El cigarro del siglo XXI huele a algoritmo
Hay un concepto en ciencia política llamado la ventana de Overton. Describe el rango de ideas que una sociedad considera aceptables en un momento dado: lo que se puede decir sin que te miren raro en una cena. La ventana se mueve.
Lo que antes era impensable se vuelve radical, luego debatible, luego sensato, luego norma. Y lo que una vez fue norma puede volverse inaceptable. Hace 40 años, encender un cigarrillo en el avión era perfectamente normal.
En una sala de clases también. Nadie pensaba demasiado en ello. Las tabacaleras sabían del daño, tenían los estudios, y eligieron seguir vendiendo elegancia y libertad.
La evidencia tardó décadas en mover la ventana. En Chile, recién en 2013 -cuando miles de pulmones ya habían pagado el costo- llegó la ley que prohibió fumar en espacios cerrados. Unos pocos años después, esa imagen -alguien encendiendo un cigarro en un bar, en una sala universitaria o frente a un colegio- nos resulta casi grotesca.
Hoy estamos en un momento análogo. Solo que el producto se llama TikTok, Instagram, o cualquiera de los herederos que vendrán. El 95% de los adolescentes entre 13 y 17 años usa al menos una red social.
Un tercio declara usarlas “casi constantemente” y los datos que acumula la salud pública internacional son difíciles de ignorar: quienes pasan más de tres horas diarias en estas plataformas duplican el riesgo de depresión y ansiedad. El 46% de los adolescentes dice que las redes empeoran su percepción del propio cuerpo. La Organización Mundial de la Salud reporta que el 11% de los jóvenes ya presenta síntomas de uso problemático -adicción, en lenguaje llano-, el doble que hace apenas seis años.
Las plataformas fueron construidas deliberadamente para ser irresistibles. No es que los niños tengan poca fuerza de voluntad. Es que equipos de ingenieros de clase mundial, con acceso a datos de comportamiento que ningún ser humano podría procesar, optimizaron cada detalle -la notificación, el scroll infinito, la dopamina del like– para maximizar el tiempo dentro de la app.
Eso se sabe. Hay documentos internos. Hay exempleados que han declarado ante el Congreso de Estados Unidos.
Es la misma historia que las tabacaleras, con mejor tecnología. Los tribunales también lo están dictaminando así. En marzo de 2026, un jurado en Los Ángeles determinó que Meta y Google actuaron con negligencia en el diseño de sus plataformas y condenó a pagar seis millones de dólares.
Un día antes, otro jurado en Nuevo México ordenó a Meta pagar 375 millones por permitir la explotación sexual infantil. Más de 40 estados de EE. UU.
tienen demandas activas. El paralelismo con el tabaco ya no es metáfora: es jurisprudencia. Mientras tanto, el mundo empieza a mover su propia ventana.
Australia, en diciembre de 2025, se convirtió en el primer país en prohibir el acceso a redes sociales para menores de 16 años, con multas millonarias para las plataformas que no cumplan. Francia y Dinamarca fijaron el mínimo en 15 años. España avanza hacia los 16.
La Unión Europea, con su Reglamento de Servicios Digitales, exige eliminar los algoritmos adictivos y prohíbe la publicidad dirigida a niños. ¿Y Chile? Seguimos confiando en la autorregulación de las mismas empresas que diseñaron el problema.
No propongo una cruzada por un mundo analógico que no volverá. Las redes también conectan, apoyan, visibilizan. El 67% de los adolescentes dice sentirse más apoyado gracias a ellas.
Ese es un dato real y no hay que tirarlo por la borda. La pregunta no es si las redes son buenas o malas, sino si vamos a dejar que el diseño de sus algoritmos se optimice en función de las ganancias de sus accionistas, o en función del bienestar de nuestros hijos. Hoy deberíamos exigir la verificación de la edad real (no declaraciones de honor que cualquier niño de 10 años burla en 30 segundos), la prohibición de publicidad dirigida a menores, restricción de los algoritmos de recomendación en cuentas infantiles, teléfonos fuera del aula, como política de Estado y no por la buena voluntad de cada director de colegio, y campañas de salud mental que traten este tema con la misma seriedad que el tabaco o el alcohol.
La ventana de Overton en Chile todavía ubica estas propuestas en el territorio de “lo polémico”. Pero en Australia, en Francia, en Dinamarca, ya son ley. En una década, probablemente nos preguntemos cómo permitimos durante tanto tiempo que algoritmos diseñados para crear adicción tuvieran acceso irrestricto a cerebros de ocho años.
Igual que nos preguntamos hoy cómo alguien pudo fumar en una sala de clases. El daño del tabaco tardó décadas en hacerse visible y en generar respuesta. Con la salud mental de una generación entera, no podemos darnos ese lujo de nuevo.
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