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Disciplina fiscal: la experiencia argentina
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21:22 · Chile

Disciplina fiscal: la experiencia argentina

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La bola de nieve del déficit fiscal es, en esencia, una máquina de generar pobreza y deteriorar la calidad de vida. Escribo esto hoy, en un contexto donde vuelve a haber mucha discusión sobre política fiscal, a propósito de las propuestas del gobierno de José Antonio Kast. Y también viendo cómo siguen apareciendo voces que defienden el gasto desordenado.

No siempre es fácil entender por qué: en algunos casos puede ser desconocimiento, en otros, intereses directos. Probablemente, una combinación de ambos. “Después de 13 años viviendo en Chile, volví a Argentina y me encontré con un crecimiento desordenado y desigual, donde la inversión en infraestructura prácticamente se frenó.

Y eso se siente todos los días con autopistas colapsadas, mala conectividad, cortes de energía”. Tuve la suerte de vivir gran parte de mi vida adulta y profesional entre Argentina y Chile. Eso me permitió comparar de primera mano qué cosas funcionan, cuáles no, y sobre todo, qué decisiones terminan impactando en el bienestar de las personas.

Si uno mira los últimos 30 o 40 años, la diferencia es clara. Chile logró un crecimiento sostenido: su PIB per cápita pasó de niveles similares a los de Argentina, de entre US$ 5. 000 y US$ 7.

000 en los años ‘90, a cerca de US$ 18. 000 hoy. Argentina, en cambio, quedó estancada en torno a los US$ 10.

000o US$ 12. 000. Las razones son muchas, pero si tuviera que elegir una sola, sería esta: gastar sistemáticamente más de lo que se tiene.

El déficit fiscal no es solo un problema contable, sino que también una dinámica difícil de revertir, una especie de trampa que se retroalimenta. Cada gasto que se crea genera dependencia, y reducirlo después se vuelve política y socialmente muy costoso. Así empieza una lógica de corto plazo que, con el tiempo, se transforma en un problema estructural.

El resultado se ve en la vida cotidiana. Después de 13 años viviendo en Chile, volví a Argentina y me encontré con un crecimiento desordenado y desigual, donde la inversión en infraestructura prácticamente se frenó. Y eso se siente todos los días con autopistas colapsadas, con un parque automotor que se multiplicó por cuatro y rutas que siguen iguales o peor y mala conectividad.

En Buenos Aires hay más de 4. 000 usuarios por antena, versus cerca de mil en otras ciudades de la región. El transporte público es barato, pero de muy baja calidad; hay cortes de energía que afectan directamente a las PYME y a la actividad económica.

Nada de esto es casualidad. El déficit fiscal lleva, tarde o temprano, a romper reglas: controles, cambios de condiciones, incumplimientos de contratos. Eso destruye la confianza, frena la inversión y limita el crecimiento.

El resultado es menor ingreso por habitante, más inflación y peor calidad de vida. Chile, durante años fue un ejemplo de disciplina fiscal, la que hace un tiempo empezó a mostrar señales de deterioro. La deuda pública supera el 40% del PIB, y el déficit ronda el 3%.

Las consecuencias ya se ven: tasas de interés más altas, créditos hipotecarios más caros y menor acceso a financiamiento, justamente uno de los instrumentos más importantes para mejorar la calidad de vida de las personas. El desafío es claro. Ordenar las cuentas fiscales no es gratis.

Tiene costos en el corto plazo. Pero no hacerlo… se paga mucho más caro en el largo plazo.

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