un modelo que se considera irrelevante?
A menos que el miedo no sea que fracase. A menos que el miedo sea que, incluso con todas sus contradicciones, pueda sugerir otra forma de organizar la sociedad. Una donde las personas no sean reducidas a clientes, mercados o consumidores que hay que capturar, sino reconocidas como seres humanos que deben ser cuidados, protegidos y permitidos florecer.
Cuando caminé por La Habana durante un apagón, vi vecinos llamándose de balcón a balcón, jugando dominó a la luz de las velas. Alguien en la esquina tenía un altavoz con media batería y música suficiente para tres edificios. Dos jóvenes se besaban en el Malecón.
Alguien maldecía al gobierno. Alguien maldecía el bloqueo. Alguien maldecía ambos.
Alguien se reía. Vi seres humanos empeñados en seguir siendo humanos. ¿Por qué CBS no cubre eso?
Porque filman la oscuridad. Pero la verdadera historia no es la vela en la ventana. Es la mano que cortó el combustible, la política que estranguló al hospital, el silencio que normalizó muertes evitables, y los bebés cuyos nombres nunca aparecerán en la transmisión.
Por Michelle Ellner Coordinadora de campañas para Latinoamérica de CODEPINK. Nació en Venezuela y es licenciada en Lenguas y Relaciones Internacionales por la Universidad La Sorbonne París IV, en París.
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