¿Dónde están las (famosas) renovables?
El pasado jueves 26 de marzo se instala un punto de inflexión silencioso, pero profundo, en el costo de la vida en Chile. Ese día el gobierno del presidente José Antonio Kast decidió, vía decreto, un cambio en el Mecanismo de Estabilización de los Precios de los Combustibles (MEPCO) que, en la práctica, permitió traspasar de manera mucho más directa el alza internacional del petróleo a los consumidores. El ajuste modificó el cálculo del precio internacional del petróleo, reduciendo el efecto amortiguador que hasta ahora había contenido las alzas.
El resultado fue inmediato: incrementos de alrededor de $370 por litro en la bencina y cerca de $580 en el diésel. Un golpe directo al bolsillo de las familias, al transporte, a la agricultura y, en cadena, al costo de la vida. No se eliminó el mecanismo.
Pero se debilitó su esencia. El MEPCO fue creado precisamente para evitar esto: suavizar el impacto de un mercado volátil, altamente geopolítico y con líderes mundiales jugando a la guerra. Un colchón para que las crisis internacionales no se tradujeran de forma abrupta en el día a día de las personas.
Hoy, sin embargo, ese principio parece haber quedado en segundo plano. Y aquí es donde surgen preguntas incómodas, pero necesarias: ¿por qué si somos líderes en energías renovables seguimos sufriendo alzas en los combustibles? ¿dónde están las renovables?
¿dónde están esas famosas renovables? Porque si uno mira la evolución energética del país, la historia parece ir en sentido contrario. Hace apenas una década, las energías renovables no convencionales representaban cerca del 12% de la capacidad instalada.
Hoy, más del 60% de la generación eléctrica en Chile proviene de fuentes renovables, y en algunos momentos del año esa cifra supera el 70%. Chile ha sido un caso de éxito y ejemplo en el mundo. Ha liderado la transición energética en la región.
Ha invertido en solar, en eólica, en almacenamiento. Ha demostrado que es posible avanzar hacia una matriz limpia, moderna y competitiva. Pero ese éxito no se siente, menos aún cuando vamos a la bomba a llenar el estanque del auto o comprar parafina para calentar nuestros hogares.
Porque mientras la electricidad se limpia, la vida cotidiana sigue dependiendo del petróleo. El transporte, la logística, la agricultura, buena parte de la economía siguen atados a un combustible cuyo precio se define a miles de kilómetros de distancia. La paradoja es evidente: nunca habíamos tenido tanta energía limpia, y nunca había sido tan caro moverse.
La decisión de debilitar el MEPCO no es solo técnica. Es una definición política. Es optar por trasladar el riesgo del mercado internacional directamente a las familias más necesitadas, en lugar de amortiguarlo colectivamente.
Es, en definitiva, redefinir el rol del Estado frente a shocks externos. Y eso abre una discusión más profunda. Chile ha sido exitoso en transformar su matriz, pero ha sido lento en llevar esa transformación a donde más importa: el transporte, la calefacción, la vida diaria.
La electromovilidad avanza, aunque su presencia en regiones sigue siendo marginal. Y la dependencia del petróleo continúa siendo estructural. Por eso, el problema no es que falten energías renovables.
El problema es que aún no llegan donde más duelen: el bolsillo de las personas.
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