Cuando moverse cuesta más: Combustible, ciudad y desigualdad en la vida cotidiana
Por Juan Oscar Martínez Barajas, Observatorio del Territorio, Vicerrectoría de Vinculación con el Medio Universidad Tecnológica Metropolitana (UTEM) El alza reciente de los combustibles volvió a instalar una preocupación que, en rigor, nunca ha estado ausente para muchas personas: el costo de moverse por la ciudad. Porque más allá de la cifra que aparece en la pizarra de una estación de servicio, lo que este aumento deja al descubierto es algo más profundo, más cotidiano y, al mismo tiempo, más estructural. No se trata solo de que el combustible esté más caro; se trata de que hay una forma de vivir la ciudad que hace que ese aumento pese más sobre algunos/as que sobre otro/as.
En el Gran Santiago, miles de personas comienzan su día cuando aún es de noche. Salen desde comunas como Puente Alto, Maipú, La Pintana o San Bernardo rumbo a sus trabajos en sectores como Santiago centro, Providencia o Las Condes. Son trayectos largos, muchas veces agotadores, que combinan transporte público, y en algunos casos, el uso de vehículos particulares.
Cada kilómetro recorrido no es solo una distancia: es tiempo, es dinero, es energía. Y cuando sube el combustible, todo eso se siente aún más. Pero sería un error pensar que el problema empieza con el alza.
En realidad, lo que ocurre es que el aumento del precio hace visible algo que ya estaba ahí. La ciudad, tal como está organizada, funciona sobre la base de grandes desplazamientos. No es casual que muchas personas vivan lejos de donde trabajan.
No es un accidente. Es parte de cómo se ha ido construyendo Santiago: con zonas donde se concentran las oportunidades y otras donde se concentra la vida cotidiana, separadas por distancias que se recorren todos los días. En ese sentido, el combustible no es solo un gasto más dentro del presupuesto familiar.
Es una pieza clave de un sistema que depende de que las personas se muevan largas distancias para que todo funcione. Por eso, cuando sube su precio, no solo se encarece la vida: se tensiona un modelo completo. Lo que aparece no es solo una dificultad económica, sino una fragilidad estructural.
Queda en evidencia que hay una dependencia profunda de la movilidad, y que esa movilidad no está distribuida de manera equitativa. La desigualdad territorial, entonces, no es solo una diferencia en el acceso a servicios o en la calidad de vida entre comunas. Es algo que se vive todos los días, en el cuerpo y en el tiempo de las personas.
Está en las horas de traslado, en el cansancio acumulado, en el dinero que se va en transporte, en la imposibilidad de llegar antes a casa o de pasar más tiempo con la familia. Está en esa sensación de que la ciudad exige demasiado para poder ser habitada. A esto se suman los costos asociados a la infraestructura vial, como las autopistas concesionadas, que muchas veces aparecen como la única alternativa para reducir tiempos de viaje, pero que implican nuevos gastos.
Así, moverse no solo es necesario, sino que además es caro. Y para muchos/as, inevitable. Por eso, más que preguntarnos solo por el precio del combustible, tal vez la pregunta de fondo es otra: ¿Por qué necesitamos movernos tanto para poder vivir la ciudad?
¿Por qué las distancias son tan largas? ¿Y para quiénes lo son más? Lo que el alza de los combustibles pone sobre la mesa es la urgencia de mirar la ciudad de otra manera, de cuestionar una forma de organización que ha naturalizado estas distancias como si fueran parte inevitable de la vida urbana.
Pensar en una ciudad más justa no es solo hablar de mejores ingresos o más servicios. Es también preguntarse por la forma en que nos movemos, por cómo se distribuyen las oportunidades en el territorio y por cuánto nos cuesta, en todos los sentidos, acceder a ellas. Porque el gasto no es solo económico: también es tiempo, es desgaste, es calidad de vida.
Tal vez el desafío es avanzar hacia una ciudad donde las distancias no sean una condena diaria, donde la cercanía no sea un privilegio y donde moverse no implique siempre un sacrificio. Una ciudad más amable, más integrada, donde la forma en que está organizada no obligue a miles de personas a sostener, día a día, el costo de una estructura que podría, y debería, ser distinta.
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