El Divisadero - Seguridad sin hoja de ruta
La exposición de la ministra de Seguridad ante la Cámara de Diputadas y Diputados dejó una sensación incómoda incluso entre sectores que hasta ahora habían respaldado al Gobierno en esta materia. No porque se esperaran soluciones mágicas ni anuncios espectaculares, sino porque después de años en que la seguridad fue instalada como una de las prioridades políticas del país, lo mínimo esperable era claridad. Y esa claridad no apareció.
Más allá de las diferencias ideológicas que cruzan inevitablemente cualquier debate sobre seguridad pública, lo que quedó en evidencia fue algo más profundo: la ausencia de una hoja de ruta capaz de transmitir certezas frente a un problema que se ha vuelto cotidiano para miles de familias en distintas regiones del país. La inseguridad dejó hace rato de ser una discusión exclusiva de Santiago. Hoy se expresa de maneras distintas en cada territorio, pero con un denominador común: la percepción de que el Estado llega tarde, reacciona fragmentado o simplemente no logra anticiparse.
En regiones como Aysén, donde históricamente los niveles de violencia han sido menores que en otras zonas del país, también comenzó a instalarse una preocupación creciente por delitos que antes parecían lejanos. Por eso la expectativa sobre esta presentación era alta. Porque el Gobierno elevó legítimamente el estándar cuando convirtió la seguridad en uno de sus compromisos emblemáticos.
Y cuando se instala una prioridad de esa magnitud, lo que se exige no son diagnósticos generales ni explicaciones administrativas, sino conducción política y un plan reconocible. La pregunta entonces no es menor: ¿está la ministra a la altura del desafío planteado por el propio Presidente de la República? La interrogante no apunta a una descalificación personal ni a una crítica oportunista.
Tiene relación con algo mucho más concreto: la necesidad urgente de saber hacia dónde se dirige la estrategia de seguridad del país y cómo esa estrategia aterriza en las regiones. Porque el problema de fondo no es solo la delincuencia. También es la incertidumbre.
Cuando las autoridades no logran transmitir objetivos claros, prioridades definidas y mecanismos concretos de acción, el vacío termina llenándose con desconfianza. Y la desconfianza en seguridad pública tiene consecuencias políticas y sociales profundas. Aysén conoce bien los efectos de quedar fuera de las prioridades nacionales.
Lo vive en conectividad, salud, infraestructura y presencia estatal. Por eso preocupa que también en seguridad las respuestas sigan apareciendo lejanas, generales y excesivamente centralizadas. Las regiones no necesitan discursos tranquilizadores.
Necesitan saber cómo se fortalecerá la prevención, qué capacidades reales tendrán las policías, cómo se coordinarán las instituciones y qué recursos llegarán efectivamente a territorios apartados. Porque la seguridad no se resuelve únicamente aumentando cifras o endureciendo discursos. Se enfrenta construyendo confianza pública.
Y para eso se requiere conducción, coherencia y señales concretas. El Gobierno todavía está a tiempo de ordenar esa agenda. Pero el margen para improvisaciones comienza a agotarse.
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