El eco de la guerra en el tenedor y el bolsillo
La reciente escalada en el precio de los combustibles, impulsada por el conflicto bélico en Medio Oriente, amenaza con presionar al alza el precio de los alimentos en Chile en los próximos meses, profundizando una tendencia a ciclos inflacionarios recurrentes. La magnitud de estos impactos aún es incierta y estará supeditada no sólo a la duración e intensidad del conflicto bélico, sino también a las reacciones desde otros países y a la resiliencia de nuestro sistema alimentario. Esta presión inflacionaria se transmite fundamentalmente a través de tres canales: el transporte, la energía y los fertilizantes.
El encarecimiento de los combustibles eleva los fletes y seguros de carga. Al mismo tiempo golpea los costos operativos de las cadenas agrícolas, cuya dependencia del riego tecnificado y la mecanización las hace sumamente sensibles a las variaciones energéticas. Los fertilizantes son un costo agrícola crítico en el contexto actual para cualquier escala de producción y, sin embargo, poco visibilizado.
Chile es altamente dependiente de su importación. En 2022 sufrió por el alza de la urea –avivada por el conflicto de Rusia, uno de sus principales productores, con Ucrania– la que fue central en disparar el precio de los alimentos un 25%. Hoy la amenaza resurge: el tránsito por el Estrecho de Ormuz, clave para un tercio del comercio global de fertilizantes, cayó un 95% desde el comienzo de las hostilidades.
No obstante, lo que sucede actualmente no es un hecho aislado, ya que nuestro sistema alimentario ha sido puesto a prueba en los últimos años por una superposición de crisis. Al desafío estructural del cambio climático se han sumado shocks coyunturales: las disrupciones derivadas del estallido social, la pandemia del COVID-19 y, más recientemente, la inestabilidad geopolítica global. Esta convergencia de factores constituye una verdadera sindemia que, según nuestras investigaciones de campo, está erosionando la base productiva.
Los impactos son tangibles: casi la mitad de los agricultores consultados en la zona central reportó conocer casos de abandono definitivo del rubro ante una doble presión (climática y económica) que les resultó insostenible. Asimismo, no debemos olvidar que la alimentación es el pilar de la salud humana. La inflación impacta con mayor severidad a los hogares de menores ingresos, incluyendo a los propios agricultores campesinos, quienes destinan más de su presupuesto al consumo básico.
En la práctica, este fenómeno opera con la misma lógica de una política fiscal regresiva, profundizando las brechas de desigualdad. Si bien cada crisis posee dinámicas singulares, la inestabilidad en Medio Oriente replica la lógica de transmisión observada en 2022, cuando la dependencia de insumos importados generó un impacto inflacionario diferido, pero de largo aliento. No obstante, en este caso hay una diferencia relevante: las reservas de granos básicos son más altas que en 2022 y, por tanto, los precios están en un nivel bajo.
Sin embargo, ahora es cuando los productores están tomando sus decisiones de siembra para la próxima temporada y por ende el efecto en los precios de los alimentos podría tardar aún más en llegar que en 2022, pero hacerlo finalmente. Aprendiendo del pasado, aunque los efectos iniciales en los precios locales parezcan moderados, es en todo caso -por tanto- prematuro descartar nuevas alzas. Al final, estos impactos golpean a un sistema alimentario chileno que ha operado bajo un estrés crónico y sostenido durante los últimos años.
Si bien esta exposición constante ha generado aprendizajes sobre cómo reaccionar, el efecto acumulativo de las crisis concurrentes (la ya mencionada sindemia) ha erosionado peligrosamente el margen de maniobra de los actores clave. Esta realidad exige atención inmediata y una voluntad firme para fortalecer la resiliencia sistémica: sobrevivir golpe tras golpe no puede ser el nuevo estándar, menos para un país aun tratando de recuperarse desde 2020, donde casi un tercio de los hogares sigue con inseguridad alimentaria y el abandono y envejecimiento son tendencias alarmantes entre nuestros agricultores.
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