El valor de la investigación universitaria
Señor Director: La reciente controversia sobre el valor de la investigación universitaria revela algo más profundo que una diferencia programática: expone dos maneras de comprender la idea misma de país. Una nación puede concebirse como una mera administración de urgencias —eficiente, pragmática, contable— o como una obra colectiva de largo aliento, donde el conocimiento constituye una forma de soberanía y no un elemento secundario del desarrollo. Las universidades que investigan no existen únicamente para producir artículos especializados ni para alimentar estadísticas ministeriales.
Existen porque las sociedades libres necesitan lugares donde el saber no dependa exclusivamente del mercado, del gobierno de turno ni de las modas ideológicas. Allí donde una universidad deja de investigar, comienza lentamente a transformarse en academia de repetición: transmite respuestas ajenas, pero pierde la capacidad de formular preguntas propias. Ningún país desarrollado alcanzó prosperidad duradera renunciando a la investigación.
Alemania no edificó su industria sobre la ignorancia científica; Estados Unidos no lideró el siglo XX despreciando sus laboratorios; Corea del Sur no emergió del subdesarrollo limitándose a importar conocimiento extranjero. Las naciones que abandonan la investigación terminan arrendando inteligencia, comprando tecnología que no comprenden y dependiendo culturalmente de quienes sí invirtieron en pensar el futuro. Pero reducir este debate a la economía sería todavía insuficiente.
La investigación no solo produce innovación; produce ciudadanía adulta. Una democracia liberal requiere científicos capaces de cuestionar evidencias, humanistas capaces de traducir experiencia histórica en conciencia pública y universidades que enseñen a disentir sin fanatismo. Cuando una sociedad sospecha del pensamiento crítico, comienza lentamente a empobrecer su conversación pública.
Y los países no se degradan primero en sus indicadores económicos, sino en su imaginación moral. La universidad, desde Bolonia hasta Humboldt, nunca fue concebida como un dispositivo orientado únicamente a la inserción profesional. Fue entendida como uno de los pocos espacios donde una civilización reflexiona sobre sí misma.
Allí conviven el astrónomo y el poeta porque ambos, aunque por caminos distintos, intentan responder la misma pregunta: qué implica vivir con sentido en una sociedad libre. Naturalmente, toda investigación debe rendir cuentas, justificar prioridades y dialogar con las necesidades reales del país. La racionalidad económica es necesaria, aunque insuficiente para comprender el destino intelectual de una nación.
Los pueblos que solo financian aquello cuya utilidad inmediata pueden calcular terminan pareciéndose a un heredero que vende la biblioteca familiar para calefaccionarse una noche de invierno. Chile necesita más ciencia, más pensamiento y más universidades capaces de investigar precisamente porque aspira a ser una nación moderna y libre, y no una periferia resignada al consumo pasivo del conocimiento producido por otros. Renunciar a ello no sería un gesto de austeridad.
Sería, más bien, una silenciosa renuncia al proyecto intelectual de la vida republicana.
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