Cuando una guerra se transforma en impuesto global
La guerra con Irán no solo se juega en el terreno militar. También se está transmitiendo a través de una de las arterias más sensibles de la economía mundial, el estrecho de Ormuz. Por allí circula cerca de un quinto del petróleo global, además de volúmenes relevantes de gas natural licuado y fertilizantes.
Cualquier interrupción en ese corredor eleva los costos de energía, transporte, seguros y alimentos, golpeando especialmente a economías endeudadas y hogares vulnerables. El primer error sería reducir este shock únicamente al precio del petróleo. Sus efectos son más amplios y encadenados.
Cuando sube el diésel, aumenta el costo de mover bienes. Cuando se encarece el gas, suben los fertilizantes. Y cuando los fertilizantes escasean, el problema deja de ser exclusivamente financiero para transformarse también en alimentario.
El riesgo no es únicamente inflación energética, también es presión sobre cadenas logísticas, seguridad alimentaria y comercio internacional. “En un mundo cada vez más fragmentado, la seguridad económica dejó de ser una agenda separada de la política exterior. Es política exterior”.
El segundo error sería asumir que la economía global funciona igual que en los años ‘70. Hoy las economías avanzadas son menos intensivas en petróleo, lo que explica por qué, pese a una disrupción severa, algunos analistas no anticipan automáticamente una recesión global. Goldman Sachs, por ejemplo, redujo recientemente su probabilidad de recesión en EEUU de 30% a 25%, argumentando que el mercado laboral y las condiciones financieras han mostrado mayor resiliencia de la esperada.
Sin embargo, resiliencia no es inmunidad. La guerra actúa como un impuesto regresivo no legislado: lo pagan primero los hogares, mediante combustibles, alimentos y transporte más caros; las empresas, vía energía, logística y seguros; y los países importadores, con inflación, presión cambiaria y menor espacio fiscal. Una economía puede evitar una recesión técnica y, aun así, sufrir un deterioro social significativo.
El bienestar no siempre coincide con el PIB. También hay una dimensión geopolítica que no conviene ignorar. Las cadenas globales dependen de corredores marítimos, reservas estratégicas, estabilidad política y seguridad internacional.
Cuando alguno de esos pilares falla, los costos se distribuyen globalmente, sin importar dónde comenzó el conflicto. La lección para países pequeños y abiertos como Chile es directa. No basta con monitorear el precio del petróleo.
También hay que observar fertilizantes, fletes, seguros, alimentos, tipo de cambio y expectativas económicas. Un shock en Ormuz puede entrar por la bencina, pero terminar afectando la inversión, la estabilidad fiscal y el costo de vida de millones de personas. En un mundo cada vez más fragmentado, la seguridad económica dejó de ser una agenda separada de la política exterior.
Es política exterior. Cuando una guerra amenaza uno de los principales corredores energéticos del planeta, el costo no queda donde se dispara el primer misil: viaja por barcos, contratos y precios hasta la mesa de millones de hogares.
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