El puente que Chile aún puede construir
El debate sobre ciencia y productividad que está ocurriendo hoy en Chile merece algo más que trincheras. Por un lado, hay una crítica política legítima: ¿la inversión pública en investigación genera el retorno que un país como Chile necesita en este momento de su desarrollo? Del otro, hay una defensa igualmente legítima: el conocimiento tiene valor en sí mismo y reducirlo a métricas de empleo inmediato es una simplificación que empobrece la conversación.
Ambas posiciones tienen razón en algo y ambas, al mismo tiempo, están hablando de cosas distintas sin saberlo. Nuestras universidades producen investigación de calidad; sus científicos publican, colaboran internacionalmente y forman redes de conocimiento que hace treinta años no existían. El problema no está ahí.
Un paper publicado no es un fracaso de impacto: es conocimiento validado. Pero tampoco es, por sí solo, el final del camino. Entre la validación científica y la transformación productiva existe un territorio institucional que en Chile sigue, en gran medida, vacío.
Los países que tienen ecosistemas de innovación robustos no llegaron ahí exigiendo a sus científicos convertirse en emprendedores ni pidiendo retorno inmediato a cada proyecto de investigación. Tampoco sacrificaron la ciencia básica en nombre de la productividad. Lo que hicieron fue construir estructuras intermedias: instituciones, fondos de transición, marcos regulatorios para la propiedad intelectual y espacios híbridos donde el conocimiento puede madurar sin perder rigor.
Israel y Singapur son buenos ejemplos. Entendieron algo fundamental: la transición entre descubrimiento y aplicación no ocurre sola. No depende del talento individual ni de la casualidad, sino del diseño institucional que la hace posible de forma sistemática.
Chile tiene el potencial para lograrlo; falta articularlo. Es lo que estamos intentando hacer en el Centro IMPACT de la Universidad de los Andes: que a diferencia del modelo tradicional de I+D, donde la investigación termina en una publicación y el financiamiento depende casi exclusivamente de fondos públicos, estamos desarrollando iniciativas que, además de generar conocimiento, producen propiedad intelectual, abren alianzas con la industria y construyen capacidades de autofinanciamiento parcial. Esta propuesta no resuelve el financiamiento de largo plazo de la ciencia básica, ni define cómo priorizar áreas de investigación o distribuir recursos con equidad territorial.
Tampoco aborda la fuga de talentos. Lo que sí hace es ofrecer un marco para que el debate actual salga de la dicotomía libros vesus empleo y entre en una discusión más profunda: qué tendría que existir para que la ciencia sea, al mismo tiempo, conocimiento válido y capacidad productiva. La diferencia no está entre ciencia “útil” o “pura”, sino entre un país que produce conocimiento y uno que logra transformarlo en futuro.
Esa diferencia se mide en décadas, no en papers ni empleos.
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