¿De qué tiene cara el nuevo Gobierno?
Dado que siempre el futuro es incierto, no se puede afirmar que la democracia no existirá jamás, pero la antigua sentencia de un sabio en el tema político, de que la democracia no ha existido nunca, es difícilmente refutable. En efecto, si se considera a la democracia como el gobierno del pueblo, está claro que el pueblo no ha gobernado nunca. En realidad, a lo que más se ha llegado, en el mejor de los casos, es a establecer una aristocracia electiva: la “areté” o excelencia de los gobernantes se decide por votación popular.
Esa aristocracia es la que ejerce el poder. Recordar lo anterior parece venir al caso cuando, a través del ritual electoral, se ha seleccionado a la nueva aristocracia para gobernar el país por los próximos cuatro años. En efecto, ya están instalados Presidente de la República y Congreso Nacional.
La mesa está servida para ejercer el poder. Pero no por eso la permanente lucha por el poder desaparece. La política es esencialmente una cuestión de poder, de capacidad para imponer determinadas orientaciones de valor, determinados proyectos y determinados objetivos a una sociedad.
Es establecer las normas, garantizadas con la coacción física, que deberán cumplir los habitantes de un territorio delimitado. Por eso es que, a pesar de las almas cándidas, es insoslayable el hecho de que la política siempre tiene que ver con la violencia. Más allá de que las acciones políticas sean pacíficas y el conflicto se plantee en la oratoria, lo que se pretende obtener es la violencia para imponer el orden que se quiere.
Parece natural, entonces, que se despierte una cierta curiosidad, cuando hay un cambio en las aristocracias elegidas, por saber, más allá de la propaganda electoral (que tiene que mentir por razones obvias), cuál es la orientación que se desarrollará en este deber de obediencia ciudadana garantizado con el monopolio de la fuerza física de una autoridad legítima. Antiguamente quizás había mayor claridad, puesto que la aristocracia emergía de partidos políticos con definiciones ideológicas y programáticas mucho más nítidas que en la actualidad, especialmente en aquellos lejanos tiempos en que las alternativas se medían en términos de su relación con el eje capitalismo-socialismo. Eso permitía adelantar ciertas expectativas respecto a sus orientaciones, pero en la actualidad los candidatos a ser seleccionados mediante votaciones suelen descansar en organizaciones y discursos bastante más vagos.
Esta merma en los grandes programas y proyectos tiende a suplirse con propuestas de medidas muy concretas relativas a lo que se suele plantear como temas contingentes sobre los que se ofrece específicas soluciones. Es la línea de “los problemas concretos de la gente”. De allí que se acostumbre estar muy atento a las primeras medidas en relación con tales específicas soluciones.
Aunque lo habitual es justamente ese enfoque en tareas contingentes y hace ya mucho tiempo que no se pretende un proyecto país, al momento de instalarse las actuales autoridades la crítica de “algún crítico” fue precisamente la falta de proyecto país. Esto no es tan novedoso, el “algún crítico” regularmente no lo es. Ya desde la campaña presidencial se planteó, por los que tienen la facultad de plantearlo públicamente, una primera observación referida justamente a la declarada intención de actuar como un “Gobierno de emergencia”.
Un editorial de periódico preguntó: “¿Y después qué? ”. Pero no hubo respuesta Ahora en el poder, ya empezando a actuar y hablar soberbio, se advierte un cierto frenesí en mostrar que “estamos trabajando para usted” para implementar todas las medidas concretas que enfrentan los problemas puntuales señalados en la campaña.
El problema de la inmigración, el problema de la delincuencia, el problema del estancamiento económico, reconstrucción de viviendas destruidas, y etcétera, porque ya le tenemos Plan de Reconstrucción Nacional. La velocidad es como si se estuviera tratando de hacer todo lo posible antes de que se den cuenta o como si se estuviera tratando de aprovechar la “luna de miel” para engendrar todos los hijos necesarios para subir la tasa de natalidad. ¿Cuál es la señal?
