El momento táctico de Kast: el turno de la gestión política
En política pública, tener un plan y una estrategia es condición necesaria, pero nunca suficiente. La literatura es clara: las decisiones públicas solo prosperan cuando logran traducirse en acción efectiva, y ese tránsito no ocurre en el nivel estratégico, sino en el terreno más incierto de la táctica. Es ahí donde se juega, en definitiva, la posibilidad de éxito.
El gobierno de José Antonio Kast ha intentado instalar desde su inicio un marco estratégico claro: un “gobierno de emergencia” que busca responder con rapidez a problemas acumulados, ordenar prioridades y transmitir control. La idea es políticamente potente: la emergencia legitima la urgencia, concentra autoridad y eleva la expectativa de resultados tempranos. Pero toda estrategia, por sólida que sea en su diseño, enfrenta su momento decisivo cuando debe convertirse en táctica.
Ese momento parece haber llegado. El anuncio del envío de 20 iniciativas al Congreso, en lo que se ha denominado “copamiento legislativo”, es una señal inequívoca de que el gobierno busca pasar de la definición del rumbo a la ocupación efectiva del espacio político. La lógica es comprensible: aprovechar un escenario en que la oposición aún no logra articularse plenamente —mostrando síntomas de problemas de acción colectiva— para fijar la agenda y condicionar el debate.
En términos políticos, se trata de una jugada racional. Quien controla la agenda en los primeros meses de gobierno suele adquirir una ventaja difícil de revertir. Pero la táctica, a diferencia de la estrategia, no se evalúa solo por su coherencia, sino por su viabilidad.
Y es precisamente ahí donde emergen los principales riesgos. El primero es la sobreextensión. En un Congreso fragmentado, el envío simultáneo de múltiples proyectos con alta urgencia puede tensionar la capacidad del propio Ejecutivo para sostener negociaciones complejas en paralelo.
La dispersión de esfuerzos debilita la prioridad política, eleva los costos de coordinación y abre espacios para que la oposición —aun desarticulada— encuentre puntos de bloqueo. El copamiento legislativo, si no es calibrado, puede transformarse en un “frenesí” que termine erosionando la señal inicial de control. El segundo riesgo es más estructural y tiene que ver con la capacidad de gestión política del gabinete.
La táctica no se ejecuta desde el diseño, sino desde la interacción cotidiana con actores políticos, parlamentarios y coaliciones. En este plano, el peso recae en los ministros políticos, particularmente Claudio Alvarado y José García. Sin embargo, pretender que este núcleo reducido sostenga por sí solo la operación política del gobierno parece insuficiente.
Más aún cuando, en el gabinete sectorial, solo figuras como Ximena Rincón y Jaime Campos cuentan con experiencia y densidad política para interactuar eficazmente con el Congreso. Apostar a que estos ministros “subsidien” la falta de capital político del resto del gabinete no solo sobrecarga sus roles, sino que debilita la coherencia táctica del conjunto. Aquí es donde la distinción entre estrategia y táctica adquiere sentido político real.
Como sugiere Mario Benedetti en su poema Táctica y estrategia, “mi estrategia es que un día cualquiera / no sé cómo ni sé con qué pretexto / por fin me necesites”. Pero antes de esa estrategia, está la táctica: “mi táctica es mirarte / aprender como sos / quererte como sos”. Es decir, la táctica es el trabajo fino, cotidiano, paciente, de construcción de condiciones para que la estrategia sea posible.
En política, eso se traduce en negociación, priorización, secuenciación y gestión de expectativas. No basta con enviar proyectos ni con instalar urgencias. Se requiere ordenar el esfuerzo legislativo, construir mayorías, administrar tiempos y distribuir adecuadamente el capital político dentro del gabinete.
Desde esta perspectiva, la verdadera condición de éxito del gobierno de emergencia no está solo en la claridad de su estrategia, sino en la eficacia de su táctica. Porque es ahí, en ese nivel menos visible pero más decisivo, donde se define si la urgencia se convierte en resultados o si termina diluyéndose en las restricciones de la política real. La estrategia puede marcar el rumbo.
Pero es la táctica —como en Benedetti— la que finalmente decide si ese rumbo se vuelve alcanzable.
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