Del realismo sin renuncia a la renuncia al realismo
Los anteriores tres gobiernos, de distinto signo político y estilo, tuvieron algo en común: llegaron a La Moneda montados en una ácida crítica a los antecesores y convencidos de que su triunfo electoral reflejaba un apoyo mayoritario a su programa, a sus diagnósticos y a sus definiciones ideológicas. Mismo cálculo hicieron la Convención y el Consejo constitucionales, de orientación política contrapuesta, pero de igual obstinación ideológica. Los cinco tropezaron con la misma porfiada realidad, es decir, que el Chile que los eligió es fundamentalmente el mismo, y aunque cambie radicalmente sus preferencias electorales no se entrega dócilmente al último ganador.
Los gobiernos de Bachelet 2, Piñera 2 y Boric descubrieron a poco andar que el país que los había elegido no terminaba de suscribir sus planes y debieron pasar por la misma curva de frustración ciudadana, reordenar prioridades y hacer dolorosas renuncias que, en algunos casos, significaron cambiar su agenda al punto de contradecir abiertamente sus definiciones originales. El gobierno que recién comienza no puede sino estar consciente de esta historia reiterada. Suponer lo contrario sería acusar indolencia o flojera.
Por eso resulta tan sorprendente su despliegue de estas tres primeras semanas, que parece la repetición del mismo libreto que intentaron al inicio las tres administraciones anteriores, es decir, creerse el cuento de que los eligieron para modelar el país a su pinta. Más encima, esta vez el libreto aparece recargado, con una sucesión de decisiones de alto contenido ideológico, que se impulsan sin miramientos, con tono desafiante y estilo provocador. Ni los derechos humanos, ni los acuerdos técnicos en seguridad, ni la continuidad de proyectos en plena ejecución, ni el cáncer de una funcionaria, ni el mérito de una destacada policía, ni el bolsillo de las familias, ni los consensos en materia fiscal son razones suficientes para dudar.
Van por todo. Sólo puede entenderse esta estrategia si se asume que el Presidente Kast considera que los gobiernos anteriores se equivocaron al ceder su agenda original. Debieron resistir, no retroceder y no transar.
Mal que mal, ninguno de los tres logró continuidad ni aprobación mayoritaria. Por más que intentaron adaptarse a los cambios de la opinión pública y tender puentes con sus detractores, la ciudadanía les dio la espalda eligiendo gobiernos provenientes de la oposición. Ese raciocinio, sin embargo, pasa por alto un dato fundamental.
El camino de no ceder y no transar sí ha sido probado, pues fue el que se siguió en los dos procesos constitucionales. Y esos sí que terminaron mal y envejecieron aún peor. Para tener mejores resultados no hay que aferrarse al plan original, pero tampoco sirve ceder de mala gana a los datos de la realidad.
Quizás lo que se necesita es justamente lo que ha faltado: el esfuerzo verdadero por interpretar al país que Chile es. No el que cada sector quiere ver o le conviene resaltar. Ese que sigue ahí gane quien gane.
Ese que quiere cambios, y quiere acuerdos, y quiere poder confiar. Ese que desprecia la política de trincheras. Construir diálogo desde ahí y no desde la transacción mal agestada.
Todos estamos cansados de tantos años de insatisfacción. El Presidente Kast tiene la posibilidad de romper ese circuito, de recoger la experiencia acumulada, pero el tiempo es breve. Lo que se siembra al principio se cosecha hasta el final.
Por Carolina Tohá, ex ministra del Interior.
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