El espejismo del «ajuste» horario
Este sábado 4 de abril a la medianoche, viviremos una vez más el ritual de retrasar nuestros relojes en 60 minutos. Aunque a menudo se presenta como un simple cambio en la rutina, los especialistas advierten que esta modificación altera profundamente nuestro reloj biológico, impactando el sueño, el ánimo e incluso nuestra alimentación. No debemos subestimar este proceso; lo que socialmente parece un ajuste menor, neurobiológicamente es una ruptura de la sincronía.
Nuestro cerebro posee un «director de orquesta», el núcleo supraquiasmático, que coordina ritmos vitales como la digestión y la liberación de hormonas con la luz natural. Al cambiar el horario de forma abrupta, entramos en un estado de «jet lag social», donde el cuerpo se siente temporalmente fuera de sintonía con su entorno. Las consecuencias son tangibles: desde irritabilidad y fatiga hasta un aumento del apetito por carbohidratos y azúcares.
Además, este desajuste no afecta a todos por igual; niños, adolescentes y adultos mayores son especialmente vulnerables debido a que sus sistemas circadianos están en desarrollo o son menos flexibles. Para mitigar estos efectos, es fundamental exponerse a la luz natural por la mañana y mantener horarios regulares de alimentación. También se recomienda evitar las pantallas antes de dormir y preferir cenas livianas para ayudar al organismo a reorganizarse.
En definitiva, el cambio de hora es un recordatorio de que nuestra biología tiene sus propios tiempos, y forzarla requiere una adaptación consciente para proteger nuestro bienestar general, apuntan los especialistas.
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