El falso debate sobre acortar carreras
La discusión que se está llevando estos días en diversos medios sobre acortar carreras está mal planteada. Esto genera falsos bandos, como si unos estuvieran a favor de acortar porque eso ahorraría mucho dinero al Estado o al privado, según sea el caso, y, en el otro bando, a quienes parecieran querer alargarlas por una necesidad económica o nostálgica. Es posible ver que se mezclan problemas distintos: duración y empleabilidad, licenciaturas y títulos profesionales, desarrollo económico y formación para el desarrollo, formación técnica y formación profesional, mundo académico con mercado laboral, etc.
La realidad es que no toda carrera debe durar cinco o seis años. Si miramos en retrospectiva, la aparición exponencial de algunas carreras de índole técnica que se fueron introduciendo al mundo universitario-profesional se debió a que, en cierta medida, el mercado lo exigía. Pero, como suele suceder, sin ninguna regulación corporativa o estatal.
Ahora bien, esta y otras intromisiones en el ámbito de la formación profesional universitaria han ido construyendo la idea de la “eficiencia”, que es la base de querer acortar las carreras. Hay ciertas carreras cuya naturaleza exige una duración mayor, como el caso de filosofía, medicina y otras. Entre los argumentos que se dan a favor de acortar las carreras –cuestión por lo demás que los académicos venimos escuchando al menos desde 2012– no solo aparece el tema económico, sino que suelen venir comparaciones con otros países.
Dicha comparación esconde una trampa que trataremos adelante. También se culpa, no pocas veces, a la formación general o complementaria: cursos de inglés, de ética de cada profesión, u otro tipo de cursos de carácter electivo u obligatorio, pero que se conocen en Chile como formación integral, general o identitaria y que, por lo general, poseen un marcado sello humanista o al menos enfocados en la formación de habilidades blandas. El tema es que esa formación es precisamente la diferencia entre un técnico y un profesional: la visión panorámica del saber disciplinar, o la capacidad reflexiva de un quehacer operativo.
El problema real detrás de la idea de acortar carreras que inunda a muchos sectores, transversalmente, de derecha e izquierda, es que Chile universalizó un modelo universitario: universalizar la universidad fue la consigna de la década de los 90 para que Chile alcanzara el desarrollo de capital humano avanzado. La razón por la que la comparación de la duración de nuestras carreras con países como EE. UU.
o Alemania –por poner dos ejemplos que han sido citados– es tramposa, se debe a que en Chile hay una tradición, no una ley que lo mande, sino una costumbre que la legislación terminó respetando, de que para lograr un título profesional hay que poseer previamente una licenciatura. Incluso es un requisito en muchos trabajos, incluyendo el sistema público. Una comparativa justa debe tener en cuenta que la licenciatura, el magíster y el doctorado responden, en su origen histórico y en su naturaleza, a la carrera académica, no a la necesidad del mercado.
Los títulos profesionales, propiciados por la visión napoleónica, la llamada “profesionalización” de la universidad, tienen su origen en la modernidad tardía que se acrecentó en la medida en que la Revolución Industrial avanzó. La universidad, a nivel global, fue transitando, históricamente, desde un centro de formación académica, intelectual, coronado por la teología y la filosofía, donde se practicaba el ocio y la vida intelectual, hacia una institución al servicio de la capacitación laboral, como ha descrito Carlos Hoevel en La industria académica: la universidad bajo el imperio de la tecnocracia global (Teseo, 2021). Hoy tienden a convivir ambos modelos en los países desarrollados.
La promesa de que mayor formación de capital humano avanzado traería mayor desarrollo a Chile fracasó. Solo quedó el estatus social de ser universitario, tan propio de nuestra idiosincrasia. Las cifras de empleabilidad muestran que los Centros de Formación Técnica y los Institutos Profesionales han alcanzado y superado a la universidad.
Aun cuando las cifras de remuneración distribuida en la cantidad de egresados de universidad es menor que la que puede alcanzar un técnico, nada parece hacer cambiar el estatus de clase que otorga el ser universitario. Chile necesita más desarrollo técnico, no más cesantes ilustrados. En la mayoría de los países con los que comparamos la duración de carreras la formación técnica y la profesional son vistas y valoradas –social y económicamente– con menor estrechez.
En esos mismos países no es obligatorio hacer una licenciatura de 3 a 4 años para obtener un título profesional. Son muchos los países en que es posible acceder sin licenciaturas previas. Carreras como periodismo, pedagogía, pertenecer a estudios profesionales, no requieren una licenciatura de 3 o 4 años previamente.
En Chile muchos médicos no son doctores, en sentido académico, no han realizado un doctorado. Esto, a pesar de que les digamos coloquialmente “doctor”, cuestión que proviene del hecho de que todo médico (profesional) tradicionalmente continuaba sus estudios a través de un magíster (especialización) y luego de un doctorado (otra especialización mayor), lo que muestra que hay ciertas carreras que podrían verse muy perjudicadas con la reducción de su duración. Lo mismo ocurriría en carreras humanistas como Literatura, Historia y Filosofía, donde siempre se hace corta la formación de pregrado, la licenciatura, razón por la cual todo egresado de dichas carreras ve como exigencia necesaria y natural continuar con magíster y luego doctorado, independientemente que aquello le dé más oportunidades laborales o no.
El problema no es de eficiencia, o de índole productivo, sino exclusivamente académico. El Gobierno ya tiene elaborado un plan para acortar carreras, como se ha comunicado en diversos medios, lo que dio origen a esta discusión. Aunque cabe decir que ese prejuicio es transversal políticamente, hay personas de derecha y de izquierda obsesionadas con acortar carreras.
Frente a este panorama, el gran despreciado es el mundo técnico. Chile sigue obsesionado con el título universitario, más por una cuestión de estatus social que por un reconocimiento al estudio riguroso para alcanzar conocimiento avanzado. Esto lo vemos todos los académicos que hacemos clases desde hace años.
La baja en la exigencia, impulsaba y obligada por las áreas de gestión docente o acreditación, insisten en eso, y los propios estudiantes lo expresan de diversas formas. Todo esto demuestra que aún persiste la necesidad del estatus social, de pertener y egresar de una carrera universitaria-profesional por sobre una carrera técnica ofrecida por un IP o CFT, aun cuando la posibilidad de mejor remuneración sea mayor. La discusión sobre acortar carreras conlleva, muchas veces sin quererlo, un menosprecio hacia la educación técnica y, al mismo tiempo, hacia la formación académica (filosófica-humanista).
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