Se preguntan algunos, con miedo o esperanza según el caso. Pero como la política es una cuestión de poder, la señal no solo está determinada por la implementación de alguna idea, si es que la hubiera, sino que hace bastante referencia a los que compiten por tomar la sartén por el mango. También habría que preguntarse con quién está peleando y qué aliados buscando.
En términos de organizaciones políticas, se tiene claro que su pelea es con la izquierda, aunque es bien sabido que eso de la izquierda unida o el pueblo unido es más para buscar la rima en el grito que realidades. De manera que no es raro que la principal preocupación de la izquierda, ahora en la oposición, sea definir cuántas izquierdas habrá y con qué aliados. Pero debe considerarse que tampoco hay derecha unida, sino que hay varias sensibilidades que recientemente compitieron por el trono.
De manera que el delicado tema del poder, en cuanto definir amigos, enemigos y probables aliados, se hace bastante complicado. Respecto de la derecha, que desde que existe la república siempre ha tenido divisiones, resulta que en la actualidad la diferenciación se ha hecho mucho más compleja que la tradicional división entre pipiolos y pelucones, con todas sus derivaciones. Basta recordar que para la reciente elección presidencial hubo tres candidaturas declaradamente de derecha, más otra de derecha escamoteada (Kast, Kaiser, Matthei y Parisi).
Al ganar Kast, los otros pueden ser aliados o enemigos probables. Parisi puede no meter mucho ruido y esperar que el desgaste de los partidos le abra las puertas a una alternativa populista que viene trabajando desde que era chiquitito. Mientras, puede aprovechar su posición estratégica para ir engordando.
Ya la distribución de presidencias de comisiones en el Congreso le entregó beneficios. Por su parte, las fuerzas que empujaron las candidaturas de Matthei y Kaiser ya dan indicios de una cierta reticencia a plegarse incondicionalmente al líder José Antonio. Kaiser ya ha declinado participar en el Gobierno y declarado su apoyo, pero condicionado a que le guste lo que hace.
Mientras, la derecha tradicional ha sido bastante crítica a la línea que representa Kast y ha movilizado a toda su intelectualidad orgánica e inorgánica en la crítica al estilo autoritario, a la vez que lamenta la mezquindad del líder y su partido en repartir cargos. La ventaja de esta derecha es que controla casi todo lo que se llama medios de comunicación de masas, aunque tiene que competir con las redes de comunicación de las distintas tribus de contemplación del ombligo. De manera que la preocupación de los analistas y otros interesados, sobre las señales o indicios que se generan a partir de las primeras actuaciones y discursos del nuevo Gobierno, no solo tiene que estar en los estilos y las orientaciones de esas actuaciones y discursos en cuanto al destino de la nación, y sus consecuencias en cuanto a futuras elecciones de aristocracia, sino también respecto al efecto que tienen en las conformaciones de fuerzas políticas, para el caso, especialmente en lo que atañe a las derechas, mientras las izquierdas tratan de reagrupar fuerzas.
Por cierto, las derechas son derechas y, en cuanto derechas, tienen un factor común. Ese factor común es el modelo económico. Respecto de la economía existe un diagnóstico y proyecto común (póngale usted el nombre que quiera).
Es posible que haya mayores o menores énfasis en cada uno de sus aspectos, pero el programa económico de las fuerzas de derecha que compitieron en las recientes elecciones es el mismo. Las diferencias, difícilmente detectables en programas públicos, podrían estar en los apoyos de los distintos sectores económicamente dominantes que eventualmente se traducirían en políticas que favorecieran sus posiciones. Los poderosos también pelean entre ellos para ver quién es más poderoso.
En las derechas políticas, inicialmente las diferencias explícitas más marcadas están en el ámbito cultural y en las estrategias de acción política. Respecto del ámbito cultural, Kast ha evitado, durante la campaña y hasta ahora, declarar sus diferencias sobre lo que ha terminado por designarse gruesamente como “wokismo”, especialmente por sus adversarios. No obstante, tampoco está dispuesto a entregarles a libertarios y socialcristianos todas las banderas del conservadurismo cultural y ya, a través del retiro de ciertos decretos del Gobierno anterior, ha mostrado preocuparse del asunto.
