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Dos hermanos y una señorita
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06:00 · Chile

Dos hermanos y una señorita

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En un cuarto de hotel en Monterrey, México, dos hermanos se despiertan pensando en el show de esa noche. Uno, el mayor, usa un pijama de algodón porque cree que la calidad textil facilita un sueño reparador. El otro, dos años menor, lo mira y piensa que quizás su hermano, Felipe, tiene razón al empacar el pijama -una prenda que él, Pablo, no usa ni siquiera en casa- en cada gira.

Los hermanos Ilabaca están actualmente llenando estadios en el principal mercado de Latinoamérica, pero en esta pasada no son LAS estrellas del show, son más bien parte de un show estelar: la actual gira de 31 minutos (“Radio Guaripolo II”), donde son músicos, compositores, guitarrista y bajista, cantantes y -de un modo muy fundamental- hermanos. Los hermanos Ilabaca toman el teléfono para hablar de Señorita, el último single de Hermanos Ilabaca, la banda, estrenado el día anterior. Señorita tiene título de juego de seducción pero cuerpo de queja social: el hablante es un humano que recibe llamadas de spam todo el día, para cobrar, para vender, para promocionar, para reventar la paciencia.

Es una denuncia cariñosa porque el tipo sabe que la señorita al otro lado de la línea es otra ciudadana buscando su vida. “Señorita, sé que siente que corremos la misma suerte”, le cantan. “Yo sé bien, yo sé bien, yo sé bien que entiende a este caballero que llamó”.

“Tratamos de dar pequeñas recetas para llevar una vida mejor”, ensaya Felipe a modo de explicación. “No pretendemos ser un manual de autoayuda, pero sabemos que con empatía sí se puede vivir mejor. Somos todos seres humanos, en las mismas circunstancias, en el mismo mundo, al mismo tiempo”.

Estamos todos en el mismo mundo al mismo tiempo, pero -parafraseando a Orwell- unos están más al mismo tiempo que otros. Esta es la parte donde aquello de “hermanos” en Hermanos Ilabaca cobra más relevancia. Hermanos y socios virtuosos, como tantos otros en la industria de la música (“exceptuando a los Kinks”, apunta Pablo), los Ilabaca han llevado su sociedad a bandas como Chancho en Piedra, Pillanes (donde hicieron equipo con otros hermanos, los Durán, de Los Bunkers), o el mismo grupo de 31 minutos (donde comparten escenario con los hermanos Álvaro y Patricio Díaz, entre otros talentos), pero desde hace unos años forman sencillamente como Hermanos Ilabaca.

Muy apropiadamente, su álbum debut HI (2023) se lee como una presentación y como un saludo, que abre con la canción de título homónimo donde los Ilabaca -“una marca registrada de la Gran Avenida”- celebran que “no podemos escapar de esta bendita maldición”. Sostiene Pablo Ilabaca que sobre el escenario, solos o acompañados, hay una sintonía fraternal incomparable, y considera apropiado sacar a colación la noción de inteligibilidad de Rudolph Steiner, porque la percepción sensorial y el concepto intelectual de ese vínculo generan otro tipo de conexión. Pablo habla de la “conexión telepática del amor”; Felipe habla de un momento “donde dos somos tres”.

Quizás el mejor retrato sea ver a todos los hermanos Ilabaca juntos, los cuatro, en el asiento trasero del Volvo rojo de papá Ilabaca, armonizando sus voces distintas pero del mismo color sólo por amor. Al arte y a todo lo demás. Quizás sea mejor seguir esa historia hasta Felipe y Pablo inventando canciones para sus mascotas o para ese supermercado de El Quisco donde iban a comprar.

Quizás -y a la espera de su próximo disco, que lanzarán en el segundo semestre- sea mejor remitirse a algunas letras de su primer álbum: “Tu y yo somos agua del mismo manantial”, cantan en “Alma mía”; pero ya lo habían advertido en el saludo: “Cada canción me llena de alegría, la chispeza necesaria para ganarle a la vida”.

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