Cuando la violencia habla: Lo que la escuela ya no puede callar
Por estos días, resulta casi imposible abrir un noticiario o recorrer las redes sociales sin encontrarse con episodios de violencia protagonizados por jóvenes en edad escolar. Peleas, amenazas, agresiones a docentes, acoso sistemático entre pares. La reacción inmediata suele ser la misma: indignación, castigo, y una pregunta que se repite como eco social: ¿qué está pasando con esta generación?.
Pero esa pregunta, aunque legítima, suele estar mal formulada. No se trata solo de “qué está pasando con los jóvenes”, sino de qué está pasando con la sociedad que los forma. Reducir el fenómeno de la violencia escolar a un problema de disciplina, de falta de valores o incluso a “malas políticas educativas”, es no solo simplista, sino profundamente peligroso.
Porque nos permite señalar culpables sin hacernos cargo de las causas. La violencia no aparece de la nada. La violencia es lenguaje.
Es una forma -brutal, sin duda- de expresar lo que no ha encontrado otra vía de salida. Y en ese sentido, lo que hoy vemos en las aulas no es más que el reflejo de un sistema que ha ido debilitando sus vínculos esenciales. Vivimos en una época marcada por la inmediatez, la sobreexposición y la desconexión emocional.
Los jóvenes de hoy han crecido en entornos digitales donde la validación es instantánea, pero la empatía es escasa; donde el conflicto se amplifica en segundos, pero rara vez se resuelve de manera constructiva. No es que sean más violentos por esencia: es que han aprendido a habitar un mundo donde la contención emocional ha sido reemplazada por la reacción. A esto se suma una realidad que muchas veces se evita abordar con profundidad: la fragilidad de las estructuras familiares.
Hogares tensionados por la economía, adultos sobrecargados, ausencia de tiempo y, en muchos casos, ausencia de herramientas para acompañar emocionalmente a niños y adolescentes. La escuela, entonces, deja de ser solo un espacio de aprendizaje para convertirse en un campo de contención social… sin haber sido diseñada para ello. Y ahí aparece otro punto crítico: el sistema educativo.
Durante años, hemos insistido en medir la calidad de la educación en función de resultados estandarizados, dejando en segundo plano aquello que resulta más difícil de cuantificar: la formación humana. Se exige rendimiento, pero no se enseña a gestionar la frustración. Se promueve la competencia, pero no siempre la convivencia.
Se habla de inclusión, pero sin entregar los recursos necesarios para sostenerla. El resultado es un sistema tensionado, donde docentes -muchas veces sin formación en manejo de crisis- deben enfrentar situaciones para las que no fueron preparados, mientras los estudiantes cargan con mochilas emocionales que nadie ha ayudado a vaciar. A todo esto se suma un factor que marcó profundamente a esta generación: la Pandemia de COVID-19.
El aislamiento, la pérdida de rutinas, la ruptura de vínculos presenciales y el aumento de problemas de salud mental dejaron huellas que aún no terminamos de dimensionar. Muchos jóvenes regresaron a las aulas sin herramientas básicas de convivencia, con ansiedad acumulada y con una desconexión emocional que hoy se manifiesta en conductas agresivas. En países como el nuestro, además, este fenómeno se ve amplificado por la desigualdad estructural.
No es lo mismo educar en contextos de estabilidad que en territorios marcados por la exclusión, la violencia comunitaria o la falta de oportunidades. Pretender que todos los estudiantes respondan de la misma manera a un sistema homogéneo es desconocer la realidad que habitan. Entonces, ¿es un problema de educación?
Sí. ¿Es un problema de políticas públicas? También.
Pero, sobre todo, es un problema de desconexión social profunda. Hemos construido una sociedad que ha ido debilitando sus lazos: entre padres e hijos, entre estudiantes y docentes, entre individuos y comunidad. Y cuando el vínculo se rompe, lo que emerge no es el diálogo, sino la confrontación.
Por eso, insistir únicamente en medidas punitivas no solo es insuficiente, sino contraproducente. Castigar sin comprender solo desplaza el problema; no lo resuelve. Lo que se requiere es una mirada mucho más integral: fortalecer la educación socioemocional, invertir en salud mental escolar, formar a los docentes en gestión de conflictos, y -quizás lo más difícil- volver a involucrar a las familias como actores centrales del proceso educativo.
Pero hay algo aún más de fondo: necesitamos recuperar el valor del vínculo. Porque antes de cualquier política, antes de cualquier reforma, antes de cualquier protocolo, está la relación humana. Ese espacio donde se construye confianza, donde se aprende a escuchar, donde se desarrolla la empatía.
Sin eso, cualquier sistema -por robusto que parezca- termina fracturándose. Tal vez el desafío más urgente de nuestro tiempo no sea solo mejorar la educación, sino reaprender a convivir. En ese contexto, resulta especialmente pertinente abrir espacios de reflexión que inviten a reconstruir esos lazos que hemos ido perdiendo.
Lecturas que no buscan entregar recetas rápidas, sino provocar una mirada más profunda sobre nuestras relaciones humanas pueden transformarse en un aporte significativo. En esa línea, el libro “Volver al Vínculo” de Fernanda Elena Valdebenito Tapia (https://cemafe. cl/producto/volver-al-vinculo-reflexiones-para-criar-y-educar-sin-miedo/) se presenta como una invitación a detenernos, observar y comprender la importancia de reconectar con aquello que, muchas veces sin darnos cuenta, hemos dejado atrás.
Porque, al final del día, la violencia no es el problema de fondo. Es el síntoma. Y si no somos capaces de escuchar lo que ese síntoma nos está diciendo como sociedad, seguiremos buscando respuestas en el lugar equivocado.
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