Lo mismo ha ocurrido con manifestaciones ministeriales respecto al poco entusiasmo por “perspectivas de género” heredadas. El Partido Nacional Libertario y Kaiser han puesto claramente el acento en la defensa del conservadurismo valórico y criticado duramente las “ideologías” culturalistas asumidas por las izquierdas. Además, se ubican en una orientación mucho más autoritaria y portaliana, resistente a las presiones ciudadanas.
También en las primeras actuaciones de su mandato, Kast, por presencia y discurso, asume la proclamación del principio de autoridad, más allá de la retórica comprensiva y dialogante del momento del triunfo electoral. El planteamiento de intenciones de indultar a uniformados condenados por delitos cometidos en la represión del estallido de 2019, claramente corresponde a la necesidad de neutralizar las críticas de los libertarios de Kaiser. Más complicada es incluso la relación con la alianza de derecha tradicional que impulsó la candidatura de Matthei.
A pesar de que esta línea salió bastante debilitada en las últimas elecciones. De hecho, aquí la competencia política es mucho más fuerte, aunque aparezca integrada a la coalición del actual Gobierno. Se trata de una derecha de gran manejo político y que podría plantearse como alternativa con una mayor apertura hacia el centro, replanteando la política de los acuerdos que muchos recordarían con nostalgia.
Si al Gobierno de Kast no le va bien, difícilmente una posición más dura, como la de Kaiser, sería electoralmente rentable. En cambio, podría beneficiar a esta derecha más moderada y dialogante. José Antonio Kast se mantiene, hasta hora, en estos primeros días, en un precario equilibrio, controlando y balanceando el frente interno, tratando de mantener a los aliados como aliados, antes que como competidores y menos como enemigos.
Las primeras medidas y especialmente el Plan de Reconstrucción Nacional se plantean con cuidado, en el sentido de no afectar a sus contendores dentro de la misma derecha. Los problemas de inmigración, delincuencia y estancamiento económico son denunciados por todos y las primeras medidas respecto de esto mantienen un tono en que se mira a esos otros más como aliados que como competidores o enemigos. Pero es inevitable que cada sector que aparece como apoyo tenga pretensiones de llevar agua a su molino.
Recuérdese, además, que detrás de las ideas siempre hay intereses. Todo es muy reciente y no es raro que se produzca un compás de espera, pero la situación es más diferente respecto a la derecha tradicional que respecto a los nacional libertarios, por la simple razón de que la derecha tradicional está en el Gobierno y el Partido Nacional Libertario está fuera. Las diferencias con la derecha tradicional empiezan a mostrarse muy pronto, puesto que hay distribución de cargos públicos y posicionamientos políticos que se presentan desde que se inicia el nuevo Gobierno.
Las diferencias con los sectores más duros son más lentas, pero es más fácil plantearlas desde afuera, porque no hay compromiso ni cargos que defender. Alguien, y más de alguien, dirán que cuando se trata de analizar las primeras movidas de un nuevo Gobierno lo que interesa es apuntar a cómo supuestamente es visto esto por la ciudadanía, qué aciertos y errores se cometen, cómo se facilita o no el trabajo de la oposición. Poca preocupación suele haber respecto lo que pasa en el frente interno, entre los que gobiernan o apoyan al Gobierno.
Salvo divertirse cuando se advierte fuego amigo. Sin embargo, el principal problema que tienen todos los gobiernos es lo que ocurre con quienes lo apoyan. Usted puede recordar hartos gobiernos anteriores donde el principal problema se plantea dentro.
Recuerdo una escala de enemistad creciente, que va desde “un poco enemigo”, “muy enemigo”, “enemigo mortal” y “compañero de partido”. Por supuesto, esto no es cierto, pero es entretenido.
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